Durante casi veinte años, el papel de México en el tráfico internacional de cocaína fue mucho más profundo que el de un simple corredor rumbo a Estados Unidos. De acuerdo con la acusación presentada en tribunales estadounidenses, el país funcionó como un engranaje central dentro del esquema criminal del llamado Cártel de los Soles, una estructura atribuida a altos mandos del régimen venezolano encabezado por Nicolás Maduro.
La investigación perfila a México como un espacio de convergencia donde operaron productores sudamericanos, operadores vinculados al Estado venezolano y organizaciones criminales mexicanas, en un modelo que combinó logística, protección política y redes transnacionales. En ese entramado aparecen tanto el Cártel de Sinaloa como Los Zetas, así como el Tren de Aragua, organización venezolana con presencia internacional.
A diferencia de los cárteles tradicionales, el Cártel de los Soles no se estructura a partir del control territorial ni de plazas visibles. Su funcionamiento se sustenta en el uso del aparato estatal venezolano, aprovechando jerarquías militares, estructuras diplomáticas, empresas fachada y protección institucional para facilitar el movimiento de drogas, dinero y personas.
El diseño operativo le permitió reducir su exposición directa al riesgo. El transporte final y la distribución fueron delegados a organizaciones criminales extranjeras, mientras el grupo mantenía el control de las rutas primarias, los puntos de salida marítimos y la cobertura política necesaria para garantizar los envíos.
Dentro de ese esquema, México no sólo fue un país de tránsito, sino un punto de coordinación clave. Las investigaciones señalan que desde su territorio se articularon enlaces financieros, logísticos y operativos que conectaron a los distintos actores de la cadena criminal.
Uno de los mecanismos menos visibles, pero fundamentales, fue el uso sistemático de rutas marítimas mediante lanchas rápidas. Diversos decomisos realizados en el Caribe, Centroamérica y el Golfo de México evidenciaron un patrón repetido: salidas desde puertos venezolanos, trasbordos en altamar y arribos a costas mexicanas en embarcaciones pequeñas.
Estas lanchas, equipadas con motores fuera de borda y capacidad para transportar varias toneladas, permitieron fragmentar los cargamentos y disminuir la necesidad de vuelos o grandes envíos aéreos. El riesgo se distribuyó en trayectos más cortos y menos detectables.
Las costas mexicanas, en particular aquellas con vigilancia limitada, han sido identificadas en investigaciones internacionales como puntos recurrentes de recepción. Desde ahí, la droga era trasladada por tierra hacia centros de acopio bajo control de organizaciones criminales locales.
La mención del Tren de Aragua en los expedientes judiciales apunta a un rol distinto al de los cárteles mexicanos. Esta organización venezolana opera como una red de servicios criminales, especializada en lavado de dinero, tráfico de personas, sicariato y control de rutas, más que en la disputa abierta de territorios.
En México, su presencia habría sido discreta, enfocada en facilitar contactos, cobros, protección y el movimiento de recursos financieros derivados del narcotráfico, sin confrontar directamente a los grupos dominantes.
La capacidad del Tren de Aragua para insertarse en países donde no cuenta con una estructura propia ha sido documentada a partir del aprovechamiento de flujos migratorios, economías informales y vacíos institucionales. En ese contexto, México ofreció condiciones favorables: rutas consolidadas, mercados criminales activos y una alta movilidad de capitales ilícitos.
Por su parte, organizaciones como el Cártel de Sinaloa y Los Zetas habrían recibido cargamentos que ya contaban con respaldo político desde Sudamérica, lo que reducía los riesgos en el punto de origen y fortalecía la eficiencia del traslado.
México aportó así infraestructura criminal, redes de distribución hacia Estados Unidos y la capacidad logística para absorber grandes volúmenes de droga sin generar rupturas visibles en el sistema.
El flujo financiero también operó en sentido inverso. Parte de los recursos obtenidos no regresó directamente a Venezuela, sino que se reinvirtió en México para cubrir pagos a operadores, adquisición de logística, sobornos y esquemas de protección. El resto se movilizó mediante mecanismos complejos que incluyeron efectivo fragmentado, empresas fachada, transferencias trianguladas y transporte físico encubierto.
Acusación coloca a México en el centro del engranaje del Cártel de los Soles