Águila o sello en el volado
La inmigración nutrió generosamente la masa demográfica de la Comarca Lagunera a principios del siglo XX y, de manera natural, creo, enriqueció el habla. Hubo un momento de la historia en que la población inmigrante fue mayor que la originaria de La Laguna, según escuché en una conferencia de Aurora Loyo. En cuanto a los efectos en el habla comarcana encuentro muchos ejemplos en la literatura mexicana, especialmente en la obra de Agustín Yáñez.
En la tarea de acumular elementos para consolidar este comentario, les pregunté a las amistades de Facebook (f) cómo le dicen a esa acción en la que el árbitro de un juego lanza una moneda al aire; y cómo se llama cada uno de los lados de la moneda. Las respuestas me ayudarían al cotejarlas con los nombres que usa Yáñez, mismos que yo aprendí, por el oído niño, en la Comarca.
En novelas y relatos Yáñez llama volado a la acción de lanzar la moneda al aire. En la infancia yo aprendí que se le nombraba aguilita: “echamos un aguilita”. Dos amistades de f radicadas en Guadalajara, Margarita Magui Salazar y José Javier Torres respondieron con la palabra de Yáñez, volado (recordemos que el gran escritor es de Guadalajara). De la Comarca, Stela Kgro contestó igual, volado, y Erald Aguilar coincidió con el uso de mi infancia al llamarlo aguilita.
Así la cuestión de volado que relacionaría las hablas de La Laguna y parte del Occidente de México. Ahora veamos la otra parte, la del águila o sello (y otras posibilidades). El niño narrador de uno de los episodios de Flor de juegos antiguos, libro de relatos del ya muy citado Yáñez, cuenta las peripecias pandilleras de unos muchachos de Guadalajara. Uno de ellos, más listo pero abusivo, obliga a sus compañeros a que le entreguen el dinero que llevan. El niño narrador dice lo que aportó: “mis dos fierros desgastados en que casi no se veían ni el águila ni el sello”. Así que ellos preguntarían “¿águila o sello?” cuando echaran un volado con la monedota de dos centavos (yo las tuve en mis manos).
En Por tierras de Nueva Galicia, una de sus obras tempranas, Yáñez incluye un texto de seis líneas donde mira un simbólico surco que parte en dos a Guadalajara: “Ruido y silencio; según si luz o sombra, sol o noche (volado del águila o sello: cara o cruz)”, Como se ve, allí están la tradicional dualidad águila o sello —no otra—, y volado; y también obsérvese que pueden cambiar de nombre las dos posibilidades, pasar de ser águila o sello a cara o cruz.
Un último ejemplo que asocia usos lingüísticos de Yáñez, quizá traídos por inmigrantes de occidente a la Comarca, y los originarios —unos y otros luego desterrados por inmigraciones del habla usada por los medios de comunicación de la Ciudad de México— se encuentra en una más de las obras tempranas del escritor de Guadalajara. J, protagonista del relato “Baralipton”, una especie de artista adolescente del tipo de Stephen Dedalus, anímicamente descuartizado por la duda y la presión social religiosa, lanza una moneda al aire para decidir cuál carrera universitaria le conviene. La voz narradora pregunta “¿águila o sello?”. Y ella misma exclama “¡sello!”.
De esa manera observamos cómo la moneda usada por el protagonista recibía para cada una de sus caras los nombres de águila y sello. El relato “Baralipton” fue publicado en 1931. Por lo menos hasta ese tiempo se puede remontar el comienzo de la tradición, que existió en La Laguna, de usar también esos nombres.
Terminamos con opciones para cotejar: Daniel Maldonado dijo que águila o sello se convirtió en águila o sol y cara o cruz; Mateo Espinoza: “Águila o sol. Como un librito de Paz”; Erald Aguilar, “cara o cruz”; Margarita Magui Salazar, “águila o sol, cara o cruz”. Finalmente, Yolanda Macías ha escuchado las tres opciones: cara o cruz, águila o sol y águila o sello.