En la columna anterior comentamos sobre los problemas estructurales de la agenda hídrica regional, solo hay que agregar la iniciativa ciudadana que surge en el año que culmina y que ha creado, no sin controversia, la expectativa por recuperar el Río Urbano. Algunas opiniones han expresado su rechazo a ella, con escasos argumentos que parten del desconocimiento de la problemática del agua y de la geohidrología de la cuenca y la región, mientras que otros creemos que no solo es necesario y atractivo que el río Nazas recupere el caudal en el tramo que atraviesa la Zona Metropolitana, también es viable. Este asunto ya se ventila en instancias internacionales reclamando derechos para el río Nazas.
Otro tema que es pertinente abordar en la agenda ambiental regional es el de la biodiversidad. En menos de dos siglos de ocupación del territorio donde desembocan los ríos Nazas y Aguanaval, se ha ejercido una fuerte presión sobre los ecosistemas terrestres y acuáticos preexistentes, produciéndose un proceso de antropización del paisaje en la Comarca Lagunera. El represamiento de estos ríos y la derivación del agua para la irrigación de cultivos, modificó la hidrología natural al interrumpir los flujos de agua superficial y subterránea que condujo a la desaparición de las lagunas y gran parte de los hábitats donde desembocaban, contribuyendo a la desertificación de extensos terrenos otrora inundados con las avenidas provenientes de las partes alta y media de la cuenca.
Esta transformación que fue acompañada con la edificación de construcciones urbanas, redes de caminos y la propia roturación de suelos para la agricultura, desplazó o eliminó una parte importante de la fauna y flora nativas que surgieron y habitaron asociados a esos flujos de agua. La biodiversidad quedó reducida a ínsulas donde se refugió, algunas de ellas fueron declaradas como espacios protegidos en la segunda mitad del siglo pasado (Mapimí) y otras al inicio del presente (Jimulco, Viesca y ahora Ríos y Montañas), las cuales deben ampliarse hasta conformar corredores ecológicos que incluyan los hábitats representativos del desierto Chihuahuense.
Sin embargo, estas ínsulas al conservar los paisajes naturales con belleza escénica se han convertido en espacios atractivos para el esparcimiento, sufriendo la presión de la población urbana que concurre a ellos mediante la práctica de un turismo desordenado que impacta los hábitats (raicers, cabalgatas, senderismo, etc, sin regulación suficiente), incluso en ocasiones promovido por empresas privadas que ven en ellos atractivo realizar estas actividades, sobre todo después de la pandemia de covid-19, o que adquiere terrenos en ellas donde levantan edificaciones, introducen cultivos que desplazan la vegetación nativa, entre otros.
Proteger y conservar este capital natural ha implicado un notable esfuerzo de grupos ciudadanos como Fundación Jimulco y Prodefensa del Nazas, de entidades gubernamentales como la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) o los gobiernos locales, ya que las amenazas se multiplican con mayor vigor que los recursos necesarios para enfrentar los retos y cumplir con tal cometido.
Es notorio que para lograr ese objetivo es necesario promover nuevos valores ambientales entre la población urbana y necesario aplicar regulaciones más severas que sancionen a quienes provocan esos daños a la fauna y flora silvestre en estos espacios protegidos, así como que se asignen mayores presupuestos para crear los equipamientos que permitan un aprovechamiento sostenible de estos paisajes y que promuevan actividades económicas que mejoren las condiciones sociales de las familias que residen en las comunidades ubicadas en ellos.
Dentro de estos esfuerzos es urgente la intervención gubernamental, el apoyo de los ciudadanos que habitan las zonas urbanas y el involucramiento de la población de las comunidades ribereñas, para acotar el deterioro que sufre el último tramo del Río Vivo del río Nazas, revertir el daño que se viene provocando por ese turismo desordenado en el humedal del Cañón de Fernández, que asegure su conservación, y de restaurar el resto del corredor ribereño hasta donde inicia su canalización artificial. Sería lamentable para quienes vivimos en esta región se pierda el Río Vivo. De la conservación y restauración del Río Vivo depende la recuperación del Río Urbano. Igual atención debe tener el humedal del Cañón de Jimulco, que también parece podría enfrentar amenazas similares.
Nota aparte, pero dentro de este tema es la necesaria atención que requiere la flora y fauna doméstico-urbana. Por un lado, la existencia de miles de perros y gatos de calle, la proliferación de la avifauna urbana y de otras especies de fauna doméstica, y por el otro, la escasa atención de la flora urbana, son ejemplos de la falta de valores ambientales entre la población citadina y de una política pública local orientada a mejorar las condiciones ambientales que nos permitan vivir en un ambienta sano, reducir los efectos de la contaminación y mitigar los esperados impactos que tendrá el cambio climático en nuestras urbanizaciones.