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Atrapado en los 70’s

El misterio del ‘Yacht Rock’

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EL SIGLO

Radioescucha contumaz de los 70s

Hasta 1975, el soft rock iba ganando terreno de manera silenciosa en la radio. Eran esas melodías suaves y relajadas que de inmediato te transportaban a una tarde de playa, a un momento romántico o a un descanso en la terraza. Sin embargo, todo ese virtuosismo técnico, los metales pulidos y las armonías complejas fueron rebautizados décadas después. 

Corría el año 2005 cuando una serie de comedia en internet acuñó, de forma un tanto burlona, el término yacht rock. Lo que empezó como una parodia sobre la vida de los músicos de estudio de aquella época, terminó por definir a todo un género musical que le cantaba al mar, a la vida urbana y al romance, inmortalizado por nombres como Toto, Steely Dan, Christopher Cross, Daryl Hall y John Oates.

El concepto nació en la plataforma Channel 101 gracias a J.D. Ryznar, Hunter Stair, Lane Farnham y David B. Lyons. Sin sospecharlo, estaban bautizando retrospectivamente la época de oro de un sonido que dominó las listas entre 1975 y 1985. En aquel show web, los creadores se divertían interpretando a las grandes figuras del género: Ryznar hacía de Michael McDonald, Hunter Stair se ponía en los zapatos de Kenny Loggins, y Justin Roiland —quien años más tarde crearía Rick and Morty— interpretaba a Christopher Cross. Incluso Steve Agee se sumó como Steve Porcaro, el legendario tecladista de Toto.

La nostalgia por este sonido es real; de hecho, Fred Armisen, el conocido comediante de Saturday Night Live y fanático declarado del género, terminó participando en el documental de HBO, Yacht Rock: A Dockumentary.

En México, sin embargo, el término nunca llegó a cuajar del todo por razones culturales, comerciales y de idioma. Aunque las canciones se cansaron de sonar en la radio y fueron grandes éxitos, el público local siempre las encasilló simplemente como pop, soft rock o la clásica “música de catálogo”.

El yacht rock está íntimamente ligado a la estética del sur de California: paseos en yate, vacaciones eternas y atardeceres frente al mar. A diferencia de los grandes himnos de estadio de Queen, Led Zeppelin o AC/DC, con coros directos que cualquiera puede gritar aunque no sepa inglés, este estilo apostaba por letras sofisticadas y narrativas complejas. Por eso, para el oyente mexicano, se quedó más como una elegante música de fondo. Tampoco tuvimos un equivalente directo dentro del movimiento de Rock en tu Idioma que compartiera estas texturas musicales.

Lo que realmente define a este género es la obsesión por la perfección en el audio análogo. Coincidió con el auge de la alta fidelidad (hi-fi), y los músicos de la época eran verdaderos perfeccionistas compulsivos que componían pensando en exprimir las innovaciones de los estudios de grabación. Las cintas magnéticas de dos pulgadas y las consolas de 24 canales permitían separar cada instrumento con una limpieza quirúrgica, logrando un sonido suave, plano y sin las distorsiones propias del rock más pesado. A esto se sumó la llegada de los primeros sintetizadores, que le dieron texturas finísimas a las guitarras y a los teclados.

En el México de los setenta, poder disfrutar de esta experiencia sonora en casa dependía por completo del bolsillo familiar. Para la mayoría, el centro de gravedad de la sala era la consola: un imponente mueble de madera fina que resguardaba el tocadiscos, el radio AM/FM y un espacio para los vinilos. Mientras las familias más acomodadas presumían marcas importadas como Magnavox, Telefunken, Zenith, Philips o RCA Victor, en el mercado nacional mandaban marcas locales como Zonda o Citlalli. Eran muebles tan pesados que eliminaban cualquier vibración, lo que hacía que los característicos bajos del yacht rock retumbaran con una calidez única.

Claro que, para los jóvenes de la época, las consolas eran “música de papás”. Ellos preferían armar sus propios sistemas modulares por componentes independientes para lograr un sonido verdaderamente envolvente. La mina de oro era armar el equipo por separado: un receptor amplificador Pioneer, Sansui, Marantz, Sony o Kenwood; un tornamesa Garrard o Technics; y un par de bafles enormes de madera que se acomodaban en las esquinas del cuarto. El estéreo analógico permitía una experiencia tridimensional; cerrabas los ojos y podías descifrar exactamente en qué rincón de la habitación estaba el saxofón o los coros.

Hacia finales de la década, la calidez de la madera empezó a ceder terreno ante los estéreos modulares compactos de plástico de marcas como Panasonic o Toshiba. Llegaron las perillas ligeras, el radio integrado, los cartuchos de 8 tracks y, finalmente, la practicidad del casete. Aunque estos nuevos aparatos resultaban mucho más cómodos para el día a día, jamás lograron replicar la profundidad y el sonido puro de aquellos viejos componentes independientes que nos dejaron atrapados en los setenta. Contacto: saulgarciamtz@hotmail.com

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