50 años después
Ya instalados en el centro de nuestro sexto piso, algunos excompañeros de secundaria nos reunimos para celebrar el quincuagésimo aniversario de nuestro egreso. Acudimos menos de la mitad del grupo original. Algunos amigos, aunque fueron convocados con suficiente anticipación, no pudieron acompañarnos; otros, sencillamente, nunca se enteraron, pues hace años les perdimos la pista. Eso es algo difícil de creer en esta mcluhaniana “aldea global”, entre teléfonos inteligentes, motores de búsqueda y redes sociales capaces de conectar a personas que radican en sitios de veras distantes. Sin embargo, es un hecho que hubo compañeros a quienes nunca logramos localizar. Y hubo otros —Lucy, Armando, Gerardo y Carlos— que de ningún modo habrían podido reunirse con nosotros, pues lamentablemente ya fallecieron.
Nuestro heterogéneo y variopinto grupo cursó la secundaria entre dos golpes de Estado: el de Augusto Pinochet en Chile, en 1973, y el de Jorge Rafael Videla en Argentina, en 1976. Nos tocó presenciar la fase final de la guerra de Vietnam, la caída de Richard Nixon por el escándalo Watergate, la guerra de Yom Kippur y la crisis petrolera que alteró la economía mundial. Aunque apenas éramos adolescentes, aquellos acontecimientos se filtraban en las conversaciones que escuchábamos, en los periódicos que adquirían nuestros padres y en los noticieros que se veían en casa.
Vivimos también los años del estridente sexenio de Luis Echeverría, aquel mesiánico presidente que se creyó merecedor del Premio Nobel de la Paz y dilapidó no pocos recursos en su infructuoso intento de alcanzar la Secretaría General de las Naciones Unidas. No obstante, tuvo algunas decisiones convenientes, entre ellas el nombramiento de Víctor Bravo Ahuja —ingeniero aeronáutico, doctor en ciencias y eficiente rector del ITESM— como secretario de Educación Pública. Bajo su conducción se impulsó la modernización educativa. La lingüística estructural y la teoría de conjuntos encontraron espacio en los programas de estudio; además, se promovió la resolución de problemas, la aplicación de la metodología científica y la búsqueda de aprendizajes significativos y socialmente relevantes.
También la educación artística recibió un impulso notable. Las secundarias públicas incorporaron clases de flauta y, después de un viaje presidencial a Japón, miles de llamativas flautas Yamaha llegaron a las manos de estudiantes mexicanos. Aprendimos a leer el pentagrama y llenamos cuadernos de papel pautado con notas, escalas y melodías. Aquellas lecciones parecen formar parte de un tiempo en que la escuela todavía aspiraba a educar la sensibilidad tanto como la inteligencia.
Por supuesto, el tránsito de la niñez a la adolescencia significó también el abandono de muchas convicciones ingenuas. Descubrir nuestra fragilidad y comprender que la vida no venía acompañada de garantía alguna fue una lección difícil. La recibimos de manera abrupta. Primero, con la muerte de un compañero a consecuencia de una anestesia mal administrada durante una intervención quirúrgica. Después, y de forma aún más dolorosa, con la pérdida de otros dos condiscípulos que fueron atropellados por una camioneta a escasas cuadras de nuestra escuela.
Aquella tragedia nos sacudió. Por primera vez sentimos que el dolor colectivo podía transformarse en acción. Nos organizamos y, con el respaldo de vecinos, padres de familia y maestros, presionamos a las autoridades municipales para que instalaran luces preventivas y bordos en el crucero donde ocurrió el siniestro. No era mucho, pero era algo. Comprendimos que la ciudadanía no consiste únicamente en exigir derechos, sino también en asumir responsabilidades y participar en la construcción de soluciones.
Cincuenta años después, y con varios kilos extra, recordamos que la memoria guarda mucho más que grandes acontecimientos. Se aferra a lo cotidiano: las amistades, los duelos, los aprendizajes y las pequeñas batallas ganadas que nos terminaron de moldear. Hoy vemos que aquellos años de secundaria no fueron sólo una etapa académica, sino el suelo fértil donde empezó a germinar nuestra identidad.