Anímate, es Navidad
Participo de la neurosis navideña. Compro regalitos, abrazo a todo el mundo, adorno mi amado pino (lo sembré pequeñito y con los años se ha convertido en un señorón) con grandes esferas rojas, y para que no falte nada, musicalizo el ambiente con La pequeñá serenata de Schubert que siempre le gustó a mis niños.
Mientras preparo los tradicionales romeritos, mi alma comienza a gotear con una rara mezcla entre nostalgia, sensibilidad, baja energía e introspección. En lo que a mí se refiere, hay un corazón partido que necesita rescate. Tanta felicidad a mi alrededor, me abruma, me margina, abre las heridas que superan el tiempo y el olvido.
La costumbre, la celebración, los regalos no me llegan envueltos en papel de seda, sino en recuerdos: imágenes felices que el tiempo se llevó. Me pongo nostálgica, y ya en modo gris, pienso que la vida es una serie de rupturas: la juventud, los seres que amamos, los paisajes que ya nunca más veremos, el futuro que se va desvaneciendo y la muerte que nos separa de nosotros mismos. Pienso que tal vez la mejor preparación para sobrellevar la vida sea aprender el arte de romper con lo que nos resulta adorable o imprescindible. Esto de vivir es perder, y en aprenderlo consiste la mansedumbre con que decimos: “Hágase, Señor, tu voluntad”.
Supondrán ustedes, pacientísimo lector, lectora, que escribo esta nota desde la melancolía… y aciertan; prefiero el majestuoso despertar de la vida, los perfumes, la tibieza nos llega con la primavera. Pero esto es invierno, y no hay marcha atrás. Por aquello de mal de muchos, consuelo de tontos, pienso en que para muchas personas esta temporada hace más cruel la soledad, el sufrimiento, la angustia, ajetreos, prisas, conflictos con el dinero y pelmazos en la familia.
Pienso en los niños que pasan frío y hambre en los campamentos de refugiados, o entre los escombros de sus hogares destruidos por esa maldición que llamamos guerra. Pienso también en los enfermos aislados en una gélida cámara de terapia intensiva, y en los presos para quienes la temporada navideña hace más doloroso el aislamiento. Conozco muy de cerca la insondable tristeza de quienes recientemente han perdido a un ser querido.
Pienso en todo eso y me reconcilio con mis tristezas. Si bien tengo razones para que la nostalgia me acompañe en estos días, es la alegría la que necesita mis cuidados. Después de todo, siempre es mejor ponerme nostálgica en mi casa calientita y levantarme el ánimo con un buen vino, que sentirme nostálgica a la intemperie y sin cenar. Y como no quiero contaminar su ánimo festivo pacientísimo lector, lectora, ahora mismo me pongo en modo fiesta.
En la Biblia, hay constancia de 800 casos en los que Dios ordena a sus hijos que se alegren y regocijen. Así que para honrar el mandato, me dirijo a mi vieja tornamesa y cambio a Schubert por Diego de Cigala y sus rumbitas flamencas, para amenizar las horas que invierto en preparar y cuidar con esmero cada detalle de la tradicional cena navideña, para que mi familia se siente a la mesa, coma de prisa y salga corriendo a cumplir otros compromisos.
Así sea, esto es lo que hay. No me toca arreglar la vida, sino sostenerla. Vaya desde el más apasionado y fraternal centro de mi alma, el deseo de paz y misericordia en los corazones de los tristes como yo, y un cálido abrazo para los lectores y lectoras que me han ofrecido su hospitalidad durante tantos años.
Correo-e: celorio.santa@gmail.com