Atrapado en los 70’s
En el universo del rock de los setenta, las bandas nos regalaron cantantes con voces que eran un auténtico estruendo.
Tipos como Robert Plant o Ian Gillan tenían gargantas de oro, pero Freddie Mercury, el eterno líder de Queen, se cocía aparte; lo suyo era un fenómeno que la ciencia terminó por calificar como único en la historia de la música.
Aunque su naturaleza era la de un barítono, Mercury siempre se movió con la soltura de un tenor y hasta rozó notas de soprano. Su rango vocal cubría cuatro octavas completas, desde un Fa#2 (92.2 Hz) hasta un Sol5 (784 Hz).
Además, su vibrato tenía una velocidad inusual; sus cuerdas vocales vibraban más rápido que las de cualquiera, creando un sello irrepetible. Algunos expertos incluso atribuyen esta resonancia a su hiperdoncia: esos cuatro dientes de más que ensanchaban su cavidad bucal.
Ahora bien, si nos limitamos a medir el espectro vocal en el papel, hubo contemporáneos que abarcaron más terreno que las cuatro octavas de Freddie. El verdadero mérito de Mercury no era la cantidad de notas, sino el control absoluto y su versatilidad.
Para ponerlo en perspectiva, Axl Rose, el icónico vocalista de Guns N’ Roses, rebasaba las cinco octavas (Fa1 – Si?6); Minnie Riperton, quien inició en el grupo psicodélico Rotary Connection y luego como solista se convirtió en la reina del soul recordada por su éxito “Lovin’ You”, tocaba las cinco exactas gracias a su prodigioso registro de silbido (Fa2 – Fa#7); Prince, el genio multiinstrumentista que lideró a la banda The Revolution y revolucionó el pop y el funk, alcanzaba las 4.5 octavas (Mi2 – Si6) con falsetes espectaculares; y Steven Tyler, el incansable líder de Aerosmith, presumía unas 4.2 octavas (Re2 – Mi6) disparando esos alaridos salvajes que definieron el hard rock.
¿Por qué entonces Freddie Mercury dejó una huella más profunda?
La diferencia salía a la luz sobre el escenario. Mientras muchos de estos gigantes sufrían para replicar en vivo lo que grababan con trucos de estudio, Freddie dominaba sus registros frente a multitudes.
Incluso se daba el lujo de usar una distorsión subarmónica a través de sus cuerdas ventriculares —una técnica de canto tibetano rarísima en el rock de la época— para sonar potentísimo sin destrozarse la garganta. Pasaba del falsete al barítono con una naturalidad pasmosa. Parecía que no le costaba nada.
Si volteamos a ver a Paul McCartney —referencia obligada de The Beatles, la banda más grande de todos los tiempos—, sus registros de estudio demuestran que superaba a Freddie en extensión, moviéndose entre las 4.5 y poco más de 5 octavas (desde un profundísimo La1 hasta un agudo Do#6 o Mi6). McCartney caía a graves más bajos que Mercury, como se escucha en su colaboración con Michael Jackson en “The Girl Is Mine”, y trepaba hasta la sexta octava en temas como “Nineteen Hundred and Eighty-Five”.
A diferencia del aire operístico y monumental de Freddie, Sir Paul usaba su rango para mutar de estilo: podía ser el baladista tierno y limpio de “Yesterday” o transformarse en el gritón desgarrado y salvaje de “Oh! Darling”.
La década estuvo plagada de estos monstruos del rango vocal. David Bowie, quien brilló como solista junto a su mítica banda de apoyo The Spiders from Mars, jugaba con sus personajes para saltar de un barítono bajo (Sol1) a un agudo alto (Sol#5), superando las 4 octavas. Roger Waters, la mente conceptual detrás de Pink Floyd, arañaba las 5 octavas con sus gritos teatrales y desesperados. Robert Plant, al frente de Led Zeppelin y arañando las 4 octavas, combinaba graves limpios con esos agudos eléctricos que competían con la guitarra de Jimmy Page. Y por supuesto, Ian Gillan, vocalista de Deep Purple en los setenta, llevó los alaridos del rock pesado a las 4 octavas y media.
Al final del día, decidir quién es el mejor es terreno resbaladizo, pero la voz de Freddie Mercury se mantiene como la definitiva del rock de los setenta. Su superioridad no radicaba en un frío dato numérico de octavas.
Mientras otros vocalistas ponían en riesgo sus gargantas durante las giras por intentar alcanzar las notas del disco, Freddie plantaba cara a más de ochenta mil personas en estadios abiertos. Cantaba durante más de dos horas con una afinación perfecta y una potencia operística sin aparente esfuerzo. Nadie más logró reunir en un solo cuerpo semejante rango, potencia, precisión, versatilidad y ese magnetismo teatral que se adueñaba de cualquier escenario.
P.D. Al aire:
Este miércoles a las 8:00 p.m., la nostalgia de Atrapado en los 70’s se muda por una hora a la cabina de Radio Torreón 96.3 FM. Dejaremos atrás los archivos digitales para hacer sonar auténtico oro negro: los míticos mixes “etiqueta blanca” Hollywood II y Bits & Pieces III Let’s do It, rescatados en sus primeros prensajes importados.
Una oportunidad única para sintonizar el sonido analógico puro que sacudió las pistas de baile de la Comarca en 1980. Ajuste su frecuencia este miércoles a las 8:00 de la noche.
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