Atrapado en los 70’s: Del ritual de la perilla al ruido comercial
Escuchar tus canciones en la inolvidable década de los setenta significaba tener que girar la perilla de un aparato de bulbos o de transistores. Al moverla, una aguja recorría el cuadrante donde venían marcadas las frecuencias: en kHz para AM y en MHz para FM. Si era un aparato portátil, tenías que extender su antena telescópica y apuntarla hacia donde captara mejor la señal de tu estación favorita; un ritual de precisión que los autos de la época también replicaban con sus varillas de metal. En un mundo sin pantallas digitales ni memorias, sintonizar requería, antes que nada, paciencia.
Esa misma paciencia se convertía en magia durante las noches, cuando la señal se limpiaba y nos permitía captar estaciones de Estados Unidos. Descubrir así nuevas tendencias como el hard rock, el punk, el soft rock o el yacht rock resultaba maravilloso en esas veladas donde la música llegaba nítida a través de las ondas aéreas desde la frontera. Para quienes vivimos nuestra infancia y adolescencia en aquellos años, disfrutar de la radio fue una experiencia de la que la juventud de hoy no puede presumir; ese sonido analógico y artesanal pertenecía a otra dimensión, y por eso mismo aprendimos a apreciar el arte de otra forma.
Nuestra relación con los temas musicales era estrecha porque implicaba esfuerzo y atención absoluta. Al no existir un botón para saltar de una pista a otra, tenías que permanecer pegado a la bocina esperando tu pieza favorita, convirtiendo el momento de su llegada en una recompensa única. Del mismo modo, el tocadiscos hogareño ofrecía su propia mística: escuchar un disco LP completo era un verdadero ritual en el que entrenábamos el oído y la mente para captar el entramado de las guitarras, el bajo y las voces armonizadas.
Esa mística contrasta por completo con las nuevas generaciones, quienes perciben las composiciones como algo inmediato y desechable. Antes, tener la música era tenerla en físico: el disco o el casete eran objetos físicos que para cada uno de nosotros tenían un enorme valor personal. Hoy, en cambio, si pasan tres segundos y algo no atrapa a los jóvenes, se brincan a la siguiente pista, usándola simplemente como un fondo sonoro. Esta prisa actual ha sepultado la vieja costumbre de los artistas de crear álbumes conceptuales completos que debían oírse de principio a fin y sin pausas. Aquello era arte hecho por humanos y no por máquinas, un terreno de solos improvisados y virtuosos que hoy parece extinguido.
Como la forma de valorar las grabaciones cambió radicalmente, es raro que un muchacho actual se siente a escuchar un álbum completo. Por eso se han vuelto tan valiosos los nichos de gente madura con buen gusto, al igual que los chicos que se toman el tiempo de aprender a tocar un instrumento real como la guitarra. De hecho, el regreso del acetato y el uso de bandas sonoras de la época en el cine contemporáneo son las únicas ventanas que les permiten a las nuevas generaciones asomarse a ese sonido crudo, cálido y sin trucos.
Esta evolución también explica por qué duele tanto ver que, poco a poco, nuestros héroes musicales nos van dejando; con ellos se va una parte de nuestra propia vida. Sin embargo, a diferencia de los éxitos efímeros de hoy, su legado se queda para siempre gracias a una calidad de grabación tan potente que sigue sonando igual de viva que en su momento. Por eso se cuenta con tanto orgullo el haber comprado un disco cuando estaba de moda o el haber esperado horas en el cuadrante para grabarlo. Es una sensación inigualable ir en el auto con los hijos o nietos, sintonizar una melodía clásica y decirles: “Esa canción ya tiene cincuenta y tantos años”, viendo cómo el tema sigue transmitiendo emociones de las que ellos difícilmente podrán vanagloriarse con su música actual.
Lamentablemente, esa desconexión comercial ha provocado que no exista una estación en el cuadrante local dedicada por completo a las personas de más de sesenta años. La radio de la Comarca Lagunera se mueve bajo las reglas de los anunciantes, enfocándose únicamente en el segmento de mayor consumo, que va de los 25 a los 54 años. Las pocas frecuencias que programan éxitos de aquellos tiempos suelen repetir el mismo catálogo predecible y choteado. Bajo esta lógica, cualquier valiente que quisiera rescatar la verdadera nostalgia en la radio comercial obtendría menos ganancias que una empresa dedicada al ruido degradante de la actualidad, sobre todo hoy que el medio se consume en los embotellamientos viales y las compañías optan por locutores gritones para mantener alerta al radioescucha.
Por todo esto, te invito a refugiarte en un rinconcito de la radio lagunera diseñado para disfrutar de esos sonidos que las estaciones comerciales han dejado fuera: desde las majestuosas grandes orquestas hasta aquellas canciones de culto olvidadas por el cuadrante. La cita es todos los miércoles a las ocho de la noche en Radio Torreón, por el 96.3 FM. Aprovecho para anunciarte que los miércoles 23 y 30 tendremos programas especiales dedicados a los grupos de rock mexicanos que cantaron en inglés durante aquellos maravillosos años. No se lo pierdan.
Contacto: saulgarciamtz@hotmail.com