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Julio César Ramírez

Así comenzó la huelga por reparto de tierras y agua en La Laguna: 1936

JULIO CÉSAR RAMÍREZ

Sucedió hace 90 años. -El motivo por el cual decidimos organizarnos fue que todos estábamos allí trabajando común y corriente, sin estar organizados, pero en 1935, a principios del año, rentaron la hacienda unos nuevos señores, sembraron una poca de alfalfa y trigo por allí y pusieron como servidumbre a unos hombres expertos en el trabajo y a un individuo llamado Juan Facio, que era lampuzco, y éste empezó a criminarnos. A poco hizo la sugestión en la conciencia del amo de la hacienda, que era Francisco J. Lozano, de que nosotros hacíamos muchos perjuicios porque teníamos chivitas unos y vaquitas otros, y éste nos denunció ante la presidencia municipal por escrito, pidiendo expulsión para cuatro, entre ellos yo.

Pedía expulsión para un señor Demetrio Quirino, un Leandro Montoya, un Román Fernández y para mí, que soy Manuel Murúa Ibarra y siempre lo he sido.

Cuando vimos eso les dije: vamos a Gómez Palacio.

Los capitanié para acá, y hablé con el presidente municipal y le hice ver que eran falsedades.

Le dije: Mire, usted tiene el derecho de mandar una persona de solvencia moral para que vaya al terreno de los hechos y le enseñen esos señores dónde están los perjuicios que le hemos causado con esos animales. De no ser cierto, pues me hace favor de tomar todas las medidas que considere necesarias, pero no se parta de la primera nueva, porque sería una mancha muy grande para el funcionamiento de su gobierno municipal.

Hablándole en esos términos y de una manera franca, a ese hombre le llamó la atención y dijo: Oye, ¿quién eres tú?

Soy el primer acusado, soy Manuel Murúa Ibarra.

-Oye, parece que te he oído mentar, te he visto.

Yo soy huelguista, soy ferrocarrilero huelguista.

-Ah, pues con razón, eres miembro de la Unión de Carpinteros y Similares.

Sí, señor.

Había salido de dar la huelga del 26 y me fui a esos ranchos. Bueno, cambiamos impresiones y le dije: Mire, si siguen así esos amigos me van a obligar a formar el sindicato.

-Pos ándele, luego luego.

Ahí comenzó la idea de formar un sindicato para defendernos de esas acusaciones falsas. Así fue como propagando las ideas, cuando pensé ya tenía algunos compañeros allí de acuerdo. Y un buen día nos dimos cita y formamos el Sindicato Librado Rivera. Yo mismo di la razón social y yo mismo la dirigí como Secretario General, porque fui electo por 36 compañeros.

Éramos 65 peones acasillados, 36 se unieron luego luego y se juntaron poco a poco, hasta ser 48.

Entonces nos pagaban un miserable peso y nos volvieron a provocar otra vez en esta forma: nos pagaban 75 centavos en la primera jornada de la mañana, de las seis a la una. A la una salíamos y de las tres hasta que remachaba el sol, a las siete y media, nos pagaban 25 centavos. De sol a sol, todo el día, un peso. Entonces vino la idea de algunos muchachos de que hiciéramos huelga. Yo no quería porque era muy temprano, apenas andábamos barbechando las tierras en seco y no tenían casi nada que perder los patrones en ese caso. Pero éstos fueron a Gómez y me acusaron ahí a la Federación. Me mandó llamar un señor que la hacía de trámites y conflictos y me fui a discutir con él.

Los líderes de esa Federación estaban acostumbrados a provocar dificultades en las haciendas, perdieran o ganaran les importaba poco, abandonaban a su suerte a los obreros y luego se ponían de acuerdo con los patrones, éstos les daban un chupito o una mordida y perdían la huelga. Y yo no estaba acostumbrado así. Ese señor quería que nos esperáramos. Entonces lo amenacé con dejar el puesto, le dije: Les entrego la responsabilidad como Secretario General si me obligan a hacer una cosa reprobable. Estoy de acuerdo con un movimiento de huelga en forma atenta y respetuosa, pero para que triunfen los trabajadores; los obreros agrícolas tienen derecho a que se les defienda ¡y yo no soy su pendejo! como dice la gente.

Bueno, dijo, pues entonces piénsalo bien.

Por fin, el día 3 de junio de 1935 nos reunimos ya cuando estaba el algodón sembrado. Ya habían acabado de hacer una noria y otra que tenían nuevecita para el regadío de las tierras, norias electrizadas.

Dije: Ahora sí tienen éstos que perder; y tenían sembradas como unas ocho hectáreas de algodón, unas seis de alfalfa y quince de frijol. Dije: Ahora sí hay qué pierdan.

Entonces nos reunimos ese día y nombramos como presidente a un muchacho Francisco Rubio. Con ese carácter abrió los trabajos, discutimos en la conveniencia o la inconveniencia de salir al movimiento de huelga, hablamos del pliego de peticiones, lo formulamos de acuerdo con la Ley Federal del Trabajo y nos aventuramos a probarla. Se levantó el acta y la firmamos los que supimos hacerlo y los que no con la huella digital.

El procedimiento era mandar a Durango la copia del pliego de peticiones y el emplazamiento de huelga.

Estaban inmediatamente listos los patrones, porque ya entonces estaba creada la Liga de Comunidades Agrarias y los sindicatos campesinos, miembros de la CNC. Tan luego como vieron eso los patrones se organizaron. En La Laguna eran unos 450 latifundistas.

Yo, un tipo campesino, muy pobre, tenía cinco niños, como escalerita, y el más grande apenas era de edad escolar, ¡fíjense! De manera que era un proletario de los más pobres allí en la hacienda.

Entonces, cuando le dimos la copia al presidente municipal y al patrón el pliego, éste dijo: Bueno, hagan sus gestiones que yo haré las mías.

El día 4 se fueron. Para el día 7 nos llegó la contestación de Durango declarando inexistente el movimiento de huelga por el presidente del Tribunal Obrero de Durango, Tito Herrera Rojas, un minero entregado a la parte patronal cien por ciento. Al mismo tiempo se movieron los patrones, el sindicato patronal, y hubo algún dinero de por medio, creo yo.

La Opinión publicó el 17 de junio de 1935: Fue declarada ilícita una huelga de campesinos.

Abajo, el espíritu de lucha iba naciendo. Manila: Una huelga victoriosa de peones agrícolas.

@kardenche

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