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A cien años de la Cristiada en México

Se convirtió en uno de los muchos episodios nacionales que por vergüenza y oprobio llegaron a ser silenciados tanto en archivos como en los libros de texto.

A cien años de la Cristiada en México

A cien años de la Cristiada en México

ENRIQUE SADA SANDOVAL

En el verano de 2022 fui abordado por monseñor Faustino Armendáriz Jiménez, arzobispo de Durango, para realizar una serie de investigaciones históricas en la región sur del estado y en el norte de Zacatecas, buscando documentos y testimonios relacionados con el estallido de la persecución antirreligiosa en México durante la década de 1920. 

Resultado de ello fue la realización, ese mismo año, del Primer Foro Regional de la Cristiada en Chalchihuites, Zacatecas, que contó con las ponencias de cronistas e investigadores de la región y alrededores. Justo en este municipio inició el primer levantamiento armado —que en poco tiempo llegaría a Jalisco y al Bajío— encabezado por Pedro Quintanar, Perfecto Castañón, Lauro Salas y muchos más tras el asesinato de los santos mártires duranguenses: San Luis Batis, San Mateo Correa, San Manuel Morales, San Salvador Lara y San David Roldan en la cuesta de Santa Teresa y el entronque del Camino Real de Durango, en agosto de 1926. 

Hace cien años, durante la fiesta de San Ignacio de Loyola, la denominada “Ley Calles” hizo que se cerraran los templos en México, prohibiendo el culto cristiano, desde la administración de sacramentos hasta la celebración de misas, lo mismo que la asistencia religiosa a enfermos y moribundos. La prohibición empezó con una rabiosa persecución antirreligiosa que, en corto plazo, originó un enorme malestar en la sociedad y desató una ola de levantamientos populares en contra de la represión violenta orquestada por el gobierno, derivando en lo que conocemos como la Cristiada. 

La persecución antirreligiosa no tuvo límites a la hora de tratarse de víctimas, pues fueron apresados, torturados y asesinados lo mismo niños que ancianos, jóvenes, mujeres, laicos y sacerdotes por el solo hecho de asistir a misa a escondidas, persignarse al cruzar por un templo o negarse a blasfemar contra su fe como condición impuesta por las autoridades para perdonarles la vida —algo a lo que la inmensa mayoría se negó, pagando con su propia sangre—. 

En su carácter dual de epopeya y tragedia dentro de la historia tortuosa de nuestro país, la Cristiada se convirtió en uno de los muchos episodios nacionales que por vergüenza y oprobio llegaron a ser silenciados tanto en archivos —muchos permanecen fuera de acceso al público, como es el caso del archivo histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional— como en los libros de texto. 

La razón de este ocultamiento se debe en buena medida a dos razones de importancia: en primer lugar, a la impopularidad de la imposición antirreligiosa que atentaba sin razón alguna contra la libertad de expresión y de conciencia del pueblo; segundo, ante la inocencia de la curia apostólica y gran parte de las víctimas, el régimen engañó a los obispos a través del presidente títere en turno —Emilio Portes Gil— para que firmaran una paz con licenciamiento de tropas a cambio de libertad de credo y de conciencia, justo cuando el gobierno estaba por ser vencido por los mexicanos inconformes, pero esto solo fue una artimaña para desarmar y asesinar cobardemente al mayor número de jefes cristeros y combatientes posible hasta el año de 1929, concluyendo así la primera etapa de la rebelión cristera. 

Este silencio se empezó a resquebrajar con la llegada a nuestro país de un gran personaje: el historiador franco-mexicano Jean Meyer, quien en la década de los setenta se dedicó, desde sus posibilidades y alcances, a investigar archivos y testimonios de la curia apostólica, así como a combatientes, sobrevivientes y hasta a los represores. 

Gracias a la brecha abierta por Meyer, muchos otros investigadores y académicos han logrado realizar grandes aportaciones desde el ámbito regional, brindando la oportunidad a presentes y futuras generaciones de mexicanos de conocer la verdad y difundirla —ante la natural tendencia de los gobiernos de no abrir sus archivos o demás fondos documentales—, y arrojando nuevas luces sobre nuestro pasado oculto por el oficialismo a sueldo.

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Escrito en: Enrique Sada Cristiada

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