Imagen: Freepik
Infancia es destino, sentenciaba el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud. Después, el psicoanalista Santiago Ramírez titularía así su libro donde desarrolla a profundidad cómo la niñez determina la vida de una persona.
Hoy podemos asegurar que esta es una etapa fundacional. Es ahí donde empezamos a construir nuestro mundo: le damos sentido, configuramos ideas sobre la educación, sobre Dios —se forma nuestro sistema de creencias—, nuestros valores y las manerasde habitar la realidad. Pero, sobre todo —y esto suele pasar desapercibido—, es donde construimos una idea de amor: qué es y cómo se practica.
La forma en que lo hacemos no es espontánea. La aprendemos. Primero, en la socialización primaria, a través de la familia, observando cómo se relacionan quienes tenemos más cerca, cómo se hablan, cómo se cuidan o no, cómo resuelven sus conflictos.Después, mediante la socialización secundaria: la escuela, los medios de comunicación, la iglesia —si es que formamos parte de alguna— y cualquier grupo al que pertenezca la persona.
Como señalan los sociólogos Peter Berger y Thomas Luckmann en su libro La construcción social de la realidad, la vida cotidiana se nos presenta como algo dado, pero en realidad es producto de procesos sociales que internalizamos desde la infancia.
TENSIÓN ENTRE TRADICIÓN Y FEMINISMO
El psicólogo social Kenneth Gergen, así como el filósofo Darío Sztajnszrajber, comparten la idea de que nuestras formas de entender el mundo —incluido el amor— emergen de las relaciones y los discursos compartidos. Es decir, no sólo amamos, sino que aprendemos a hacerlo de acuerdo con los relatos que circulan en nuestra cultura. Y esos relatos no son neutros o naturales.
Por eso no resulta extraño que, generación tras generación, se repitan ciertos patrones en las relaciones de pareja. No se trata únicamente de decisiones individuales, sino de estructuras culturales que se reproducen. Durante siglos se han reforzado sentidos y significados en torno al amor romántico: la idea de la media naranja, la exclusividad absoluta, el sacrificio como prueba de afecto ola creencia de que “el amor todo lo puede”.

Desde los feminismos se ha señalado que el amor romántico funciona como un dispositivo que reproduce desigualdades de género. Como advierte la antropóloga Turid Hagene, este modelo ha colocado históricamente a las mujeres en posiciones de subordinación y vulnerabilidad.
En la misma línea, Belén Sobrino, Damaris Ruiz y Anabel Garrido sostienen que se trata de un paradigma poco conveniente, especialmente para el género femenino, al estar basado en la dependencia, el control y la limitación de sus libertades individuales. Marcela Lagarde, por su parte, ha sido contundente al señalar que el amor romántico puede despojar a las mujeres de su autonomía, colocándolas en relaciones donde su subjetividad queda subordinada al otro en nombre del amor.
Así, lo que muchas veces se presenta como una experiencia íntima y personal está profundamente atravesado por relaciones de poder. Sin embargo, algo ha comenzado a moverse.
De un tiempo a la fecha, estos sentidos del amor están siendo cuestionados y reconfigurados. Los feminismos —especialmente desde la llamada cuarta ola— han puesto sobre la mesa la necesidad de revisar críticamente las formas en que hemos aprendidoa amar.

DESAPRENDER Y REAPRENDER
Las generaciones más jóvenes han crecido en un contexto donde estos cuestionamientos están más presentes. Fueron, en muchos casos, testigos de relaciones atravesadas por la desigualdad, el control o la violencia, y han decidido no reproducirlas. Hay una búsqueda activa por construir vínculos más horizontales, más conscientes y más libres. Se habla de límites, de consentimiento, de autonomía, de bienestar emocional. Se pone en duda la idea de que el amor implique sufrimiento o sacrificio constante.
Esto no significa que los patrones hayan desaparecido. Siguen ahí, profundamente arraigados. Pero sí implica que hay una tensión generacional: entre lo aprendido en la infancia y lo que se intenta desaprender en la adultez.
En ese sentido, el problema no es únicamente individual, sino estructural. No basta con querer amar diferente si no se transforman también los espacios donde se aprende el amor. Por eso es necesario volver a la infancia.
Si es en ese momento donde construimos nuestras ideas sobre los afectos, entonces es ahí donde también puede comenzar su transformación. La escuela tiene un papel protagónico en este proceso, particularmente a través de la Educación Integralde la Sexualidad. No se trata sólo de hablar de biología o prevención, sino de incluir otros aspectos de la intimidad: qué implica una relación sana, cómo se construye el respeto, cómo se gestionan los conflictos, cómo se reconocen y se ponen límites.
Vivimos en una sociedad que se sostiene, en gran medida, sobre la familia, y esta, a su vez, sobre la pareja. Sin embargo, paradójicamente, nadie nos enseña a amar. Aprendemos por imitación, por ensayo y error, por lo que vimos y lo que consumimos.De ahí la importancia de generar espacios formativos donde se reflexione sobre el amor de manera consciente y crítica.
Los medios de comunicación y la ficción también juegan un papel central como agentes de educación informal. Las películas, las series, la música, la literatura, las telenovelas siguen siendo espacios donde se representan modelos relacionales. Por ello resultaurgente diversificar esas representaciones: mostrar vínculos más equitativos, más respetuosos y, por lo tanto, más satisfactorios.
Con frecuencia se piensa que estos temas deben abordarse en la adolescencia, cuando aparecen los primeros noviazgos. Pero para entonces ya se llega con una carga simbólica importante: años de aprendizajes y de prácticas internalizadas. Empezar a hablarde amor en esta etapa del desarrollo es, muchas veces, ir contracorriente; implica desaprender.
Por eso la apuesta tendría que ser otra: comenzar desde las infancias. Nombrar, cuestionar, abrir posibilidades. Enseñar que el amor no tiene que doler, que no implica perderse en el otro, que puede construirse desde el cuidado mutuo y la libertad.
Porque si la infancia es destino, también puede ser posibilidad. Y, quizá, en ese primer espacio donde aprendemos a amar, se encuentre la clave para dejar de repetir, generación tras generación, las mismas historias.
j.cervantes@uadec.edu.mx