Me han preguntado, y con justa razón, por qué insistir en vivir como un rehén voluntario de una sola década. "¿Por qué los setenta?", me cuestionan, "¿por qué no mirar hacia el idealismo de los sesenta o la explosión visual de los ochenta?".
La pregunta me obligó a navegar profundo en mis propias razones. En su momento, no tuve más respuesta que la anécdota personal, ese flechazo auditivo que me dejó cautivo. Pero hoy, mientras preparo los guiones y editoriales para la radio, la respuesta se ha vuelto más clara y, sobre todo, más humana.
Al final del día, los artistas —los gigantes que llenaron estadios y los olvidados que solo habitan en colecciones de culto— son seres de carne y hueso. Detrás de cada riff legendario hubo un proceso de erosión: crisis económicas, batallas de salud y sacrificios que nadie ve cuando la aguja toca el vinilo. Llegar a la cima no fue un golpe de suerte gratuito. Fue el resultado de una alquimia extraña entre el talento bruto y el hallazgo del productor ideal o la casa grabadora que se atrevió a apostar por un sonido que nadie más entendía.
Muchos se mantuvieron en el olimpo; otros cayeron con un estruendo que aún resuena, y una inmensa mayoría se quedó en la orilla del camino. Sin embargo, hubo un grupo selecto de "elegidos" que lograron la alineación perfecta: genios que coincidieron en el tiempo y el espacio precisos. Pero antes de la gloria, todos pasaron por el fogueo del barro. Tocaron en lugares de mala muerte, bajo luces mortecinas y ante audiencias ebrias que solo querían escuchar los éxitos de moda. Ahí, en el anonimato del cover, se forjó el carácter.
La clave del éxito en los setenta no era repetir la fórmula, sino romperla. Una vez que lograban afianzarse como banda, el imperativo era innovar. Fue la era del descubrimiento: sacarle provecho a lo que había, estirar las posibilidades del sonido análogo y convertir cada error en un acierto creativo. Fue la década de las consolas sofisticadas, del nacimiento de sintetizadores que parecían naves espaciales y de formas de cantar que desafiaban la técnica académica. Era una competencia feroz por la calidad; si alguien hacía algo extraordinario, el de al lado intentaba superarlo. No era solo industria, era arte en su estado más puro.
Los setenta fueron el epicentro donde explotó la creatividad en un mundo convulso. Mientras los jóvenes gritaban consignas de amor y paz en las calles, los músicos traducían ese caos en armonía. Sí, las drogas y los excesos estuvieron presentes, actuando a veces como un combustible peligroso que elevó las sensaciones musicales a niveles casi espirituales.
Es cierto que en los ochenta el camino se volvió más electrónico y tecnológico, aparentemente más comercial. Pero no nos engañemos: esa explosión también fue brillante, solo que caminaba sobre los hombros de los gigantes setenteros. De ahí se desprendieron las ramas del rock alternativo y el grunge que nos salvaron en los noventa, formando ese catálogo inagotable que hoy llamamos "clásico".
Para quienes somos melómanos de corazón, refugiarnos en este espectro no es un acto de nostalgia vacía, sino una resistencia ante una actualidad musical que parece ir en declive. A veces, uno se pregunta si la música, como tal, ya se terminó. Pero luego suena un acorde de 1974 y la fe se restaura.
Los invito a que me acompañen a disfrutar de este viaje. Por nuestra parte, seguiremos curando con mimo cada entrega de "Atrapado en los 70" a través de Radio Torreón 96.3 FM, todos los miércoles en punto de las 20:00 hrs.
Mientras tanto, pueden sumergirse en nuestra bitácora sonora en la siguiente Playlist de Spotify donde recopilamos cada tema que ha dado vida a este programa.
Nos vemos en el dial, donde el tiempo se detiene y la música nunca muere.