'No se trata de decidir si el año fue bueno o malo, sino de honrar lo vivido', explica el terapeuta Jesús Vitela
El final de un año suele parecerse a una liquidación emocional de temporada: balances exprés, propósitos inflados y un cansancio que no siempre sabemos de dónde viene, pero que pesa.
2025, para muchos, no fue precisamente un paseo dominical. Hubo pérdidas, duelos, cambios impuestos y una exigencia emocional tan persistente que terminó por normalizarse. Y, sin embargo, seguimos creyendo que el cierre ocurre cuando el calendario lo decreta, como si el 31 de diciembre tuviera poderes terapéuticos.
Para el terapeuta integral Jesús Vitela, el verdadero cierre no sucede en la fecha, sino en la conciencia. Y esa afirmación, tan simple como incómoda, desarma la ilusión colectiva de que basta con cambiar de número para cambiar de vida.
Vitela lleva más de tres décadas trabajando con el equilibrio energético del cuerpo, la mente y el campo emocional, a través de prácticas de introspección, meditación y canalización. Desde esa experiencia, propone una idea tan poco espectacular como profundamente transformadora: cerrar un ciclo no es juzgarlo.
“No se trata de decidir si el año fue bueno o malo, exitoso o fallido, sino de honrar lo vivido y comprender qué vino a enseñarnos”, explicó.
En un mundo obsesionado con el veredicto, suspender el juicio es casi un acto de rebeldía.
El ser humano, recordó Vitela, no es tan distinto de la naturaleza. También atraviesa ciclos. La diferencia es que, cuando no los cerramos de forma consciente, tendemos a repetirlos. Como un disco rayado que insiste en la misma nota, la vida se encarga de detenernos hasta que entendemos.
“Muchas personas sienten que están patinando en el mismo lugar. No avanzan porque no han soltado lo anterior”, afirmó. Avanzar, paradójicamente, exige soltar.
Uno de los grandes obstáculos para ese movimiento interior es la carga emocional y mental que arrastramos sin darnos cuenta. No siempre nace de experiencias recientes. A veces viene del entorno familiar, de creencias heredadas, de una educación rígida o incluso de etapas tan tempranas como la gestación.
“Son cosas que no se ven, pero se sienten”, explicó Vitela. Pensamientos que se convierten en emociones y emociones que, si no se observan, terminan estancando la realidad. Como muebles viejos en una casa que ya no habitamos, pero que seguimos pagando.
De ahí la importancia de la autoobservación. Reconocer los pensamientos, cuestionarlos, rastrear su origen. Dejar de reaccionar en automático.
“Si no trascendemos un pensamiento, se convierte en un cúmulo energético que define cómo vivimos”, señaló.
La antítesis es clara: o pensamos conscientemente, o somos pensados por nuestras inercias.
En fechas simbólicas de cierre y comienzo, el fin de año, por ejemplo, Vitela sugirió prácticas sencillas para marcar un cambio interno. Una de ellas es encender una vela con una intención clara. No como acto mágico externo, sino como gesto de alineación interior.
“La vela representa la voluntad, la conciencia y la presencia. Pero el poder no está en la vela, está en quien la enciende”, aclaró.
Por eso insistió en que ningún ritual, por sí solo, transforma la realidad. “Si no hay un cambio interno, cualquier ritual es una ilusión”, subrayó.
La verdadera magia, comienza cuando existe coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. No se trata de pedir más dinero, más amor o más salud, sino de algo mucho menos popular: “ser más como seres humanos”.
Al mirar el aprendizaje colectivo que deja 2025, Vitela identifica una invitación casi olvidada: reconectar con la inocencia, la alegría y el amor consciente. No desde una postura religiosa, aclaró, sino desde una experiencia humana esencial.
“Es regresar a la esencia del niño interior, no perder la capacidad de disfrutar, de vivir con ligereza”, dijo.
La meditación aparece aquí como una herramienta clave, sobre todo para procesar las experiencias más dolorosas del año, incluidos los duelos. Vitela no promete curas rápidas ni consuelos fáciles.
“El dolor no se quita, se aprende a vivir con él”, afirmó.
La meditación permite observarlo desde otro lugar, dejar de ser víctimas del sufrimiento. Y recuerda algo que a menudo se olvida: existen muchos tipos de duelo. No solo por la muerte de un ser querido, sino por la pérdida de la salud, de un trabajo, de una etapa de vida o incluso de una mascota. El dolor no compite; simplemente existe.
Para iniciar un nuevo ciclo, insistió en diferenciar entre pedir desde la carencia y trabajar desde la conciencia. “Cuando pedimos desde la falta, nada funciona”, señaló. Lo que sí funciona es colocarnos en la frecuencia que permita generar cambios con nuestras acciones. Pedir salud implica hábitos y pensamientos saludables. Pedir estabilidad económica implica decisiones coherentes. La coherencia, otra vez, como hilo conductor.
También recomendó prácticas simples para limpiar energéticamente espacios como el hogar o el trabajo. Una ducha consciente, el uso simbólico del agua, las plantas. Nada sofisticado.
“No necesitamos nada externo. Los objetos son muletillas para el subconsciente. La simplicidad es donde ocurre lo más grande”, afirmó. En un mundo que vende soluciones complejas, la sencillez resulta casi sospechosa.
Para quienes llegan al cierre de 2025 cansados, desanimados o con una sensación persistente de fracaso, el mensaje es claro: priorizar la paz mental y el agradecimiento. Proyectarse en exceso hacia el futuro genera ansiedad. No agradecer el presente cierra puertas antes de abrirlas. “Si no agradecemos lo que tenemos hoy, no podemos recibir algo más”, sostuvo.
Los años seguirán pasando, concluyó Vitela, con o sin nuestra aprobación. Pero sin un cambio interno, nada cambia realmente.
“La paz no tiene precio. Cuando aprendemos a estar bien con nosotros mismos, podemos vivir en mayor armonía con quienes nos rodean. Ahí comienza cualquier nuevo ciclo”. Y quizá, solo quizá, ahí termina de verdad el anterior.