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Entrevista

Alma Delia Murillo y el sueño de los desaparecidos

En Ada habita un temor: morir antes de encontrar a Marcos. Por eso insiste a la fiscalía que tome en cuenta el registro de sus sueños dentro del expediente de su hijo. Otras madres también lo hacen. En esos sueños hablan los desaparecidos.

Foto: EFE

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SAÚL RODRÍGUEZ

En su novela habita el eco de los desaparecidos. Está escrita con el llanto de las madres que buscan a sus hijos al escarbar en la tierra. Hay un acento de indignación, un grito que pide justicia y que es sometido por el silencio de la impunidad. Ante la bala, la palabra. Ante la corrupción, la valentía. Raíz que no desaparece (Alfaguara, 2025), la más reciente novela de Alma Delia Murillo, es una ficción marcada por una realidad lacerada, por una crisis de ausencias y lágrimas, por esos nombres y fotografías que tapizan los muros del país en espera de ser encontrados. 

“¿Tú también tienes un desaparecido?”, una madre buscadora le realiza esta pregunta a una escritora que ha decidido abordar en ficción el tema de las desapariciones forzadas en México. Durante el proceso de investigación, la autora mantiene conversaciones con Ada, otra madre buscadora. El hijo de esta mujer, Marcos Rodríguez Flores, desapareció el 20 de abril de 2017. Se lo llevaron. Ahora su madre sólo puede verlo en sueños y le escribe cartas intentando comunicarse con él. 

En Ada habita un temor: morir antes de encontrar a Marcos. Por eso insiste a la fiscalía que tome en cuenta el registro de sus sueños dentro del expediente de su hijo. Otras madres también lo hacen. En esos sueños hablan los desaparecidos, dan pistas de sus paraderos. “La intuición nos dice cosas”, afirma la autora de la novela. En el caso de Marco, le ha indicado a Ada que lo busque bajo un árbol. Él es esa raíz latente que no desaparece, la presencia que, en su ausencia, se abraza a una memoria a punto de erosionar. 

Al cierre de 2025, datos del Comité contra las Desapariciones Forzadas (CED, por sus siglas en inglés) arrojaron que México registra más de 134 mil personas desaparecidas y no localizadas. En un país a punto de organizar una Copa Mundial de Futbol, la cifra es un estadio de gente. En Raíz que no desaparece, este número cobra fuerza y son los árboles quienes empiezan a hablar, pues sus raíces enferman al descomponerse la carne sepultada de los muertos. 

Alma Delia Murillo responde el siguiente cuestionario durante la Feria Internacional del Libro Monterrey. Es octubre y octubre no olvida. La autora se conmueve en cada respuesta. Se le corta la voz, se le humedecen los ojos; el tema le duele. Decidió escribir esta novela al cuestionarse qué clase de persona sería si no lo hiciera. Como dijo el poeta chileno Raúl Zurita en su libro Mar de piedras: “Jamás he dicho que para crear sea requisito el dolor, lo que lleva a crear es la exigencia de superarlo”. Hay que nombrar para no olvidar, porque incluso los silencios están llenos de palabras. 

Foto: Paulina Figueroa
Foto: Paulina Figueroa

México registra la cifra de más de 131 mil desaparecidos. Coahuila tiene más de tres mil. Lo que escribes en Raíz que no desaparece me recuerda a una frase de Raúl Zurita: “Jamás he dicho que para crear sea requisito el dolor, lo que lleva a crear es la exigencia de superarlo”. ¿Escribes desde esa exigencia? 

¡Uf! Es un gran punto de partida. Además, Zurita es uno de mis poetas de cabecera y también me refiero a él en Raíz que no desaparece. Es muy atinado esto: para crear, no es necesario el dolor, sino la exigencia de superarlo, porque escribir o crear arte es el resultado de ese dolor. O sea, ¿en qué se convierte eso? Y pensando en México, en un país con 134 mil desaparecidos, en el estado del que vienes tú, uno de los más agudos, hace que alguien que se dedica a crear... la verdad, cualquiera puede negarse a escucharlo, pero para mí sería muy difícil ignorar que esto está pasando. Escribí esta novela no sólo porque pensé qué clase de escritora, sino qué clase de persona sería si ignoro que mi país está viviendo esto. Entonces, es como una mezcla de esta emoción colectiva profundamente dolorosa, histórica. Es cabrón decirlo, pero llevamos muchos años en esto. Y por otro lado, ser alguien que tiene la fortuna de poder hacer algo, que es juntar palabras y que resulten en un libro… Entonces es un poco por ahí, sí, medio ser una receptora de una emoción colectiva, y poder hacer algo con ella, que es escribir. 

En una entrevista que diste a la BBC, dijiste que en México un bosque, un árbol, la tierra tienen más vocación de la verdad que el sistema judicial. ¿Cuál es el papel de los árboles en un país de desaparecidos? 

Hay un componente real poco explorado, y sin embargo está ahí. A lo que me refiero en la novela son estas señales botánicas que los árboles dan. Por ejemplo, cómo el exceso de nitrógeno se manifiesta en ellos. Primero con un verdor inusitado, pero luego se empiezan a llenar de hongos. O los árboles con el tronco negro porque alguien quemó el cuerpo ahí. O esto de las flores amarillas que acabo de leer en una nota de la BBC, no sé si lo viste: el fósforo de los cuerpos hace que en donde hay fosas clandestinas se manifiesten cosas. De ahí me detona esta exploración: ¿qué más podrían hacer los árboles?, ¿cómo se defienden? Secretando una sustancia, cerrando las hojas, mimetizándose con el ambiente... pero, por otro lado, es que somos nosotros miembros, o sea, somos un elemento fundamental de un ecosistema y la violencia deja huella en él. Hablo de la bomba de Hiroshima en Japón, y a estos árboles, del lado donde llegó la onda, ya no les crecieron hojas ni ramas, como mostrando una cicatriz, pero los árboles insistieron y del otro lado sí florecieron. Me parecía una metáfora tan poderosa que yo creo que, en el caso de México, pues antes o después el ecosistema nos va a empezar a decir más cosas. Por eso en mi novela los árboles se enferman, el ganado se enferma, las personas se comen esa carne y se enferman. Creo que sí, creo que ante el gran vacío del Estado —que es a quien están supliendo los colectivos buscadores, las madres buscadoras y no sólo ellas, sino todo lo demás que pueda suplir el vacío del Estado, que no está haciendo su trabajo, en proveernos seguridad y en buscar—, pues van a empezar a aparecer señales. Es una tesis que yo aventuro y por eso digo, esto no es verdadero, pero es verdad. 

Te muestro una fotografía que tomé hace poco, es el Árbol de la Esperanza en la Plaza de Armas de Saltillo. En Torreón hubo otro similar en la Alameda Zaragoza, pero se secó y lo replantaron. Las personas cuelgan en sus ramas fotos de sus ausentes, como si fuesen los frutos de un país en crisis. Y de alguna manera, siento que también penden sus sueños por encontrarlos. ¿Qué te genera esta imagen del árbol? 

Es poderosísima, porque además es muy interesante cómo intuitivamente los colectivos agarraron el árbol como símbolo. Por ejemplo, ese me lo enseñaste en Saltillo, hay uno igualito en Salamanca, en Guanajuato, en Oaxaca, hay uno allá cerca de la Ciudad de México, en el Ajusco, en una zona de senderismo está un árbol que ya está así también. ¿Por qué el árbol? Porque el árbol es históricamente un símbolo que nos conecta con lo vital; es el árbol de la vida, el árbol genealógico, el árbol de las lenguas. Y yo creo que hay mucha sabiduría en esto, que hacen los colectivos de aferrarse a lo vital. Por eso yo retomo el símbolo, y creo que es una manera también de quitarle esa mirada oscura, morbosa, necrófila de “Todo lo que tiene que ver con desaparecidos es horrible, es doloroso, no te asomes”. No, también hay mucha belleza ahí, en esto y por lo tanto, caben los sueños, cabe soñar con tus personas desaparecidas. Yo creo que a cualquiera que nos pasara soñaríamos con ellos, como tú sueñas con tu mamá o tu papá cuando algo pasa o con tu esposa o tu hijo, si tienes. La intuición nos dice cosas y yo creo que esas formas, ponerlas en el relato, es una manera de acercar a la gente, que no haya dos Méxicos: los privilegiados que no tenemos un desaparecido y creemos que los otros en algo andaban... pues mira, fíjate que no, estamos más cerca de lo que te imaginarías. 

Los sueños son otra presencia importante, porque las madres sueñan con sus hijos desaparecidos. Al final de la novela relatas el recorrido que hiciste con los grupos de madres buscadoras para documentarte. Cuando hablabas con ellas, ¿qué te contaban sobre sus sueños?, ¿qué te revelaban? 

Era una pregunta expresa. Yo les preguntaba: “¿Sueñas con tu hijo? ¿Sueñas con tu hija?”. Y entonces me contaban que sueñan pistas puntualísimas de dónde están. Hubo una mamá que me dio el nombre de una calle, soñó el nombre de la calle y luego en esa calle lo encontraron. Insisto, la intuición es una forma de conocimiento, lo que pasa es que no la respetamos porque no está híper racionalizada y no está incorporada posiblemente en la academia, pero muchas mamás me hablaron de los sueños. “Soñé que iba vestido de tal manera y así lo encontramos”. “Soñé algo que parecía como una pared de ladrillo rojo y se veía un letrero, como de una finca”. Yo creo que parece inexplicable y al mismo tiempo tiene todo el sentido del mundo, que si yo estuviera en esa situación, estoy segura de que mi madre soñaría cosas que le dirían: “Es ahí”. Habría que hacer algo con eso. Es una forma de conocimiento. No sé cómo la podemos retomar o incorporar. Pero bueno, a mí a lo que siempre me remite es a que el amor tan profundo, tan feroz, tan de sangre, tan de familia, es lo que hace que tu intuición te diga, te haga presentir estos verbos que se salen de lo racional para saber dónde está esa persona que estás buscando. 

Foto: Penguin Libros/ Ana Hop
Foto: Penguin Libros/ Ana Hop

Siento que estas mujeres que conociste están en el personaje de Ada. Sé que eres rulfiana y pensaba que Ada también tiene semejanzas con el personaje de Dorotea en Pedro Páramo, esta mujer que añora un hijo, que vaga por las calles del pueblo con un bulto que representa a un bebé y a la que todo mundo ignora porque la creen loca. 

¡Ay! Mira, pues me hace pensar que, aunque no queramos, terminamos honrando nuestra tradición narrativa. Es que claro que somos un país de fantasmas y de orfandades, y eso está en Rulfo y eso está aquí. Y en efecto, creo que el hilo conductor es la carencia, esta búsqueda. ¿Qué estamos buscando? ¿Qué buscaba Juan Preciado? Esta Dorotea, con ese niño que no es niño, con el bulto ahí, ¿qué anda buscando? La gran pregunta de los colectivos es: “¿Dónde están nuestros hijos?”. Y México es un país que sí habla con sus desaparecidos, con sus fantasmas, con sus espectros. Y por eso mi fantasía es que los árboles son una representación de estos espectros y se han aliado con ellos para decirles a las familias buscadoras dónde están. 

Me recordó también cuando Dorotea va con el Padre Rentería a confesarse y él le pregunta: “¿Cuántas veces no has venido aquí a preguntarme que si vas a ir al cielo para poder ver a tu hijo?”. 

¡Uf! Sí, sí. Mira, me preguntas eso y a la vez me acuerdo de la Llorona, que también anda preguntándose, y esto desde tiempos prehispánicos: “¿Dónde están mis hijos? ¿Dónde están?”. Que además, de hecho, aparece, es una de las profecías que tomaron los mexicas en su día para saber que venía la destrucción del imperio azteca. Yo creo que sí, es un eco que se repite constantemente. Y también es muy interesante: ¿Por qué son las mujeres? ¿Por qué son las madres buscadoras las que están buscando? ¿Por qué es esta Llorona preguntándose por sus hijos? ¿Por qué somos un país sostenido por mujeres? Porque en el fondo traemos una herida muy lejana de abandono paterno. Yo vi padres buscadores, pero uno en la jornada de búsqueda, y en los colectivos hay, pero son los menos. 

Ada me parece que es un testimonio de constante lucha contra la pérdida de la memoria. Lucha contra la injusticia que quiere borrar y también está el tema del Alzheimer que padece. Creo que algunas mujeres buscadoras están viviendo esa realidad. ¿Cómo conjugas estas dos circunstancias? 

Sí, esa es una contradicción que descoloca, porque en efecto pasa. Y si tú estás más o menos cerca de colectivos o preguntas o indagas o lo saben un montón de periodistas, también hay muchas mamás que están buscando a sus hijos y empiezan a tener episodios de demencia o directamente diagnosticadas con Alzheimer. Yo creo que hay una gran pregunta para la ciencia, para la neurología: ¿Qué hace una psique ante un evento tan doloroso?, ¿un cerebro en trauma olvida para protegerse? ¡Y qué brutal! Porque al mismo tiempo, lo que ellas quieren es no olvidar, no olvidar a sus hijos y que no se olvide en todo un país de que sus hijos faltan. Lo tomo porque me pasó con dos mamás con las que hablaba. Luego empecé a hablar con sus hijas porque las madres fueron diagnosticadas con Alzheimer. Por eso creo que todas las formas en las que podamos sostener la memoria importan: como un libro, como esos rostros en el árbol que me mostraste, como esos rostros pegados en una glorieta, como afuera del palacio municipal que sea, como en un monumento, como en la glorieta de los Niños Héroes en Guadalajara. Por eso importa sostener la memoria en un documental o en una película o en un número especial de la revista Siglo Nuevo. Por eso tenemos que sumarnos a la memoria. 

La autora en el conversatorio Dialogar con los que leen del Centro de Escritura UDLAP. Foto: Instagram/ @almadeliamurillo77
La autora en el conversatorio Dialogar con los que leen del Centro de Escritura UDLAP. Foto: Instagram/ @almadeliamurillo77

Dentro de este tema de la tierra está la raíz del zompantle. ¿Por qué lo incluyes en el libro y cuál es la metáfora que propone? 

Porque fue una locura, el zompantle es esta unión de cráneos que estaban en la gran Tenochtitlán, en las pirámides de Templo Mayor. Y en efecto era una forma en que los mexicas se manifestaban como dominantes. Eran cráneos. Y este árbol que se llama colorín, tiene como una vainita roja y su nombre en náhuatl es tzompantli, que se parece a zompantle. Encontré que el origen de la palabra, en ambos casos, representa la muerte. Y lo soñé una noche. Lo cuento en el libro. Soñé que en la pared de mi casa aparecían estos cráneos y eso me llevó como a esta metáfora: ¿desde cuándo venimos siendo un país de fosas clandestinas, de muerte sobre muerte? La Ciudad de México, por ejemplo, es un palimpsesto montado sobre otra cultura. Y estoy segura de que cada uno de los estados está montado sobre la cultura que antes estaba ahí, que es una manera de decir “este reinado eterno de violencia nunca se va a acabar” o va a seguir dando qué frutos y ¿hasta cuándo? Por eso aparece esa posibilidad. 

La escritora dice en el libro: “Me agobia pensar en todo lo que ignoro de este tema”. ¿Qué seguimos ignorando de esta violencia? 

No quiero hacer necroestadística, pero a veces es necesario; estas 134 mil personas desaparecidas muy posiblemente sólo son la punta del iceberg. Y creo que ignoramos el número real, que debe de ser inmenso. Tú lo sabes viniendo de Coahuila. Hay muchas familias que no registran como desaparecidas, ni denuncian, porque viven en zonas muy peligrosas, y entonces, por seguridad, mejor no lo hacen, porque no pueden, por muchas razones que desconocemos. Creo que el subregistro debe de ser gigante. Y si te acercas un poquito, también ignoramos qué tan profundo está el engranaje de la corrupción del crimen organizado en todos los niveles de gobierno. Eso es brutal, por eso no para. Y por eso las autoridades no investigan, porque no se quieren investigar a sí mismas. También creo que ignoramos qué tan cerca está de nosotros. Y me choca decirlo así, no quiero ser alarmista, pero si ya hay fosas clandestinas en el 75 por ciento del territorio nacional, ¿cuánto tiempo falta para que sea el 100 por ciento del territorio nacional? Por lo tanto, ¿cuánto falta para que todos tengamos a una persona desaparecida? Creo que si eso lo tuviéramos más presente quizás estaríamos mucho más abocados a decir: “Esto tiene que parar”. 

En la presentación de tu novela que se realizó en la biblioteca Rosario Castellanos de Ciudad de México, mencionaste: “Nadie te enseña a preguntar por los desaparecidos”. Por esas preguntas que hacías a las madres buscadoras, ¿la única forma de tener empatía con ellas es acercándonos? 

Pues mira, hay muchas formas, a veces no puedes. No necesariamente tienes que hacer esto que hice yo, que es ir, buscar, conseguir un dato, acompañarlas. Pero en serio, de verdad, si ves pegado en una zona de tu ciudad rostros de desaparecidos, no te enojes, no los quites, no creas que se ve fea tu ciudad. En serio, sólo la disposición más emocional hacia eso, que tenga que ver más con “igual estas personas están sufriendo”, que con “en algo andan”, ya es un gran punto de partida. De ahí, puedes darle un RT, retuitear o repostear una ficha de búsqueda. Y la siguiente vez que los veas en la calle no les hagas el feo. Es más, y si los ves boteando, pues ayúdales, porque los radios de onda corta son caros, las botas para ir a las búsquedas —no puedes ir con tus zapatos—, la retroexcavadora se queda sin gasolina a mitad de la jornada de búsqueda… Digo, no tienes que llegar hasta allá, pero no te enojes si ves en el monumento del centro de tu ciudad rostros de personas desaparecidas. 

Te haré una pregunta que te haces en el libro: ¿Algún día la pluma y el papel nos rescatarán a todos? 

No creo, pero sí creo que será uno de los componentes, porque existimos gracias a cómo nos hemos venido narrando nuestra historia, y esa es la función de esto, que no se olvide, que nos sigamos contando quiénes somos, de dónde venimos, qué pasó, qué le ha dolido a un pueblo, a una civilización entera. Entonces, no creo que sea lo único, pero creo que sí es un componente que nos puede rescatar, sobre todo de lo permisivos que hemos sido con la violencia como sistema. 

Otra frase de Zurita: si toda declaración de amor es urgente porque vamos a morir, ¿buscar a un desaparecido es un acto de amor y un acto de memoria? 

Absolutamente, es un acto de amor absoluto, de amor familiar, de amor de sangre. Les decía a los chicos del Tec de Monterrey en Morelia que los veía muy perdidos y a sus papás en una situación muy privilegiada. Y les decía a los papás que las madres buscadoras están buscando a sus hijos, pero también protegiendo a los de ustedes. Ese acto de amor es para buscar a ese desaparecido, pero también para que a sus hijos no les pase, porque lo están haciendo público, lo están haciendo viviente, están incomodando al crimen organizado, al Estado, a las autoridades y el acto de memoria también es para que sepamos lo que en este país tenemos. Como dice Zurita: “En el momento en que exista un desaparecido, todos somos potenciales víctimas de un sistema que no dudaría en desaparecernos”. Por eso el amor es por y para todos, y la memoria es por y para todos.

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