Allá nos vemos
“A los libros, como a las mujeres o a los frutos, hay que saber tratarlos”, escribió mi muy querido Vicente Quirarte. Tenía sólo 22 años, todavía universitario persiguiendo la licenciatura en Filosofía y Letras, cuando impartió para nosotras un breve curso sobre la ciudad y sus poetas.
“La calle es el primer estar de la ciudad, ofrenda de los vecinos cuyas fachadas son su rostro y tienen por techo el cielo”.
Alto, delgado, moreno, pelo crespo, botas de minero y una timidez que compensaba con el verbo lúcido y esa persistente nostalgia que nunca lo abandonó. “Un poeta feliz es, en principio, una imposibilidad de la naturaleza”, escribiría más adelante.
Te busco, querido Vicente, y qué mejor que encontrarte entre las páginas de tus libros donde nos entregas sin pudores a la ciudad desnuda. Queda tu poesía para seguir embelleciendo la vida.
Intento seguir tu ejemplo de dar techo, vestido y sustento a los libros. Recuerdo cómo antes de otorgarles un espacio en tus libreros, los mandabas revestir con cubiertas de piel y letras doradas.
“Cuántas veces el libro que hemos conservado amorosamente, que durante la lectura apenas abrimos para no quebrar su lomo, que marcamos con un lápiz suave para que apenas se note en la armonía de la página, nos es devuelto convertido en una criatura irreconocible, absolutamente deshonrada y lista para el basurero. A diferencia de quien los pide prestados, el ladrón de libros habrá de cuidarlos con igual o con mayor esmero que el de sus dueños originales”.
Alguna vez me sorprendiste usando un lápiz como separador entre las páginas de Noticias del Imperio. Visiblemente contrariado, exclamaste: “¡Debía haber una inquisición para los maltratadores de libros!”. La escritura o la vida, asumiste las dos a pecho abierto.
Siendo todavía el jovencito que menciono al principio, Vicente descubrió su primera e inalcanzable musa: “¿Y en qué instante traidor tanta belleza/ pasó de la vista al pecho solitario?”.
Que la musa estuviera casada y fuera 18 años mayor que él atizó, como el viento a las llamas, una pasión cuyo primer fruto prohibido fue el Cancionero de Lucrezia Buti: “Ella ama, suda, come y duerme como todas/ y ocupa un solo lugar en el espacio/ al despertar se mira en el espejo/ y otorga a las paredes voz de plata”. La belleza lo venció una y otra vez.
No quiero insistir aquí en la trascendencia de su obra, premios y reconocimientos que doy por bien conocidos. Prefiero recordar al gentil amigo, pez en el agua cuando fue director de la Biblioteca Nacional en la UNAM. Siempre encontró unos minutos de su atiborrada agenda para corregir los inseguros textos que yo comenzaba a publicar.
Letras y pasiones encendidas enriquecieron su vida y su pluma. Entre escribir y amar pasaron los años y el joven estudiante se convirtió en un distinguido y elegante catedrático, ensayista, historiador, pero sobre todo poeta.
Eventualmente reaparecería en el taller de creación literaria que, desde hace más de cuarenta años, ofrece un espacio a la escritura, la lectura y el debate. Y en eso andábamos cuando descubrió ahí una nueva musa, a quien, con la pasión acostumbrada: “veni/ vidi, vici”. No hubo cabo que dejara suelto.
Algunas veces lo acompañé al viejo mercado de San Juan, donde entre quesos, panes y lujosos mariscos saboreaba la compra antes de ponerse el delantal. Mantuvo un estrecho vínculo literario con el vino y sentía un gran afecto por la familia Burrón.
“La mejor de las formas de guardarte/ es respirar a puños este aire/ encendido de luces, vacaciones, jardines, desencuentros”. Allá nos vemos, querido poeta.