NAVIDAD DE ANTAÑO
Al llegar las tías a visitarnos cada año nos indicaba la cercanía de la Navidad. Contaba con siete años de edad y junto con mis hermanos nos daba mucho gusto recibirlas, al igual que a nuestro padre. Siempre venían con un gran cargamento: traían regalos y exquisitos antojos típicos de Guanajuato; carnitas, gorditas, cecina de res y la sabrosa cajeta de Celaya. Eran tres maestras de la tercera edad que se habían encargado de la educación de nuestro padre. La mayor de ellas nos obsequiaba ropa, juguetes y también nos proveía de panderos y tambores para cantar con mis hermanos la letanía de las posadas.
La sobremesa duraba horas; platicaban toda la tarde recordando vivencias familiares. Les agradaba escuchar villancicos del coro infantil de Televicentro en discos de acetato, en una enorme consola que aún conservamos. Mi madre se esmeraba en alegrar la casa con bellos adornos navideños: nacimiento, pino, espejos y puertas. Su toque en la cocina era especial; uno de los secretos era utilizar ingredientes frescos de buena calidad. Me agradaba acompañarla a realizar las compras para la cena de Nochebuena en una tienda del centro de la ciudad llamada "Los Viñedos". Mi premio era degustar aquellos ingredientes mágicos para la cena: nueces, pistaches, chocolates, almendras, aceitunas, pasas, ciruelas, castañas, fruta seca, entre otras delicias.
Con dos días de anticipación a la Navidad descongelaba el enorme pavo; en la mañana del veinticuatro le ayudábamos a inyectar el vino blanco antes de introducir el exquisito relleno. Para ese día ya contaba con una dotación generosa de deliciosos tamales y gran cantidad de buñuelos que ella elaboraba, y la deliciosa repostería que era su especialidad.
Cómo disfrutábamos encender la chimenea con gruesos troncos de mezquite; nos sentábamos alrededor gozando el calor del fuego, escuchando a Bing Crosby con "Blanca Navidad" y "Noche de paz", entre otros villancicos. Para esa hora ya olía la casa a Navidad, con ricos aromas de la cocción del pavo y demás alimentos.
Antes de iniciar la cena de Navidad levantábamos nuestras copas con la tradicional sidra de manzana. Mi padre iniciaba el brindis agradeciendo las bondades que habíamos recibido del Señor durante el año y por la dicha de estar toda la familia reunida. La cena consistía en un exquisito espagueti con crema y mantequilla; una fresca ensalada de nuez, pasas, ciruelas, arándanos, zanahorias, papas, manzana, crema y mayonesa; y el delicioso pavo dorado con el sabroso relleno de picadillo, nueces, pasas, almendras, aceitunas, guisantes y zanahoria, acompañados con rebanadas de pan francés dorado en mantequilla. De postre, un delicioso pastel de piña de tres leches. Mi parte favorita del pavo era la pierna, que mi madre siempre me complacía.
Después de la cena llegaba lo que esperábamos con impaciencia y anhelábamos durante todo el año: abrir los regalos, la ilusión más grande de la infancia, cuando ya gozaba de la mayor de las fortunas que un niño pudiese tener: una amorosa familia, salud y un hogar, que en ocasiones valoramos hasta que somos adultos.
Pasaron los años y se fueron las tías, después nuestros padres, y continuamos con esos valores del hermoso legado inolvidable de la unión familiar, alabando el nacimiento de Jesús y celebrando el Año Nuevo, reuniéndonos en casa de nuestros queridos viejos cada año, recibiendo a los hermanos con sus familias que radican fuera de la ciudad, con ese mismo gusto que le daba a mi padre cuando recibía a los suyos, escuchando villancicos de antaño y compartiendo los alimentos con el mismo menú que hacía mi madre en la tradicional cena navideña, conviviendo ahora con cuñados, sobrinos, yernos y nietos, que cuentan con la misma edad que teníamos cuando celebrábamos estas hermosas fiestas.
Han pasado más de seis décadas y continúo fiel a mi paladar, degustando la suculenta pierna, ahora apetecida por las nuevas generaciones, que ahora son dos los pavos que disfrutamos para la cena de Nochebuena y el tradicional "recalentado" del día siguiente.
Les deseo en esta Navidad que la paz, la armonía y la unión familiar prevalezcan para siempre en sus hogares.
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