Premio Cervantes
—¿Cómo te decían de chico? ¿Chalo?
—No. Me decían chiquillo de mierda.
“Los nombres de mis hermanos (eran once) se le arrebujaban a mi padre en la cabeza. Si necesitaba algo, empezaba a llamarnos, generalmente en orden cronológico: ¡Miguel!, ¡Alberto!, ¡Carlos!, ¡Benito!, ¡Ricardo!, ¡Jaime!, ¡José Eduardo! Cuando llegaba mi turno de benjamín, mi nombre se le había perdido en los vericuetos de su mal trecha memoria”, cuenta Gonzalo Celorio, recientemente galardonado con el premio Miguel de Cervantes, magnífico regalo que nos ofrece España.
Recuerdo que era yo joven e intentaba asegurar un lugar en el taller literario al que asistía por la curiosidad que había despertado en mí la lectura, siempre desordenada pero persistente. La maestra Elena Poniatowska nos encaminaba por las letras, y el jovencísimo Gonzalo, con voz de barítono, desvelaba para nosotros Rayuela, de Julio Cortázar.
“Completaba mi modesto salario con los estipendios provenientes de los gineceos, como los llamábamos entre socarrones y pícaros, los profesores que dábamos clases a los grupos de señoras que se reunían para cursar variadas asignaturas. A mí, la verdad, me encantaba pertenecer al elenco sacerdotal de esos santuarios que me permitían complementar mi magro sueldo de profesor y que ejercían sobre mi persona una fascinación rayana en perversidad”, cuenta Gonzalo en Ese montón de espejos rotos.
Y ahí estaba yo, que alimentaba mis pretensiones escribanas con el banquete literario y vivencial que ofrecía nuestro ¿gineceo? Yo prefiero llamarlo taller de escritura creativa. “Organicemos una velada literaria”, propuso el maestro. Para ponerme en situación, metí en mi bolsa El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, que no había leído, pero al menos lo había comprado. Intimidada como una adolescente, pero decidida, manejé hacia la casa del maestro. Emparejada, con sólo empujarla la puerta accedió. Unos cuantos pasos y ya estaba en la pequeña sala donde algunas compañeras bebían los primeros mojitos. Las conversaciones y la música habían tomado posesión del espacio. “¿Y el maestro?”, pregunté sin saber qué hacer con mi persona. “En la cocina”, dijo alguien señalando hacia el fondo.
La casita era como un tren: sala, recámara y, el último vagón, la cocina, donde el maestro martajaba hierbabuena mientras nuestra compañera, jacarandosa y cubana, pasaba su brazo por la cintura del coctelero. Habana club, una ro daja de lima, hielo picado y el maestro puso en mis manos el primer mojito. Improvisadas aprendices se encargaron de seguirlos preparando hasta agotar existencias.
Dueño de la voz, el maestro mencionó a Cabrera Infante y disertó sobre el Concierto barroco de Carpentier. Cuando mencionó la música de Cuba, inesperadamente se levantó a colocar el brazo del tornamesa sobre un long play y, así nomás, sin venir a cuento, se paró frente a mí, estiró su mano y yo, mujer en llamas, ni lo dudé.
“Bailar danzón/ es apretar la sabia mano derecha, contra el pecho jadeante, invisibles soplos de lumbre. Es apretar con la mano sabia, a la pareja preciosa y ligera/ para comunicarle el ritmo rotundo de la sangre/ y soltar por fin los pies/ un desliz corto, emocionado y grave/ siguiendo sin equivocaciones, el son de corazón profundo. Eso es bailar danzón”, imponía con su magnífica voz el maestro, quien, abrazándome con firmeza, marcaba los pasos: “si Juárez no hubiera muerto... todavía vi vi-ría. Acerina y su danzonera”, me informó.
Literatura, música, mojitos, abonaron el espacio para que el maestro ofreciera a cada discípula su danzón. Vaya esta anécdota para usted, pacientísimo lector, lectora, con mi de seo de que sus celebraciones sean gozosas.