Atrapado en los 70’s: La ironía de Aleks Syntek
Aunque se le asocia directamente con los años 80, las verdaderas bases musicales de Aleks Syntek se forjaron durante su infancia en la década de los setenta. Nació escuchando la música clásica que ponía su padre, un empleado de clase media pero melómano de corazón, quien le educó el oído desde la cuna. En su hogar el dinero faltaba, pero la música sobraba. Su padre era agente de ventas y su madre, ama de casa. Aunque tuvo su primera guitarra a los seis años, nunca tomó clases formales; aprendió solo, apoyado en revistas populares de la época como Guitarra Fácil.
Más tarde, su faceta como actor infantil le abrió las puertas de una tienda de pianos llamada Organigrama. El dueño le permitía tocar los instrumentos a cambio de dar demostraciones a los clientes y explicarles su funcionamiento. Así, a los nueve años, se metió de lleno en el mundo de los teclados, al mismo tiempo que participaba en sketches cómicos de Televisa y, después, en el programa Chiquilladas, donde tuvo un inocente romance infantil con Lucerito.

Al empezar a tocar en sus primeros grupos, Aleks no tenía teclados propios para componer y siempre los pedía prestados. De ahí nació el apodo “Sin teclados”, que él mismo transformó en “Syntek”, adaptándolo como un tributo a Kraftwerk, el grupo alemán pionero de la música electrónica que tanto lo influyó. A pesar de su talento como multiinstrumentista, arreglista y compositor, no sabe leer ni escribir partituras; todo lo saca de oído y recurre a terceros cuando necesita arreglos de alta complejidad.
Como compositor de temas pop, sumó éxitos masivos y un sólido reconocimiento en la industria. Acumula nueve nominaciones al Latin Grammy, una al Grammy americano, varias a los Premios MTV, tres Premios Billboard Latino y el Premio Ariel por la música de la película Sexo, pudor y lágrimas (1999).
Estoy de acuerdo con el reclamo que Syntek hizo al público el pasado 15 de septiembre en la noche del Grito. Cuestionó si los verdaderos músicos van a desaparecer por culpa de las preferencias actuales, y tiene razón: la música que hoy escuchan los jóvenes está en franca decadencia. Si seguimos por el camino de lo meramente comercial, terminará por extinguirse la música vista como un arte. Ya no saldrá un Juan Gabriel, un Camilo Sesto o unos Beatles. Es algo que he sostenido siempre en este espacio.
Para quienes crecimos con las perillas de los transistores y compramos vinilos, el panorama actual resulta desconcertante. En aquellos años setenta, la industria musical operaba bajo estándares de calidad muy estrictos. Las compañías discográficas invertían en creadores que sabían de armonía, directores de orquesta y arreglistas de conservatorio. Grabar un álbum requería semanas de esfuerzo humano y un talento técnico impecable. Los melómanos de la Comarca Lagunera recordarán perfectamente las visitas a las tiendas locales para buscar esas joyas; se valoraba el empaque, la propuesta artística y la limpieza del sonido. Hoy, el algoritmo de las plataformas digitales premia la producción al vapor, desechable y barata, hecha con programas de computadora que maquillan cualquier carencia vocal. Pasamos de la sofisticación artística a la maquila de canciones de tres minutos diseñadas para el consumo masivo.
Lo irónico es que él no se da cuenta —o no quiere darse cuenta— de que ese mismo público que lo encumbró, que va a sus conciertos y compraba sus discos, es el que ahora consume toda esa basura auditiva del reguetón. Lo metieron en la misma mochila y en la misma lista de reproducción. Ahí está el verdadero sarcasmo del caso.No soy admirador de Syntek. Lo considero un músico pop cumplidor, muy lejos de ser el genio o el “dios” musical que él mismo presume ser. Sin embargo, le reconozco el mérito de resistirse a entrar a esos géneros decadentes solo por dinero. Se ha mantenido al margen, no ha caído en vulgaridades y ha dejado ir mucho dinero; algo que no aguantaron otros artistas contemporáneos como Shakira, Enrique Iglesias o Miguel Bosé.
Aprovechando que toqué el tema de los festejos del Grito de Independencia, estuve viendo el de la Ciudad de México por la televisión. Quizá piensen que estoy completamente fuera del ambiente actual o que peco de puritano, pero, sin ser ningún santo, no puedo resignarme a aceptar que un artista suba al escenario —como ocurrió con uno de los invitados en pleno Zócalo capitalino— a ofrecer música de tan pobre calidad y, peor aún, a gritarle groserías y “cabrones” al público. En celebraciones de esa magnitud, uno hubiera preferido escuchar a un verdadero cantante; por poner un ejemplo, alguien como Cristian Castro, quien posee una de las mejores voces de la actualidad y una versatilidad tremenda. Pero en fin, las cosas hoy son distintas. Mi inconformidad fue tal esa noche que, por andar de criticón, hasta un pleito con mi esposa me terminé ganando.
En fin, por eso yo prefiero seguir atrapado en los 70.