Es martes a las 19:00 horas, la hora pico del tráfico, me dirijo al primer cuadro de la ciudad, a la zona del sector de la salud privada, con tan solo unas gotas de gasolina en el carro y los últimos pesos de una quincena, corta, precaria. La meta es comprar el medicamento de un familiar.
El clima ha cambiado dándole la bienvenida al denso calor de mayo, la respiración es pesada, difícil, como lo es transitar en esta ciudad, que nos desquicia por el tráfico y nos ha hecho resilientes ante un clima poco amable, con pocas áreas verdes.
Me detengo en la gasolinera más cercana después de que se encendió el foco rojo de la gasolina. Hay que cargar combustible con lo poco que queda en la cuenta. Apenas es martes, ya me siento cansada, con ojeras, maquillaje corrido. Entonces la veo a ella, una mujer contenta, recién peinada y maquillada. A lo lejos me hace una seña, me pide que me acerque a la bomba de gasolina que está por desocuparse. ¿Quién te pide amablemente que vayas a echar gasolina? ¿A quién no le toca ir a las gasolineras siempre llenas con despachadores atareados, acalorados, después de horas de estar en pie? Ella tenía esa mirada de quien quiere hacer las cosas bien. Su uniforme pulcro, su peinado liso. Me dirigí al lugar y lo primero que pensé fue en que no tenía monedas para darle una buena propina a esa trabajadora. Me sentí mal de no poder contribuir, por fin, a una cara amable. ¿Qué hay detrás de las mujeres que trabajan despachando gasolina? Si su hora de entrada era a las 19:00 horas, su hora de salida posiblemente sería a las 2:00 de la mañana. Antes de acercarse a mi coche, ella se persignó como signo de un buen augurio en su jornada laboral. Me despachó amable, con buen ánimo, con gusto me bajé para pagar los litros de gasolina que me llevarían de nuevo al trabajo y después a mi casa.
Entonces resonó en mi mente la letra de una canción del dueto peruano Alejandro y María Laura “Algo tiene que estar mal”: Me voy De la casa a la oficina Me acostumbré a la rutina Las deudas se van pagando con cafeína Algo tiene que estar mal El que la sigue no siempre la consigue El que trabaja menos es el que más recibe Algo tiene que estar mal.
En una misma ciudad la precariedad se vive diferente de una familia a otra, pero cuando llega la noche, cuando se oscurece y algunas madres de familia van regresando a su casa a hacer de cenar y a convivir un rato con sus hijos, la sensación de estar perdiendo un poco de vida siempre aparece.
Me voy sin hacer mucho ruido Y cuando regreso ya se han dormido Te cambio mi sueldo por horas de sueño Por cada momento que me he perdido ¿Es normal tener un trabajo con un sueldo mínimo? ¿Es normal tener dos o tres empleos para salir medianamente adelante? La clase trabajadora se desgasta el doble que muchas personas para ganar un mínimo porcentaje de quienes acceden a sueldos, por ejemplo, de la clase política.
Esa tarde regresé cansada como siempre a casa, me sentí privilegiada por tener un sitio a dónde llegar, ponerme el pijama, hacer de cenar y descansar.