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Adiós Consenso de Washington; hola Consenso de Londres

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Desde 2008 el mundo ha experimentado una serie de fenómenos que juntos conforman el cuadro típico de la descomposición de los órdenes mundiales: crisis económicas, guerras interestatales con la participación de grandes potencias, ruptura del orden internacional, polarización social y política, cambio de centro de gravedad económico, proteccionismo, guerras comerciales y fragmentación global. De manera similar a lo ocurrido hace cien años con el sistema mundial liderado por el Imperio británico, hoy transcurre frente a nuestros ojos el derrumbe del sistema hegemonizado por el imperio americano. Y los golpes no sólo vienen desde afuera. De hecho, los martillazos más duros se dan desde el centro del sistema.

No obstante, el comercio no se detendrá, como no lo ha hecho. Más bien ha entrado en una etapa de adaptación sin homogeneidad. Los países y las empresas vinculadas al comercio internacional rediseñan cadenas de suministro, diversifican su proveeduría, re-segmentan sus mercados, duplican y protegen sus capacidades críticas y regionalizan sus operaciones. Pero para que la adaptación ocurra, los países y las empresas tendrán que desarrollar inteligencia y músculo geopolítico. En un mundo en el que las variables extraeconómicas se multiplican, los jugadores del nuevo sistema comercial tendrán que aprender a observarlas, medirlas y tomar decisiones con ellas.

Uno de los impulsos principales de la globalización neoliberal fue el Consenso de Washington, del que salió el decálogo de acciones y reformas que los países en desarrollo debían aplicar para, a grandes rasgos, disminuir el tamaño y las capacidades del Estado y abrir sus economías al capital internacional. Si pudiéramos resumir en una frase la esencia del cambio al que nos enfrentamos, podría ser que pasamos de un orden neoliberal de eficiencia económica a un sistema de interdependencia administrada y seguridad económica. ¿Qué hacer para navegar mejor por el nuevo orden económico?

Los artífices del Consejo de Washington fueron el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Ahora, un grupo de intelectuales y académicos articulado por la London School of Economics propone un nuevo consenso: el Consenso de Londres. Las diferencias no terminan aquí. Si el de Washington se construyó como una serie de medidas obligatorias para que los países en situación de crisis pudieran tener acceso a financiamiento de los organismos internacionales, el de Londres se plantea como la propuesta de un conjunto de principios para que cada país los adapte a su realidad, capacidad y necesidad.

Uno de los propósitos del Consenso de Londres es reformular el papel del Estado como constructor de capacidades económicas, regulador e impulsor de innovación. Pero también propone salvar la dicotomía "crecimiento o inclusión" haciéndolas compatibles; ofrecer una respuesta a la fragmentación global incorporando la lógica de la seguridad económica; cuidar la legitimidad

democrática evitando la destrucción de comunidades y cerrando la brecha de desigualdad, y, por último, pero no menos importante, plantear una tercera vía entre el nacionalismo proteccionista y el neoliberalismo globalista.

En esencia, el nuevo consenso propone dejar atrás la economía centrada en la apertura total de mercados para crear una economía enfocada en la construcción de capacidades. Si el paradigma de Washington hace cuatro décadas fue liberalizar, privatizar y desregular, el paradigma de Londres sería proteger, fortalecer e innovar. Sorprende que al revisar los planteamientos, varios de ellos ya están siendo aplicados por algunos países, entre ellos México. Y no porque esos gobiernos hayan comprado la fórmula de Londres, sino porque son soluciones a las que han llegado por su propia cuenta como reacción al desorden global imperante. Hay mucho de intuitivo en los planteamientos.

Una de las recomendaciones principales es la de privilegiar el bienestar sobre el ingreso monetario aislado, es decir, dejar de ver el crecimiento del PIB como la meta casi obsesiva y no esperar a que la riqueza se dé para luego distribuirla "en cascada" como propuso el neoliberalismo; se pueden empezar a corregir las desigualdades desde antes. También sugiere la intervención del Estado para hacer frente a los golpes o choques que el mercado no puede absorber, tales como crisis, disrupciones, pandemias, etc. Recupera además la idea de fortalecer el Estado de bienestar para atajar las desigualdades y equilibrar el piso de las oportunidades, algo que fue tabú en la época neoliberal. Otras recomendaciones son recuperar la política industrial bajo el concepto de desarrollo productivo, impulsar el crecimiento con productividad e innovación, mantener la apertura comercial con noción estratégica y no sólo definir qué producir, sino también cómo y dónde.

Lo que propone el Consenso de Londres puede tener efectos positivos, pero también alberga riesgos. Entre los primeros destaco la creación de una economía mundial con mayor capacidad de adaptación y dentro de un equilibrio entre el Estado y el mercado. Este hecho puede contribuir a fortalecer la legitimidad estatal a la par que vincular el crecimiento económico con la cohesión social. El Estado recupera su facultad rectora, mientras el mercado opera con cierto margen de libertad sin caer en la desregulación. Respecto a los peligros, observo que en países sin capacidad estatal fuerte la política industrial puede ser cooptada por intereses privados, sectores protegidos, monopolios y hasta facciones políticas. Pero también está el riesgo de ahondar fragmentación comercial, si la intervención estatal se convierte en proteccionismo, lo cual puede elevar los costos fiscales y suprimir la eficiencia económica.

El Consenso de Londres no es una receta. Es el reconocimiento de que el mundo ha entrado en una nueva etapa, y de que los gobiernos y las empresas deben hacer cambios en su forma de proceder. La globalización neoliberal es el pasado. Lo que atestiguamos es el nacimiento de una globalización estratégica y regionalizada. Es el regreso de la geografía a la economía y del territorio a la política. La soberanía estatal vuelve a los tableros de decisiones de la mano de la seguridad económica. Ya no hay fórmulas universales. Cada quien se adaptará conforme a su historia, capacidad y necesidades. ¿Cómo lo hará México?

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