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Ante todo, no dañar

El impacto negativo de un docente es enorme. Bajo el nombre de didactogenia se incluyen prácticas que anulan la creatividad, reprimen el pensamiento y lesionan la autoestima.

Ante todo, no dañar

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ANTONIO ÁLVAREZ MESTA

Es bien sabido que en la práctica médica ciertas intervenciones causan más daño que sanación. A estos perjuicios derivados de una mala praxis se les denomina iatrogenia, término de origen griego formado por ἰατρός (médico) y γεννάω (que origina). En otras palabras, se trata del daño ocasionado precisamente por la intervención médica. Lejos de ser un fenómeno menor, la iatrogenia es reconocida —ya mundialmente— como un grave problema de salud pública que ha afectado millones de vidas.

Existe, sin embargo, un fenómeno igualmente grave, aunque menos discutido: la didactogenia. Este neologismo —integrado por las raíces griegas διδάσκω (enseñanza) y γεννάω (que origina)— alude al efecto provocado por prácticas docentes que, en lugar de fomentar el desarrollo integral de los estudiantes, terminan por perjudicarlos severamente.

¿Quién lo duda? El impacto negativo de un docente es enorme. Bajo el nombre de didactogenia se incluyen prácticas que anulan la creatividad, reprimen el pensamiento y lesionan la autoestima. Más que una falla pedagógica, es un proceso que infecta las relaciones humanas, sofoca la pasión por aprender y hasta quita las ganas de vivir.

Es un hecho que nadie puede dar lo que no tiene. Y quien no cultiva su propia humanidad jamás podrá cultivar la de los demás. Un docente con la sensibilidad embotada termina convirtiéndose en una influencia tóxica; la incuria, por desgracia, también es contagiosa. En el aula, la incongruencia entre lo que se dice y lo que se hace produce efectos devastadores. Si la iatrogenia hiere o destruye el cuerpo, la didactogenia puede aniquilar el espíritu; constituye, en sentido estricto, un atentado contra la condición humana.

A todos los profesores nos conviene tener presente la advertencia evangélica: “Mejor le sería que se le colgara al cuello una piedra de molino y fuese arrojado al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeños” (Mateo 18:6).

Hipócrates —el padre de la medicina— legó el principio primum non nocere (“Lo primero es no causar daño”), máxima que debería orientar siempre el trabajo de los profesionales de la salud y que, de manera ineludible, también debería constituir el fundamento invariable de toda actividad educativa.

Marco Fabio Quintiliano, basándose en Catón el Censor, definía al orador ideal como un vir bonus dicendi peritus: “un hombre de bien, experto en el hablar”. Comprendía que la excelencia técnica carece de valor cuando no está subordinada a la rectitud moral. A Quintiliano le constaba que la habilidad oratoria, y cualquier otra destreza, sólo ennoblece cuando nace de la calidad humana.

Parafraseando a esos autores clásicos, bien podría decirse que todo auténtico docente es un vir bonus docendi peritus: una persona de bien, experta en educar. Ser una “persona de bien” implica conducirse conforme a los más altos valores éticos. En una sociedad de consumo que nos entrena para amar las cosas y usar a las personas, la auténtica educación invierte esa lógica perversa y enseña a amar a las personas y dar un buen uso a las cosas.

Erich Fromm enseñó que la piedra angular de toda educación auténtica es el amor a la vida. Afortunadamente, la biofilia también es contagiosa. El gran desafío consiste en lograr que ese amor por la vida deje de ser una excepción y se transforme en una práctica recurrente que irradie a toda la sociedad.

Se revela así una orientación con confiables fundamentos: en la medida en que el educador se consagre día tras día al cultivo de su propia humanidad, propiciará el desarrollo humano de sus alumnos. La conclusión es justa y clara: a mayor biofilia, menor didactogenia.

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Escrito en: Docente educación arte

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