Radioescucha contumaz de los 70s
Varios artistas y grupos setenteros continúan de gira, recordando sus éxitos del ayer y llenando estadios. Paul McCartney, con más de 80 años, sigue girando y acaba de lanzar un álbum; The Rolling Stones se mantienen activos con material nuevo; AC/DC recorre el mundo con su Power Up Tour (recién pasaron por México) y Rod Stewart no suelta los escenarios. Bruce Springsteen y Bob Dylan —con su Rough and Rowdy Ways Tour— siguen en la ruta este año, al igual que Iron Maiden con el Run For Your Lives Tour. Siguen vigentes, como los Eagles en Las Vegas, ZZ Top, Deep Purple, Lynyrd Skynyrd, Alice Cooper o Scorpions.
Tenemos la percepción de que viven del pasado; aunque publiquen material nuevo, el público en los conciertos quiere escuchar los éxitos consagrados, no canciones desconocidas. El classic rock se ha vuelto un formato de nostalgia costeable. Algunos músicos sienten que su obra reciente no gusta tanto, mientras otros prefieren la emoción del directo antes que encerrarse en el estudio. En la era del streaming, las giras generan las ganancias reales y, aunque graben discos, nunca igualarán sus obras maestras de los setenta.
Hay factores clave: en aquella década, estos artistas tenían 20 años, energía y una creatividad hambrienta por conquistar el mundo. Hoy son millonarios, sin esa necesidad de demostrar algo o gritar himnos de rebeldía desde sus mansiones. Muchos perdieron a su socio creativo por pleitos o fallecimientos, diluyéndose esa fricción mágica que los hacía superarse. Además, el tiempo atrofia las cuerdas vocales y la capacidad pulmonar; canciones escritas para rangos inalcanzables hoy se interpretan en tonos más bajos, perdiendo su esencia original, mientras componen temas más simples y accesibles.
Las grabaciones de los setenta eran orgánicas, humanas y “sucias”. Hoy, todo es procesado y tecnológico, sonando genérico, sin el alma ni el sentimiento del vinilo. La ciencia afirma que la música escuchada entre los 14 y 24 años se graba a fuego en la memoria; por ello, nada de lo que saquen ahora igualará esa conexión emocional. Al final, un disco nuevo es la excusa para salir de gira, donde el 95 % del repertorio serán los temas por los que se les recuerda.
McCartney es el ejemplo perfecto: lanza material que muchos consideran inferior a Band on the Run. Paul tenía un rango vocal versátil y potente; ahora, con la voz quebradiza, compone sin los gritos de antaño. Su limitación física afecta la creatividad. Ya no tiene a un Lennon que cuestione la calidad de sus temas y nadie se atreve a sugerirle que algo es “relleno”. Buscando sonar actual, se rodea de productores que chocan con su esencia artesanal, resultando en sonidos predecibles. Sigue grabando por ser un compositor compulsivo, aunque la gente lo aclame por los Beatles. Muchos fans piensan que debería retirarse con dignidad.
No es solo él. Lo nuevo de los Stones suena demasiado limpio, lejos del rock rebelde que los hizo famosos. Rod Stewart pasó de ser una de las mejores voces del folk a un cantante de pop melódico y versiones, abandonando su identidad. Los Eagles, que definieron el legado de las armonías perfectas, son hoy máquinas reproductoras de éxitos del ayer; sin Glenn Frey, sus grabaciones carecen de frescura. Deep Purple, pese a su virtuosismo, ha perdido la chispa y la furia.
Todos pasaron de innovadores a intentar sonar como ellos mismos de jóvenes, sin éxito. ¿Se acabaron las ideas? Ya no tienen necesidad ni coraje; no buscan identidad, sino repetir la fórmula. Además, en los setenta el mundo no tenía las prisas ni la tecnología actual; cuando intentan acoplarse, se notan forzados. Hay excepciones: Johnny Cash, antes de morir, interpretó temas acordes a su edad, o David Bowie en su último álbum, aprovechando su madurez para dar profundidad a su obra sin pretender sonar joven.
¿Ha muerto el rock? No, pero su rol cambió a un legado de nicho. Sus cifras en streaming crecen, bandas como Iron Maiden o AC/DC siguen llenando estadios y el género protagoniza la resurrección del vinilo, porque la gente aún desea poseer algo material de sus héroes. El tiempo es implacable, pero la leyenda es terca. Estos gigantes ya no buscan la cima, sino simplemente no bajar del escenario mientras el público siga dispuesto a pagar por un último destello de magia setentera.
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