Estados Unidos e Irán, por enésima vez, se encuentran enfrentados. Pero esta nueva crisis ocurre ahora en una coyuntura muy diferente, aún más peligrosa y compleja. Es cierto que la confrontación y rivalidad constante entre los dos países ha persistido desde hace 47 años, cuando el inesperado triunfo de la revolución islámica provocó la caída del Sha Reza Pahlevi y suscitó el asalto a la embajada estadounidense y la toma de rehenes, acontecimientos que a la postre frustrarían la esperable reelección del presidente demócrata Jimmy Carter y la llegada del republicano Ronald Reagan. Pero ahora, desde hace varias semanas, por instrucciones del presidente Donald Trump, una poderosa armada estadounidense se encuentra desplegada y permanece estacionada en la región, como una nueva amenaza muy creíble de posibles ataques directos y prolongados como parte de una ofensiva militar directa, mientras tienen lugar negociaciones diplomáticas indirectas en Ginebra, gracias a la mediación de Omán, nuevamente en relación con las añejas disputas por el carácter civil, o no, y los alcances pacíficos del programa nuclear iraní.
En la presente coyuntura hay importantes antecedentes. Primero, las extensas protestas populares en contra del gobierno clerical de los ayatolas, detonadas por la agravación de la situación económica interna, las cuales han continuado durante varias semanas, a pesar de la dura represión ejecutada por el régimen de Ali Jamanei, el Líder Supremo, la cual ha sido condenada por la opinión pública mundial. A pesar del bloqueo informativo impuesto por las autoridades iraníes, se conoce que las víctimas se cuentan por miles entre muertos, detenidos y desaparecidos. Estos trágicos acontecimientos han dado pie a especulaciones de que un ataque militar estadounidense tendría como objetivo conseguir un cambio de régimen, cuyas consecuencias son para todos desconocidas.
Segundo, los gobiernos de ambos países llevan meses recalibrando sus preparativos militares y sopesando sus decisiones políticas luego de los bombardeos israelíes y estadounidenses, llevados a cabo en junio pasado, contra las principales instalaciones nucleares iranies y la eliminación de algunos de los altos mandos de las fuerzas armadas y de la guardia revolucionaria, cuyo desenlace no culminó, en los hechos, en la destrucción completa ni puso fin a la amenaza del programa nuclear de Irán. Tercero, de manera alentadora, han persistido hasta ahora algunos esfuerzos regionales, impulsados por Qatar, Omán y Turquía para reducir las tensiones y permitir que haya canales de comunicación confiables, para dar oportunidad a encontrar una salida mediante negociaciones diplomáticas a fin de evitar una guerra abierta que irremediablemente se extendería a todo el Medio Oriente, que desde octubre de 2023 experimenta una guerra regional permanente impulsada por Israel en Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano y Yemen.
Lo anterior sin dejar de tener presente, como trasfondo, el punitivo régimen internacional de sanciones económicas y comerciales impuesto desde 1979 por Estados Unidos contra Irán, que en 1987 prohibiría las importaciones de petróleo iraní, y que se intensificaría y ampliaría en 2006, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución exigiendo a Irán la suspensión de su programa de enriquecimiento de uranio, sometiéndolo a supervisión internacional.
Ese régimen de sanciones, ante los retrocesos y divergencias, incluyó en 2010 severas restricciones para que Irán pudiera acceder a los mercados financieros, imponiendo además un embargo de armas. Esas medidas desembocaron posteriormente en la larga negociación de un acuerdo multilateral que culminaría en 2015 en el que participaron Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, China y Rusia, además de la ONU, en el cual Irán se comprometió a limitar su programa nuclear, a reducir su stock de uranio enriquecido, aceptando no incrementar el número de centrifugadoras y reactores, a cambio de la reducción y eliminación total de las sanciones económicas y financieras internacionales. Ese importante acuerdo multilateral si logró implementarse de manera paulatina, con enormes dificultades, hasta que, en 2018, Trump decidió, de manera unilateral, retirar a los Estados Unidos, haciéndolo fracasar, con la reimposición de sanciones e Irán retomando sus actividades nucleares.
Los actuales preparativos bélicos, entre ellos, el arribo de un segundo portaviones estadounidense, el emplazamiento de aviones cisterna, el retiro de personal diplomático no esencial en la región, las restricciones de diversos espacios aéreos nacionales, los recientes ejercicios navales conjuntos entre Irán y Rusia en el estratégico estrecho de Ormuz, cerrado por unas horas, así como las instrucciones de defensa dadas por Jamanei junto con las advertencias explicitas formuladas por la misión iraní en Naciones Unidas, reiterando que Irán no busca la guerra, pero ejercerá su derecho a la autodefensa legitima, basado en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas para responder "con decisión y proporcionalidad" ante cualquier agresión militar, señalando que las bases, instalaciones y activos de los Estados Unidos en la región serán considerados objetivos legítimos, son hechos que parecen indicar la inminencia de un ataque devastador que podría desencadenar una situación de caos global.
Si en la tercera ronda de negociaciones en Ginebra, este jueves 26 de febrero, Irán sigue rehusándose a poner sobre la mesa su programa de desarrollo de misiles y cohetes como ha demandado Estados Unidos, a instancias y presiones del gobierno de Israel, las conversaciones podrían fracasar y la retórica belicista podría paso a una impredecible conflagración militar.
Si Donald Trump decide desencadenar no un ataque sino una guerra abierta contra Irán precipitará también, de manera acelerada, la inexorable decadencia propia de los imperios, que absolutizan su destino, para ruina del mundo, como tantas veces lo ha registrado la historia.
@JAlvarezFuentes