Acuérdate de Acapulco
Que todos tus problemas duren tanto como tus propósitos de año nuevo. Joey Adams
Dejé el frío grosero de la Ciudad de México para comenzar el año en el calorcito rico de Acapulco. Mi pequeño departamento donde el 24 de octubre del 2023 la rabia del huracán Otis no dejó piedra sobre piedra, después de algo más de dos años de reconstrucción, hoy vuelve a ser habitable y promete lindos días de mar y sol.
A pesar de que la ciudad no se ha recuperado del todo, en autos, aviones, camionetas, autobuses, motos con dos y tres pasajeros, los vacacionistas llegaron a enseñorearse de tal manera que mi intento de caminar por la playa de Hornitos fue un pisar manos y piernas. Hundiendo los pies en la arena caliente, intentaba mantener la verticalidad hasta que acabé por caer en la mullida panza de un hombre que, empujándome de las nalgas, ayudó a levantarme. “Me gusta hacer el bien”, dijo, y ordenó a su esposita, que cerveza en mano disfrutaba risueña de mi desfiguro: “¡Ayuda a la señora!”. Ante la invasión del pueblo bueno y sabio, me pareció que lo único razonable era no hacer olas y volver a casa para disfrutar la magnífica vista de la bahía.
En Nochevieja, música y alegría para brindar con amigos y entrar en el año nuevo bailando. Total, a lo loco se vive mejor.
La vida se mostraba amable hasta que el 3 de enero me despertó una rabiosa sacudida. ¡Está temblando! Y ni moverme, porque es imposible bajar nueve pisos por el pozo oscuro de las escaleras. Demasiado temprano para calmar el susto con un tequilazo —porque las ocho de la mañana no son horas—, tuve que conformarme con café.
Aterrados, los turistas corrieron fuera de los hoteles y, toditos desvencijados, esperaban en las calles con cara de “what?”. Quince réplicas durante el día y ahí estaba yo recogiendo los pedazos de los objetos que tumbó el temblor. ¡Maldición! Mucha inteligencia artificial, tecnología de alta gama, pero nada se puede contra la fuerza de la naturaleza. Aunque, por lo visto, no tiembla para todos, porque mientras yo intentaba recomponerme, allá abajo los golfistas seguían su juego con toda tranquilidad.
Y sí, me acuerdo de Acapulco, que por su clima, sus playas y su gran oferta gastronómica siempre ha ofrecido diversión para todos los estratos sociales. Me acuerdo del incesante movimiento diurno que se intensifica en la noche, aunque tras la máscara fiestera se esconde una profunda y terca miseria. Los hoteles se apropiaron impunemente de las playas, mientras con servicios precarios y de manera caótica, la gente que sostiene la vida del puerto con su trabajo se desvive lidiando con autoridades corruptas y desarrolladores ambiciosos.
Y sí, me acuerdo del Acapulco que inspiró la “María Bonita” de Agustín Lara y que por su glamur trascendió fronteras, siendo imán para celebridades y estrellas de Hollywood como Elizabeth Taylor y Frank Sinatra. John y Jackie Kennedy eligieron el puerto para pasar acá su luna de miel.
Y sí, recuerdo Acapulco como destino de lujo y fiesta para ricos y famosos de todo el mundo, incluyendo visitas frecuentes de la realeza y magnates destacados. Quienes lo conocimos de tiempo atrás, podemos percibir que lo que hoy ocurre con el puerto es la crónica de un desastre anunciado. No hay el menor asomo de interés cultural y la educación pública es apenas suficiente para formar empleados de servicio.
Pero no quiero comenzar el año mal–diciendo, por lo que retiro lo escrito y, como bendecir es bien–decir, lo dejo a usted, pacientísimo lector, lectora, con la explosión de luz y color con que recibimos por acá el año nuevo, los magníficos atardeceres y las tibias aguas de este maltratado puerto, además de mi deseo de que 2026 nos sea propicio.
celorio.santa@gmail.com