A la memoria de mi querido Don Emilio Carrillo Gamboa.
En una democracia, la pregunta más elemental que cualquier candidato o partido debe responder es ¿estás mejor hoy que cuando te gobernaba otro partido? En términos de la Ciudad de México y el otrora Distrito Federal, ¿en qué medida ha mejorado o empeorado tu vida desde que comenzó a gobernar Morena y su predecesor, el PRD? La CDMX lleva 29 años gobernada por la izquierda bajo las denominaciones PRD y Morena. Aunque las personas han cambiado y cada uno de los jefes de gobierno desde 1997 ha sido distinto, imprimiéndole su sello personal con diversos grados de institucionalidad, la visión filosófica ha sido consistente.
Casi tres décadas continuas de un solo partido en el poder de la ciudad constituyen un periodo razonable para evaluar la calidad de la gobernanza, así como la capacidad para enfrentar exitosamente los desafíos que enfrenta una de las ciudades más grandes del mundo. Entonces, ¿está mejor la ciudadanía de la CDMX hoy que en 1997? El periodo en que ha gobernado PRD/Morena coincide con una profunda transición tanto política como económica que ha caracterizado al país, mucho de ello personificado, en el plano político, precisamente por triunfos sucesivos del PRD/Morena en la Ciudad de México. La izquierda ascendió al poder en la ciudad inmediatamente después de la aprobación de la reforma electoral de 1996 que creó la gubernatura electa en el DF, a la vez que ha gobernado en un periodo de profundos cambios estructurales en la economía del país, que evidentemente también impactaron al entorno de la ciudad.
Las dos transiciones constituyeron tanto una oportunidad como un desafío. Oportunidad porque se inauguró una nueva etapa de operación política distante, tensa y no subordinada al gobierno federal, con quien comparte el mismo espacio geográfico. En el ámbito económico, el fin de la era de la sustitución de importaciones y el comienzo de la especialización que inexorablemente seguiría en el contexto de la globalización, creó la oportunidad para construir una nueva economía de servicios de alto valor agregado. El desafío era enorme porque no había precedentes en lo político o en lo económico, así que el mérito -o el costo- de lo que viniera sería todo suyo.
El balance no es particularmente benigno. Para comenzar, la ciudad se convirtió en un trampolín para acceder a la presidencia de la república. Tres de los cinco jefes de gobierno que fueron electos entre 1997 y 2024 (Cuauhtémoc Cárdenas, López Obrador y Claudia Sheinbaum) eventualmente abandonaron su responsabilidad en la ciudad para convertirse en candidatos a la presidencia, dos de ellos exitosamente. Un cuarto (Marcelo Ebrard) fue aspirante a la nominación. Es decir, lo primero evidente es que el objetivo nodal del paso del PRD/Morena por la ciudad ha sido el acceso y permanencia en el poder a nivel nacional.
El gobierno de la ciudad acabó siendo un medio y no un objetivo y eso es lo que revelan los resultados. La industria manufacturera que existía en los noventa prácticamente desapareció, pero la calidad de vida del ciudadano promedio difícilmente mejoró. En lugar de conducir un proceso hacia un mayor desarrollo, todas esas administraciones dejaron que las cosas -empleo, drenaje, transporte, movilidad- se deterioraran sin dirección alguna, desperdiciando una enorme oportunidad. La ciudad hoy no cuenta con mejores escuelas, universidades, aeropuerto o infraestructura en general, a la vez que nada cambió en la enorme porción de informalidad que sigue caracterizando a la urbe: de acuerdo con el INEGI, ésta fue 45% en 1997 y 44.7% en 2025. En lugar de eso hay tráfico imposible, inundaciones, inseguridad y escasa democracia. Difícil argumentar que mejoró la vida de la población cuando no mejoró ni en un ápice el contexto en que ésta existe.
Ni que decir de la civilidad. La mayor contribución del gobierno de AMLO, comenzando en 2000, fue la lucha de clases, el resentimiento, el odio y la destrucción de contrapesos. Los “otros datos”, “no me vengan con que la ley es la ley” y “al diablo con sus instituciones” se convirtieron en lemas que adquirieron vida propia y siguen pululando el discurso público, las divisiones sociales y el clima de confrontación que no ceja.
La ciudad, como todo el país, comenzó a experimentar una crisis de seguridad producto en buena medida del colapso del viejo régimen sin que surgiera uno nuevo, revelando la enorme debilidad del Estado mexicano en general. En honor a la verdad, con excepción del gobierno de AMLO (2000- 2006), que inventó lo que luego se conocería como “abrazos, no balazos”, los demás gobiernos intentaron contener la ola de criminalidad con distintos grados de éxito, pero ninguno construyó un nuevo paradigma de seguridad y civilidad como fundamento para la convivencia social, aunque el gobierno actual, al menos en la retórica, habla de comunidad.
Pocos momentos en la historia de cualquier país presentan coyunturas de cambio tan trascendentes como las que ha vivido el país en estas décadas. Pocos creen que México ha tenido gobiernos de la talla necesaria para salir avante. A nivel federal, el fracaso desde 2000 es patente. En la ciudad el resultado es todavía peor porque ahí ni competencia ha habido: no hay ni a quien puedan culpar más que al espejo. Su final seguramente llegará más por agotamiento que por la oposición.