Los presidentes de Estados Unidos y China, Donald Trump y Xi Jinping, en la cumbre de Busan en 2025. Foto: EFE
El 4 de julio de 2026, Estados Unidos celebró los 250 años de su Declaración de Independencia, pero este aniversario enfrentó una paradoja donde la nación que encarnó durante el último siglo la idea misma de supremacía económica ya no es tan claramente la única superpotencia. De hecho, hay quienes piensan que el siglo de bonanza estadounidense está cediendo paso a algo distinto en el escenario mundial.
Anunciar la decadencia de Estados Unidos ha sido una predicción recurrente desde la década de los setenta y casi siempre se ha equivocado. Pero esta vez los números sí parecen dibujar un desplazamiento en el eje de poder que merece ser considerado.
Medida a precios de mercado y a través del Producto Interno Bruto (PIB) nominal, la economía estadounidense sigue siendo la mayor del planeta. Según los cálculos del Fondo Monetario Internacional (FMI) para 2026, su valor se ubica en los 31.8 billones de dólares, frente a los 20.6 billones de China. A pesar de la diferencia que existe entre ambas naciones, en conjunto las dos concentran cerca del 42 por ciento de toda la riqueza que se produce en el mundo, lo que refiere una bipolaridad económica sin precedentes.
Sin embargo, el análisis cambia cuando se mide el valor de la economía por la paridad del poder adquisitivo (PPA), que es un indicador que se ajusta según lo que se puede comprar con la moneda local. Bajo esta óptica, China supera a Estados Unidos desde el año 2014 y, al día de hoy, se estima en un valor de 43.5 billones de dólares contra los 31.8 billones de la nación norteamericana, de acuerdo con el portal Statistics Times.
DEUDA Y ASCENSO ASIÁTICO
Si algo simboliza la fragilidad del país de las libertades es el tamaño de su deuda. En mayo de 2026 se estimaba que la deuda nacional bruta de Estados Unidos había rebasado los 39 billones de dólares, que equivaldrían en promedio a unos 114 mil dólares por habitante o 289 mil dólares por hogar, de acuerdo con el Comité Económico Conjunto del Senado.
La deuda que está actualmente en manos de la población —mediante tarjetas de crédito, hipotecas, créditos de nómina, etcétera— superó por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial el tamaño de toda la economía al llegar al 100.2 por ciento del PIB en abril de 2026. La Oficina del Presupuesto del Congreso proyecta que alcanzará los 53 billones de dólares para el año 2036. Si bien no es un problema que estallará mañana, ya es un lastre estructural que limita el margen de maniobra de la potencia.

En tanto, la deuda pública total en términos del PIB se ubica en el 123 por ciento. Pero el detalle más preocupante no es el monto, sino la dinámica que ha seguido, ya que el gobierno estadounidense gasta en promedio 1.33 dólares por cada uno que recauda y se está endeudando a un ritmo aproximado de cinco mil millones de dólares diarios. Por primera vez en la historia, los pagos de los intereses han superado el billón de dólares anuales.
Por otra parte, en 2025 China cerró con un superávit comercial récord que alcanzó los 1.18 billones de dólares, el equivalente al valor total de la economía mexicana. El gigante asiático obtuvo este logro comercial a pesar de los aranceles impuestos por la administración del presidente Donald Trump a sus productos.
China es ya el mayor exportador del planeta y el líder indiscutible en vehículos eléctricos, paneles solares y, cada vez más, en inteligencia artificial, como mostró la irrupción de modelos como DeepSeek, por lo que las ventajas chinas no se limitan a la paridad del poder adquisitivo (PPA), sino que también están en su diversificación industrial y de mercado.
La guerra comercial que el propio Trump activó en 2025 mostró los límites del poder estadounidense: tras la escalada arancelaria que llegó al 145 por ciento sobre los productos chinos y la respuesta de Pekín del 125 por ciento, ambas naciones tuvieron que negociar. La cumbre de Busan de aquel año selló una tregua de un año que redujo los gravámenes estadounidenses del 57 al 47 por ciento a cambio de que China suspendiera sus controles a la exportación de tierras raras, aquellas que contienen elementos como litio, galio o germanio, sin los cuales la industria tecnológica de Silicon Valley se hubiera detenido.
Pero reducir el ascenso asiático solo a China sería un error, ya que países como Corea del Sur también abonan a la sensación de que Estados Unidos se está estancando. En seis décadas Corea pasó de tener niveles de pobreza similares a muchas naciones africanas a convertirse en una economía desarrollada con altos ingresos, un PIB nominal cercano a los 1.9 billones de dólares y un ingreso per cápita que ronda los 37 mil dólares. Sus circuitos integrados, sus automóviles y sus semiconductores concentran más del 60 por ciento de la producción global de chips avanzados —al igual que Taiwán—, que son indispensables para el mundo actual.

Otro ejemplo es precisamente Taiwán, que está superando a la misma Corea del Sur en PIB per cápita debido al auge de los chips para inteligencia artificial. Es decir, el dinamismo, la innovación y la capacidad manufacturera se han desplazado hacia el Pacífico Asiático, mientras que en Estados Unidos crece el debate sobre la desindustrialización, la polarización política y un estancamiento que contrasta con su historia.
El cambio más profundo parece estar en el orden político, ya que tras el colapso de la Unión Soviética siguió un mundo unipolar donde Washington dictó en solitario todas las reglas comerciales, militares y geopolíticas del mundo, pero al día de hoy parece que se abre paso un esquema multipolar en el que tendrán que convivir varios centros de poder.
El propio dólar, que es la columna vertebral de la hegemonía estadounidense, es un reflejo de esta transformación, debido a que su participación en las reservas internacionales cayó del 71 por ciento en 1999 a alrededor del 57 por ciento a finales del año 2025. Una encuesta realizada por World Gold Council reveló que el 73 por ciento de los bancos centrales consideran que esta proporción seguirá cayendo en los próximos años.
A este reacomodo multipolar también contribuye el bloque económico BRICS, que llegó a once miembros —originalmente sólo eran Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— y representa a más de la mitad de la población mundial y a cerca del 40 por ciento del PIB global. En su agenda está un nuevo sistema de pagos alternativo al SWIFT, el impulso al comercio en monedas locales y el Nuevo Banco de Desarrollo, que busca competir con el Fondo Monetario Internacional. Si bien es cierto que falta mucho para llegar a la desdolarización del mundo, comienzan a configurarse algunos esfuerzos en esa dirección.
MÉXICO EN ESCENA
México está atrapado en su geografía con más de tres mil kilómetros de frontera con la potencia del norte, y la reconfiguración de la geopolítica global será de vida o muerte para la economía nacional, que se enfrenta a la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) para decidir finalizar el acuerdo o extenderlo a otros dieciséis años de libre comercio en Norteamérica. Pero el costo oculto para el país se encuentra en la incertidumbre arancelaria que frenó la inversión durante todo el año 2025, lo que explica el pobre desempeño interno de la economía hasta ahora.

Es aquí donde se presenta el verdadero dilema mexicano en el nuevo tablero multipolar, pues Estados Unidos exige como condición para mantener el T-MEC que México no sirva de triangulación para los productos chinos. La respuesta del gobierno de Claudia Sheinbaum ha sido el Plan México, que busca sustituir importaciones asiáticas para elevar el contenido nacional y, simultáneamente, diversificarse con acuerdos como el firmado con la Unión Europea.
La pregunta de fondo es si México puede aprovechar la rivalidad entre Estados Unidos y China sin quedar aplastado entre ellos. Durante el primer mandato de Trump, la guerra comercial empujó la relocalización de plantas industriales (el famoso nearshoring) y México se convirtió en el principal exportador hacia Estados Unidos. La oportunidad sigue ahí, pero exige algo que no se resuelve con suerte, sino con energía, agua, infraestructura, certeza jurídica y mano de obra calificada, justo los aspectos que han limitado al país.
A 250 años de su nacimiento, Estados Unidos sigue siendo la mayor economía nominal, el corazón financiero del planeta y la primera fuerza militar, sin embargo, se enfrenta a un nuevo mundo donde debe negociar y convivir con otras naciones en ascenso.
Si el siglo XX fue el siglo de la hegemonía estadounidense, el siglo XXI se parece más a un concierto de varias potencias que apenas están afinando y que tocan a destiempo. Para México, la tarea no es elegir bando, sino entender que la peor estrategia en un mundo multipolar es seguir dependiendo de un solo cliente.