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2008 y secuelas

LUIS RUBIO

En la vida política, dice Robert Higgs, mucha gente reza por una crisis como los agricultores rezan por la lluvia. En lugar de riesgo, perciben una oportunidad; los que saben aprovechar las crisis con frecuencia acaban cambiando al mundo. Muchas crisis ocurren por malas decisiones, otras por circunstancias imprevisibles.

Cualquiera que sea su origen, las crisis crean condiciones para emprender cambios, en ocasiones bien razonados, en otras, transformadores, para bien o para mal. Es crucial entender el riesgo de una crisis para evitarla o aprovecharla porque, como escribió Chesterton, “nunca hay que quitar una barda hasta entender por qué fue originalmente construida”.

Las crisis no son algo excepcional en el mundo económico, pero las consecuencias sí lo son. En contraste con otras crisis financieras, no sería exagerado afirmar que la de 2008, estos días hace 18 años, cambió el destino del mundo moderno.

En su autobiografía, Bertrand Russell analiza la diferencia entre las dos guerras mundiales del siglo pasado y concluye con que no todas las guerras son iguales: para él, la Primera Guerra Mundial fue producto de errores, falta de información, excesos y malos cálculos de las potencias de entonces las cuales, luego de decenas de millones de muertos, sembraron las semillas para otra conflagración mundial. De ahí que él concluya que mientras que la Primera Guerra fue “voluntaria,“ la Segunda fuera necesaria porque tuvo que ver con las consecuencias de lo que ocurrió veinte años antes. Esa manera de apreciar la historia es aplicable al desastre financiero de 2008.

La crisis de 2008 fue producto de los incentivos perversos que creó una regulación politizada que los hiperactivos operadores en los mercados financieros convirtieron en una gran fuente de utilidades, pero con desastrosas consecuencias. Vale la pena recordar la sucesión de eventos y circunstancias que llevaron a aquel colapso porque ilustra la desconexión que con frecuencia existe entre los políticos y los financieros.

Respondiendo a reclamos de sus votantes, los legisladores estadounidenses aprobaron leyes para promover la adquisición de vivienda por familias de bajo poder adquisitivo, para lo cual crearon una serie de incentivos y subsidios. Sin embargo, la crisis que eventualmente se desató probó que ese deseo, loable en sí mismo, no era alcanzable, ni compatible con las regulaciones financieras existentes, a la vez que produjo soluciones tan creativas que acabaron siendo desastrosas.

Las familias de bajos recursos no podían pagar un enganche, por lo que los financieros inventaron una manera de darles acceso a una vivienda, aunque eso durara poco. La familia “adquiría” una vivienda (más bien, el derecho a ocupar una propiedad) por lo cual pagaría un monto mensual muy bajo y fácilmente asequible. Sin embargo, pasado un periodo de año y medio, los pagos súbitamente ascendían a montos imposibles de ser satisfechos y la gente perdía su casa. La clave del mecanismo radicaba en que los financieros recibían un bono por la “venta” de la casa y no por el pago final de la misma, de tal suerte que si la familia perdía la casa algún tiempo después, el financiero no enfrentaba costo ni riesgo alguno. Para hacer esto posible inventaron dos productos -los llamados “valores respaldados por hipotecas” (MBS por sus siglas en inglés) y las “obligaciones de deuda garantizada” (CDO)- que implicaban que el emisor del crédito hipotecario lo vendía a otras instituciones financieras y fondos de inversión, transfiriendo todo riesgo a diversos inversionistas. Eso fue lo que llevó a que cientos de entidades alrededor del mundo acabaran con valores financieros que no valían nada.

El punto es importante por sus causas, pero sobre todo por sus consecuencias. Una aparentemente buena idea acaba siendo una trampa por malas regulaciones (como la de permitir que el emisor del crédito se deshaga del mismo), dejando como héroes (y severos críticos) a quienes crearon el problema (los políticos), dejando “colgadas de la brocha” a miles de familias que perdieron sus casas y a millones de ahorradores que perdieron su dinero por una cadena de acciones irresponsables.

Pero todavía peor fueron las consecuencias políticas de aquella crisis pues, como sugería Russell, ésta llevó a que China alterara dramáticamente su estrategia de desarrollo, abandonando el camino cercano al oeste que había seguido hasta entonces; que la ciudadanía de múltiples países perdiera toda fe y respeto en sus gobiernos, políticos y banqueros; y que reapareciera la lucha de clases, incluso en sociedades que prosperaban de manera constante.

Es poco probable que Morena hubiera ganado en 2018 de no haber habido aquella crisis porque la casi depresión de 2009 acentuó la desigualdad, obligó al gobierno a contraer el gasto público y desacreditó a los partidos políticos tradicionales y a la noción de perseverar en las reformas, regalándole una oportunidad de oro a AMLO, quien la supo aprovechar con extraordinaria clarividencia.

El problema para Morena es que, siendo gobierno, ahora es responsable de lo que venga y, a juzgar por su actuar en materia de deuda, no está siendo muy responsable.

Como dice el dicho, el camino al infierno está pavimentado por buenas intenciones.

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