Es extraño pensar que una escritora decida abandonar la lengua en la que construyó su obra. No dejar de escribir, claro, sino dejar de escribir en la lengua que le ha dado lectores, reconocimiento y una manera de nombrar el mundo. ¿Qué significa para una escritora empezar de nuevo desde las palabras de otra lengua?
El ejemplo de esto que leímos en un círculo de lectura es Jhumpa Lahiri. Ella nació en Londres, hija de padres bengalíes, creció en Rhode Island y comenzó a publicar en inglés. En 2000 recibió el Pulitzer de Ficción por Interpreter of Maladies (en español lo tradujeron como El intérprete del dolor), su primer libro de cuentos. Para entonces ya había encontrado una voz propia y una comunidad de lectores. Sin embargo, años después decidió aprender italiano, mudarse a Roma con su familia y escribir en esa lengua.
No fue un capricho tardío. El italiano había entrado en su vida muchos años antes, durante un viaje a Florencia. Lo estudió durante décadas hasta que llegó un momento en que quiso llevar la experiencia más lejos. En In altre parole (En otras palabras), Lahiri cuenta ese proceso como una especie de exilio voluntario: entrar en una lengua que todavía no domina del todo, aceptar la incomodidad de no tener disponibles todas las palabras y escribir desde ahí.
Me interesa esa decisión porque también modifica la manera en que leemos sus libros. En Donde me encuentro, escrito originalmente en italiano, una mujer recorre una ciudad sin que sepamos demasiado de ella. La novela está hecha de fragmentos breves, lugares, encuentros y pensamientos que dejan mucho fuera de campo. La soledad de la protagonista no aparece como un problema que deba resolverse. También están las diferencias de clase, el deseo, la pérdida y la sensación de ser extranjera, pero muchas veces basta un gesto para que algo de eso aparezca.
Lahiri suele confiar en lo que queda entre líneas. En su obra italiana incluso decidió prescindir de nombres y de referencias geográficas demasiado precisas; quería que el lector no llegara al personaje cargado de ideas previas sobre su origen. En Cuentos romanos, escrito después, vuelve a mirar a quienes viven en los márgenes, a los que han perdido el rumbo o nunca terminan de sentirse parte de un lugar.
Su cambio de lengua me ha parecido también un cambio de posición. Escribir en italiano significó para Lahiri volver a ser aprendiz, aceptar otra relación con las palabras y mirar desde una distancia distinta aquello que ya conocía. No borró la lengua anterior ni la identidad construida en ella. Abrió otra habitación.
A veces pienso que cambiar de lengua debe parecerse a cambiar de lugar para poder mirar de nuevo la propia vida. Lahiri eligió hacerlo con las palabras.