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PARTÍCIPE NECESARIO

CLAUDIO PENSO.-

En los pocos meses que duró mi intervención en su empresa, hubo dos rasgos de su carácter y temperamento que llamaron poderosamente mi atención. A primera vista parecían inconexos, incluso contradictorios. Por un lado, el hombre tenía un espíritu protector poco común en el mundo corporativo. Por otro, una forma de conducir su automóvil al límite-literal y metafóricamente- que rozaba el abismo.

El trabajo era claro para mí: evaluar la estructura comercial y proponer cambios. Los números y los vínculos internos hablaban por sí solos. Había personas que ya no funcionaban en sus roles, no sólo por bajo rendimiento sino por niveles de conflictividad y actitudes desafiantes que erosionaban al resto del equipo. Las recomendaciones eran obvias, casi de manual.

Una tarde, mientras revisábamos el informe final, me interrumpió con una frase que descolocó cualquier plan estratégico:

-Mientras viva, no voy a dejar a nadie sin su trabajo. Mi responsabilidad es cuidar a la gente que alguna vez depositó su esperanza acá.

Intenté insistir. Argumenté costos, clima laboral, sostenibilidad. Escuchó en silencio y, sin elevar la voz, cerró la discusión:

-Si no funcionan, entonces tenemos que ayudarlos.

Aquella convicción, tan humana como impropia del discurso empresarial, contrastaba de manera brutal con otra faceta suya. Conducía rápido, demasiado. Al límite. Como si cada curva fuera una apuesta y cada recta una provocación al destino. No era imprudencia juvenil ni descuido, había algo deliberado, casi una búsqueda.

La pregunta quedó flotando hasta que, un día, se la formulé a su socia. No necesitó demasiado tiempo para responder y revelarme la historia. Años atrás había habido un accidente. Él manejaba. En el asiento trasero iba su hija pequeña. Ella no sobrevivió.

Desde entonces, pensé, tal vez no era él quien tomaba el volante.

Hay culpas que no prescriben. Fantasmas que no gritan, pero empujan. Que se manifiestan en decisiones extremas, en protecciones desmedidas, en castigos silenciosos que uno se impone para seguir respirando. Tal vez su negativa a despedir a alguien no era sólo ética empresarial, sino una forma de no volver a "fallar" en el cuidado de otro. Tal vez su conducción temeraria era el reverso, el peso insoportable de no haberse perdonado nunca.

En la mayoría de las historias creemos ser protagonistas, responsables absolutos de lo ocurrido. Pero a veces apenas somos actores de reparto. O algo más ambiguo y doloroso: partícipes necesarios. Aquellos que no planearon el desenlace, pero estuvieron allí cuando sucedió. Y cargan con eso para siempre.

Porque hay errores que no se corrigen. Sólo se aprenden a llevar.

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