A quince años de distancia, a Morena le va pesando la acumulación de poder. Ayer, en su festejo oficial en el Auditorio Nacional, la retórica fluctuó entre la complacencia de aspiración épica, los lugares comunes y una temprana mayoría de edad sosegadora, acomodada, una especie de regeneración institucionalizada.
Punto de referencia obligado en el discurso de la dirigente Ariadna Montiel fue el de la defensa de la soberanía nacional frente al acecho extranjero, en una repetición, al clásico estilo de la política de “antes”, de los reiterados posicionamientos presidenciales mañaneros. También la convocatoria al mantenimiento de la unidad fue pieza central, sobre todo en la intervención del gobernador de Sonora y presidente del consejo nacional guinda, Alfonso Durazo, quien enfatizó la importancia de que los partidos aliados, el Verde y el del Trabajo, se mantengan en alianza con Morena.
Fue una fiesta y como tal se plantearon los aspectos positivos a celebrar y los flancos repudiables de los opositores, nativos y foráneos. En quince años Morena tiene una colección impresionante de poderes (el ejecutivo federal, el Congreso de la Unión, la Corte y el poder judicial en general, la mayoría de los organismos autónomos (¿cuál no?), más de dos terceras partes de los gobiernos estatales y una aceptación electoral hasta ahora suficiente para mantener el optimismo.
Pero, al mismo tiempo, se ha agudizado la presión trumpista, centrada en lo comercial y el “combate” al narcotráfico, cada vez con signos más preocupantes de cesiones del poder mexicano ante el estadunidense. Justamente una de las estampas más aplaudidas ayer en el Auditorio Nacional, y más emblemática de lo que hoy es Morena, la ofrecieron los gobernadores en funciones y varios de los aspirantes designados mediante encuestas: sumamente distantes de la regeneración nacional muchos de esos “machuchones” (para usar el catálogo de términos del sexenio pasado, aún tan presente y más en actos como el estos quince años), practicantes de lo discursivamente repudiados, ensoberbecidos y enriquecidos, además del factor facilitador del amago intervencionista, el de la colusión o cuando menos connivencia con poderes oscuros.
En tanto, el senador Alberto Anaya, virtual líder máximo del Partido del Trabajo (formalmente, el PT es dirigido por dos comisiones colegiadas, pero en los hechos ha habido un mando personal) hacía ayer mismo declaraciones que podrían considerarse muy delicadas si no fuera que a estas alturas pocas palabras parecen generar turbulencias perdurables en el ámbito político mexicano.
Anaya, en el contexto de la reticencia general petista a los procesos de designación de “coordinaturas” estatales (coordinaciones que serán candidaturas), dijo: “Yo creo que hubo presión de los norteamericanos para un corrimiento al centro y a la centro derecha (...) Ve a los personajes, vélos. La presión norteamericana es más fuerte de lo que pensamos”. Esa presión, le preguntaron los reporteros, se ha dirigido a los gobernadores o a la propia presidenta, y el dirigente petista señaló: “A todo mundo, a todos los mexicanos. Estamos presionados. Hay interés de que el mundo dé un giro a la derecha y ve a América Latina como estamos”.
En otro escenario y obviamente sin la vitrina de poderes concentrados en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, la excoordinadora de campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2018, exlegisladora y exintegrante del gabinete federal, Tatiana Clouthier Carrillo, iniciaba una gira en busca de la transformación de Nuevo León. La denuncia central es contra la “coordinadora” Clara Luz Flores y el sistema de encuestas para designar virtuales candidaturas. Ya se verá si este movimiento crece y se sostiene o queda en un terreno testimonial o negociador.
Y, mientras en San Lázaro avanzaba anoche la llamada “ley antimemes”, ¡hasta mañana!