A Columba Domínguez, a 12 años de su adiós
Las luces se apagan, la pantalla se ilumina, Columba aparece, responde y corresponde a una época de un México floreciente y tremendamente vivo. “El cine llama a su gente”, reza la máxima cinematográfica, y así Columba llega como una paloma a posarse en belleza y talento sobre el nido de pajar de oro del cine mexicano.
Su estirpe de recia sonorense afronta las oportunidades brindadas. Siendo ella muy joven toma los retos de Pepita Jiménez, Río Escondido, La Perla hasta llegar a su Ariel en Maclovia, con esa Sara enamorada de José María. Ahí su mirada y su candor al hablar revelan todo un mundo de amor contenido. Su sacrificio ante el tigre bajo sargento de López Moctezuma es conmovedor, lleno de matices, de redención abnegada-enamorada. Columba entregó a Sara una ambigüedad poética maravillosa: su dolor, su amor, su rencor, sus vericuetos emocionales expresados en el silencio activo de su mirada. “Con los ojos se habla más que con las palabras”, dice Miguel Inclán, quien interpreta a Tata Macario en la película. Esa sen tencia es la clave del buen desempeño actoral de Columba.
Acacia en La Malquerida es el dilema, el amor expresado en odio, rabia, pasión contenida. Columba es profunda en su actuación, caracterizada por signos conductuales psicofísicos que revelan al personaje. Su gestualidad, su actitud corporal, su energía, reflejan el sentir de Acacia. Cuando habla dice lo que ya adivinamos. Los espectadores somos cómplices testigos de su pasión, de su ambigüedad.
La actriz es sex-symbol urbano en La virtud desnuda, donde se divierte, se sabe y se siente atractiva. Juega con los espectadores, a quienes hace creer que es una devoradora de hombres y una estafadora. Su lección es para quien le quepa el saco y para quien creyera que solo podía interpretar mujeres rurales.
Es la mujer que intuye, que observa, que prevé como madre de Reinaldo y Martín Del Hierro en Los hermanos Del Hierro. Su primera aparición cubre la pantalla: “Matar o morir, tú nunca lo entendiste, no podías, lo supe al verte la primera vez”. Columba acciona emociones al marcar los bueyes; hay en ella fuerza, sensualidad, habilidad, rencor, odio. Es la tierra indignada. Ve al páramo yermo y dice: “¡Qué se sabe de Dios en estas tierras!”. Es el viento en rabia y los sonidos dislocados que revelan su tren de pensamientos. La marchitada viuda que interpreta es sencillamente extraordinaria.
El baile de “El palomo y la paloma” en Pueblerina es una síntesis, un eco, una danza de alegría-triste. En ese bailar, ella y Cañedo dejan profunda huella viva en la historia del cine mexicano.
Columba comparte set con un monstruo actoral, Toshiro Mifune, y baila el vals que le toca el nipón. El tono actoral de él es alto, pero ella contrasta con su sobriedad, amor y comprensión absurda en Animas Trujano, donde asume su cariño hacia ese incapaz irresponsable.
Columba nunca se achica ante Mifune; su verosimilitud, sinceridad y compromiso la ponen a la par.
Columba es esa cara enmarcada de cejas hermosas que resaltan sus ojos. Si se descorrieran los telones de sus pupilas, veríamos a los grandes: al “Indio” dirigiendo, a Figueroa emplazando, a los pinceles de Diego y Covarrubias pintándola, a Lara tocando su piano, a José Alfre do cantando “Si nos dejan”, a Montalbán cabalgando en Pepita Jiménez, a don Fernando Soler en Mi pueblito, a Pedro Armendáriz sufriendo la pasión de Esteban, a Buñuel llevándola por El río y la muerte, a sus hijos Julio Alemán y Tony Aguilar en Los hermanos Del Hierro, A Dolores y María como contrapartes antagónicas. Columba es México, una actriz que antepuso su talen to a su belleza. Es el carácter que se impuso, un símbolo, una época presente, un Guaymas de montañas recias, rojas, secas, de peñasco bravo pero matizado por las olas, como ese mar azul de su Sonora.
Ella fue un impulso muy grande para mí: “No lo conozco como actor, pero le auguro un futuro muy grande como escritor” fueron sus palabras, mismas que atesoro en el alma.