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A veces, hay que protegernos

Si el negativismo no permite ir por nuevos objetivos o disfrutar lo que se presenta en el día a día, es importante revisar cómo estamos pensando y cómo estamos actuando.

A veces, hay que protegernos

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MARCELA PÁMANES

Cuando decimos de una persona que es negativa, lo que expresamos es que no está dispuesta a encontrar rutas que la acerquen a lograr algo, a ver una realidad con visión optimista, a encontrar en los demás las cualidades por encima de los defectos.

¿Se nace con el negativismo a cuestas o es un estilo de vida que se sigue a partir de un guion familiar? Sin duda, a lo largo de la existencia todo se aprende de manera consciente o inconsciente, desde lo más básico hasta lo más profundo.

Somos, cada uno de nosotros, una antena receptora de señales; algunas claras, otras distorsionadas. No es difícil creer que, si nacimos y crecimos en un ambiente de negatividad, será difícil sustraernos de él, a menos que identifiquemos que esa manera de entender el mundo nos está ocasionando dificultades. Esto no es tarea fácil, pues la mayoría solemos encontrar justificaciones para nuestros comportamientos.

Si pienso que algo me saldrá mal, es casi seguro que será así. De alguna forma nos programamos porque no creemos en nuestras propias capacidades. Esto sucede frecuentemente al no tomar en cuenta los talentos y herramientas adquiridas, pero también obedece a que le damos una importancia desmesurada a los fracasos, en lugar de considerarlos como oportunidades de crecimiento.

¿Quién no ha fallado alguna vez? Creo que todos somos falibles, sin embargo, no todos andamos con la queja en la boca, ni personalizando los problemas, ni perdiendo la autoestima y confianza en nosotros mismos cada vez que nos tropezamos. Identificar el negativismo es la llave que abre la puerta que nos conduce a un lugar donde cabe la resiliencia que nos deja ver que podemos superar cualquier panorama adverso.

No hace mucho alguien cercano se sentía en el paraíso de la felicidad. Había encontrado a la persona ideal como pareja y tenía oportunidades maravillosas de trabajo. Cuando contaba lo que le sucedía, de pronto se puso seria y expresó su miedo de que eso se acabara y se preguntó: “¿Y si es cierto eso que dicen que después de la risa viene el llanto?” Me quedó claro que somos expertos en sabotearnos, en dudar de nuestro merecimiento, en imaginar escenarios catastróficos que nos alejan del presente. ¿Vale la pena la duda? ¿No es mejor dedicarse a vivir ese momento sin reparos?

Los riesgos de que algo funcione o no existen siempre. Si el negativismo no permite ir por nuevos objetivos o disfrutar lo que se presenta en el día a día, es importante revisar cómo estamos pensando y cómo estamos actuando. Entrar a una zona de confort donde nos sentimos seguros no alienta proyectos ni nos motiva a ir por más; tarde o temprano nos damos cuenta de que estamos atrapados, que vivimos limitados y a expensas de una falsa estabilidad.

Hay otras características de las personas negativas en las que podemos reparar. Por ejemplo, transfieren las consecuencias de lo que les pasa, encuentran que la responsabilidad de algo que no salió bien es de los demás. Si se perdió la oportunidad de un negocio fue por envidias o porque otras personas no hicieron lo que tendrían que haber hecho.

La negatividad es distinta al mecanismo de negación. Este último se activa cuando algo es muy doloroso y pone en riesgo la estabilidad emocional, pero no es interpretar la realidad negativamente.

Así como el optimismo se contagia, la negatividad también. Solo queda estar atentos para apoyar e invitar a la persona a que entre en un proceso de autoconocimiento a través del cual logre identificar lo que tiene que trabajar. Para todos es más fácil ver desde fuera lo que no se logra ver desde dentro.

Hay que poner límites, como lo hizo uno de mis hijos conmigo. Él iba de viaje y le externé mi preocupación ante la posibilidad de un accidente o una falla en su vehículo, pero fue claro y tajante: “Mamá, no me contagies de tu negatividad”. Aprendí rápido la lección.

Hay ocasiones en que el límite es la distancia. Es triste alejarse de alguien por quien sientes cariño a pesar de todo, pero hay momentos en que la propia vulnerabilidad no es propicia para una relación así. A veces hay que protegernos.

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