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DOMINGOS DE FUTBOL

ALEJANDRO TOVAR MEDINA

De aquellos niños de San Isidro a la fecha, quedan solamente los recuerdos y la seguridad de que muchos tomaron su camino porque aprendieron demasiado de lo que veían en la cancha, pues aquella tropa verdiblanca tenía el don del espíritu abierto. Ellos eran, sin saberlo, como lo pedía el gran Víctor Frankl (Viena 1905-1997), que estuvo internado en cuatro campos de concentración nazis y sobrevivió a todo: “elige, decide tu actitud, vive con un propósito”.

Eran domingos especiales, porque esa generación aprendió a tener ilusiones de futbol, entendió que el camino se fincaba en mecanismos sacados de una caja, en sueños tostados por el sol dominical, en la gracia siniestra que reside en saber si alguna vez podríamos ir al paraíso, ese donde decían, se jugaba la primera división. Nosotros, con gladiadores vestidos de pantalón corto, en tribuna éramos un pueblo que respiraba encima del rival, ocupados en gestionar el miedo.

Hemos aprendido que los triunfos no llevan al cielo ni las derrotas al infierno, pero sí sabemos hacer diferencia, porque las generaciones posteriores a los niños de San Isidro ubicaron un panorama de grandes jugadores y de logros superiores a muchos equipos grandes. Nuestra gente se acostumbró a quedar cara a cara con la oportunidad de codearse con los héroes que merecemos.

Escarbando en actitudes y en la memoria de otros veteranos, uno encuentra que, si bien ahora todo es lujo para los jugadores, que viajan en avión y llegan a los mejores hoteles, cobran a tiempo y en cantidades que los antiguos ni siquiera soñaron, se hace diferencia el nivel de la entrega, y esto se nota. Los de San Isidro se mataban en la cancha, los del Corona luchaban como pocos, y los del TSM ahora son de alma quebradiza, lejanos de aquella narrativa tradicional de esfuerzo absoluto.

El domingo hicieron ver que pueden jugar con nivel de alto volumen, y sujetaron con autoridad a un América confuso y hasta desordenado. Ya habían avisado a los centrales argentinos que el partido había comenzado, pues dejaron libre a Martín, y el yucateco aprovechó. A partir de entonces, Santos monopolizó el juego con maestría, pero el arquero Cota clausuró su arco. Mudo la dejó ir dos veces, Bullaude otro tanto, y Sordo, que está más tímido que nunca, tal vez porque no acierta un buen centro, prefería tocar lateral o hacia atrás. Santos jugó pero nunca concretó.

Llegamos a pensar que éramos felices de nuevo, porque uno cree que existe un pasado que nunca está debidamente cancelado, y alguien obsesionado por los traumas del presente nos obliga a pensar que no hay verdades absolutas, solo interpretaciones, y en realidad pocos se convencen plenamente de que, sin visión estética, debemos saber que somos habitantes de un mundo extraño.

Cuando se pierden tres de tres, cuando fallas tus oportunidades claras, no es mala suerte, es falta de calidad y técnica. En nuestro camino por los patios del futbol vemos demasiadas tumbas sin sepultura y muchas tumbas sin nombre. Son fans que murieron por desilusión, aunque sigan viviendo. Hoy no es casualidad que las mejores ideas aparezcan caminando, en la ducha o mirando por la ventana, pues todo lo que nos rodea nos atraviesa. En la cancha, como decía el cantor ecuatoriano Julio Jaramillo (1935-1978) “¿Qué me dejó tu amor? Mi vida se pregunta y el corazón responde: pesares, pesares”.

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Escrito en: Al Larguero columnas Deportes Alejandro Tovar Medina

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