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Aeropuerto Nervo

JUAN VILLORO

Atestiguamos a diario secuestros, asesinatos y actos de corrupción; también, atentados contra la cultura. El aeropuerto de Tepic, que llevaba el nombre de Amado Nervo, ahora se llama de manera insulsa “Tepic-Riviera Nayarit”. Los responsables de este despropósito ignoran la importancia del poeta y pretenden ingenuamente que la palabra “Riviera” promueva el turismo.

Durante un tiempo, aterrizar en Tepic era un acto poético: ahí se encontraba el único aeropuerto consagrado a un escritor y en el camino a la ciudad había carteles con sus versos. El viajero llegaba recitando.

Nervo murió en 1919, a los 48 años, cuando se encontraba en Montevideo como diplomático. Su reputación era tal que la Marina uruguaya destinó un barco, oportunamente pintado de negro, para que sus restos fueran repatriados en un largo cortejo.

Durante cerca de seis meses, la nave se detuvo en puertos de América Latina donde se recitaron sus poemas y numerosas mujeres se desmayaron de emoción. Cuando llegó a la Ciudad de México, el poeta fue velado en la Universidad y enterrado en lo que hoy es la Rotonda de las Personas Ilustres. De acuerdo con Carlos Monsiváis, su entierro fue, en términos proporcionales, el más concurrido del siglo XX. Ni Pedro Infante, ni María Félix, ni Cantinflas congregaron a tanta gente. El único que lo superó, ya en el siglo XXI, fue Juan Gabriel, entre otras cosas porque era su discípulo (Nervo influyó profundamente en los compositores, con Agustín Lara como figura puente entre la poesía y la música).

En nuestro país, los custodios del sentimiento han tenido exequias multitudinarias. Algo singular cristaliza en ese gesto.

Eso es lo que está en riesgo en Tepic.

El poeta nayarita contribuyó a la transformación cultural de una nación que contaba con 26 seminarios religiosos y sólo 12 preparatorias. En ese ámbito, los recitales de poesía representaron un espacio laico de espiritualidad en el que Nervo ofició como principal proselitista.

Su trayectoria resulta sorprendente.

Cuando nació, Nayarit no era un estado sino el Séptimo Cantón de Jalisco; para ir de Tepic a Guadalajara había que viajar durante cuatro o cinco días en una recua de mulas. En esas condiciones, emprendió una aventura cultural sin límites, que lo llevaría a la Ciudad de México, París, Madrid y Montevideo.

En su vertiente periodística, fue cronista de bailes de sociedad, comentarista deportivo, divulgador de la ciencia y la teosofía. Su inquebrantable amistad con Rubén Darío lo llevó a ser adalid del modernismo.

Virtuoso de la métrica y la eufonía, versificó sobre todos los temas habidos y por haber. Mi generación lo conoció como el poeta cívico que concibió loas a los Niños Héroes y la Raza de Bronce, y la generación de mi abuela, como el romántico que celebró el amor póstumo en La amada inmóvil. Su poema “En paz” ha sido tan recitado que Carlos Monsiváis lo consideraba el equivalente mexicano de “My Way”, la canción de Paul Anka cantada por Frank Sinatra.

Precursor de la ciencia ficción, escribió en 1906 el cuento “La última guerra”, que anticipa a George Orwell. Previó escenarios todavía futuros y redescubrió el pasado. Gracias a su libro Juana de Asbaje, la obra de sor Juana regresó a la conversación pública.

Estamos, también, ante el mayor cultor de la novela corta. Sus once obras en ese género exploran los laberintos del inconsciente y las pulsiones que no se atreven a decir su nombre. En 1899 publicó El donador de almas, desternillante comedia sobre un hombre que recibe en inquilinato la mente de una mujer y se convierte en hermafrodita intelectual.

Sus reflexiones teosóficas y su pacifismo de amor universal lo convirtieron en el primer hippie de América Latina. Cayó en pecado de éxito y muchos de sus poemas fueron considerados cursis por la crítica.

Alfonso Reyes, que tanto lo admiró, señaló que el maestro debía ser antologado y seleccionó lo mejor de su torrente verbal. Ni Ramón López Velarde ni Guty Cárdenas se explican sin el poeta que transformó de manera simultánea lo culto y lo popular.

Hace poco más de cien años México era un país en el que la gente podía llenar las calles para despedir a quien había sabido narrar sus más íntimos anhelos. Tepic lo honró con su aeropuerto, recordando que nada vuela tan alto como la poesía. Es mucho lo que representa el nombre de Amado Nervo. ¿Podemos aceptar que sea sustituido por una marca?

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