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Albergue Dalari's: una cobija social que arropa a los adultos mayores

Actualmente el lugar atiende a un total de 25 personas que fueron rescatadas de las calles

(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

DANIELA CERVANTES

En la colonia Zaragoza Sur (una de las zonas con mayor pobreza, rezago social y carencia de servicios en Torreón), donde los baches se adueñan de las calles y una manada de perros sin dueño deambula en busca de consuelo, existe una casa ubicada en la calle Lago del Esclavo, que sostiene la dignidad del barrio. Ahí, pese a todas las adversidades, se pone el corazón al frente para cobijar la vida de 25 adultos mayores que fueron rescatados de las calles.

Aunque en Torreón sí existan marcos legales específicos que protegen a los adultos mayores como derechos reconocidos, obligaciones familiares y estatales, sanciones por abandono o maltrato y programas de apoyo social, su cumplimiento no siempre es efectivo y muchas veces dependen de la voluntad institucional, recursos y mecanismos de supervisión para que se traduzcan en una  protección real en el día a día.

Mientras todo lo anterior se articula, se estima que cientos de adultos mayores viven en abandono o vulnerabilidad en el municipio. Esa realidad la conoce bien Karla Mayte Rocha Villegas, una ciudadana común que desde hace dos años decidió responder por todos abriendo el Albergue Dalari's, una cobija social que arropa a los adultos mayores.

Karla, a quien todos conocen simplemente como Dalaris, recibió a este diario para compartir cómo nació este espacio que ha representado la esperanza para hombres y mujeres de avanzada edad que ya no sabían lo que era dormir en una cama, ni recibir un poco de amor en forma de comida caliente.

(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)
(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

LA PROMESA DE ABRIR  UN ALBERGUE

Al entrar a Dalari's, dos murales que capturan la esencia del lugar dan la bienvenida. En una de las paredes aparece retratada Karla; en la otra, el dibujo de dos adultos de cabello cano tomados de la mano con un semblante sereno simboliza la misión de espacio.

¿Cómo comenzó esta labor social? "Porque un día me encontré sola en la calle con mis hijos", relata Karla mientras se acomoda en un sofá ubicado en la entrada de la casa que aún luce decoración navideña.

(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)
(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

Había fracasado con el papá de los niños, dice, y trabajaba en lo que podía: barriendo en Torreón Jardín, lavando trastes, limpiando casas. Recuerda que una tarde lluviosa tomó a sus dos pequeños hijos de la mano, uno de tres años y el otro de un año y medio para buscar donde pasarían la noche. Localizó una tapia, lo que creyó sería una buena opción para refugiarse. En el fondo Karla sabía que no, pero su alma estaba fracturada. En ese momento, en el más vulnerable, en ese instante, en el más solitario, dos personas mayores se acercaron.

"Me preguntaron qué me pasaba y yo les dije que nada, pero me insistieron. Les platiqué un poco por lo que estaba atravesando y me ofrecieron su casa, me dijeron que no me preocupara que ellos nos darían de cenar a mí y a mis hijos y que nos dejarían quedarnos unos días".

(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)
(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

Esa noche, acostada junto a ellos, empapada y exhausta, le agradeció a Dios que le pusiera a esos dos adultos mayores en su camino.

"Ese día le prometí que cuando yo pudiera, iba a hacer un albergue para ayudar a las personas de la tercera edad", así como ellos (representados en aquellos señores) la habían ayudado a ella.

(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)
(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

De esa escena ya pasaron veinte años. Con trabajo duro, la vida de Karla empezó a mejorar y cuando pudo obtener una casa, comenzó a dejar entrar a personas mayores que vivían en la calle en total abandono.

"Mi mamá y mi hermana me decían: '¿Por qué los ayudas si ni los conoces?' Yo nomás me quedaba callada. Porque nadie sabía por lo que yo había pasado y que sí tenía una razón para ayudarlos".

UN ESFUERZO QUE SE PAGA  A DIARIO

La casa donde ahora funciona el albergue la obtuvo por Infonavit cuando era supervisora en una maquila. Tiene otra, donde vive con su esposo, y sus cinco hijos.

Mantener un refugio sin presupuesto institucional, dice, implica inventarse ingresos: venden taquitos, tosticamarones, fresas con crema, rifas, lo que salga, hasta vender ropa en la segunda.

(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)
(EL SIGLO DE TORREÓN / DANIELA CERVANTES)

En menos de dos años, el lugar pasó de albergar a dos adultos mayores -don Enrique y don Juan- a 25: nueve mujeres y dieciséis hombres. Todos duermen, comen y viven allí.

"Tenemos enfermeros, quien limpia, quien lava la ropa, quien los cuida en la noche, la cocinera. Todos tienen sueldo", comparte Dalaris.

Algunos llegaron solos. Otros fueron por ellos, porque la policía o Protección Civil le avisaba a Karla. La mayoría no tiene documentos. Ni siquiera un nombre certero.

"La gente piensa que todos tienen tarjeta del Bienestar, que todos reciben pensión. Pero ¿cómo? Si hay personas que no tienen papeles, personas que no saben ni cómo se llaman. He batallado para sacarles documentación. Es un proceso, pero la gente no lo sabe; solo critican." Lo anterior lo comenta porque a través de redes sociales Dalaris ha sido señalada de lucrar con las pensiones que supuestamente reciben los adultos mayores, pero sobre ese tema ella no quiere decir más, no busca la confrontación ni dar explicaciones. Todo, manifiesta, se lo deja a Dios.

Sabe que de alguna manera la ayuda siempre llega, por ejemplo, recientemente, el Colegio Alemán organizó una venta de pollos para recaudar fondos y ahora están construyendo una ampliación: arriba habrá lavandería y bodega. También han llegado universidades, empresas y negocios pequeños a sumarse a esta labor social, -Si pudieras describir el albergue, ¿qué dirías? -Conmovedor. Siento que ha conmovido mucho a la gente. Y eso a muchos no les agrada, que yo sin tener nada lo logré y que sigue en pie. Para mí no es progreso, es un refugio. Me llena, pero no tengo palabras para explicarlo.

HISTORIAS QUE CIMBRAN

Adentro del albergue cada cuarto guarda una historia reconstruida. Algunas son tan frágiles que parece que con mencionarlas se desmoronarían.

Está, por ejemplo, Efrén. No puede moverse. Tiene ataques epilépticos. "¿Cómo podía estar solo?", se pregunta Dalaris. "Sin comer, con frío, con ataques… su historia me estrujó profundamente".

O está don Chicho, quien llegó hace cinco meses. No puede mover los pies y vivía en condiciones deplorables. "Lo más doloroso es que su familia me dijo que sólo eran vecinos".

"Es una tristeza que no tengan corazón", expresa Dalaris, y solicita que acerquen a Antonia, para que este diario pueda hablar con ella. Me explica que es de las personas más lúcidas del albergue, pero que carga una herida honda: el abandono de su propia familia.

ESPERANZA PARA ANTONIA

Antonia Luévano Rojas, de 76 años, es una de las residentes más recientes. Su voz tiembla cuando recuerda la calle: ahí vivía antes de que Dalaris la encontrara.

"Andaba pidiendo limosna en el abasto que está enfrente de la central de camiones", relata. Conocía a gente que de vez en cuando le regalaba algo de comida. Un día se puso mala. Una trabajadora social avisó al albergue, y Dalaris fue por ella sin dudar.

Su sobrina se enteró después y ahí comenzó otra odisea. Entre trámites, hospitales y el miedo de volver a la intemperie, Antonia pidió quedarse en el albergue. No quería regresar a ninguna casa donde no sintiera afecto. "Aquí no se le cobra", le dijeron cuando cruzó la puerta.

"Tengo techo, tengo cama, tengo que comer. Ellos son mis padres ahora: ella es mi mamá", dice apuntando con su dedo a Karla. Llora con facilidad, aunque asegura que ahí le dicen: "No llore". No porque moleste, sino porque quieren verla feliz.

"Yo llegué muy derrotada. Me bloqueé de todo. Pero aquí pasé Navidad y Año Nuevo. Y aquí me siento orgullosa de estar. Me caigo… y el Señor me levanta." Trabajó toda su vida "de sirvienta", dice sin vergüenza. Tuvo una hija que no quiere saber nada de ella, eso la destroza por dentro, pero, aunque, quizá guarde una leve esperanza, ya no espera que nadie llegue al albergue a buscarla.

Lo que sí sabe y lo comparte es que: "Lo que tengo puesto es gracias a ella (Karla). Ella se quita el pan de la boca para dárnoslo".

A Antonia le duele que su familia no haya respondido por ella, pero también está feliz de haber encontrado a otra donde tiene todo lo que necesita, y donde ya nunca más se ha sentido sola.

UN REFUGIO QUE SE SOSTIENE CON FE Y TRABAJO

Lo que sucede dentro del Albergue Dalaris no es milagro; es trabajo. Trabajo de levantarse a las cinco, de buscar donativos, de cocinar para veinticinco, de tramitar actas de nacimiento de personas que olvidaron su nombre, de consolar a quien perdió todo y de recordarles a sus hijos que la humildad es un camino.

"Todo esto me ayuda a ser más humana", dice Dalaris. "Y a enseñarles a mis hijos que los sueños se cumplen trabajando".

Sabe que ha logrado algo que hace veinte años sólo era un voto desesperado bajo la lluvia.

"Quiero hacer esto más grande para ayudar a más gente", afirma.

Y en esa casa levantada con dignidad, en la calle del Esclavo de la Zaragoza Sur, el voto que una joven desesperada hizo bajo la lluvia, se convirtió en refugio y en una cobija social que arropa a los adultos mayores.

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