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Atrapado en los 70’s

Al cine en San Julián 

SAÚL GARCÍA (PACHOLE)

Los que venimos de los setentas y vivimos nuestra infancia en esta bendita Comarca Lagunera, tenemos grabada la vida de una manera muy distinta a las generaciones dosmileras.

Nosotros ponderamos la convivencia vecinal, el juego en la calle desafiando el calorón, lo análogo, lo físico; nuestra mente es y seguirá siendo de naturaleza análoga.

Me explico: mis últimas dos visitas al cine (la película documental de Jackson y, más recientemente, la de Toy Story) me dejaron un mal sabor de boca y una profunda sensación de vacío sobre lo que verdaderamente significa vivir la magia de la gran pantalla.

No es que sea un ermitaño atrapado en el pasado que rechaza la modernidad; de hecho, disfruto la nueva forma de experimentar el cine con sus salas VIP, tecnologías avanzadas de proyección, sonido envolvente y la comodidad de las butacas reclinables.

Sin embargo, dentro de todo ese avasallador avance tecnológico, se ha ido perdiendo la nobleza, la mística y el ritual que antes envolvían el simple hecho de ir al cine en Torreón. Es el mismo fenómeno que ocurrió con las aplicaciones de música cuando comenzó la fiebre de los iPods: al principio eran plataformas limpias, sin anuncios molestos, directas y gratuitas.

Volviendo al tema de las últimas películas que he visto en las cadenas modernas de la región, el desencanto radica en que, como casi todo hoy en día, las producciones se han vuelto desechables, hechas en serie y sin alma.

La cinta de Michael Jackson dice muy poco, es predecible a más no poder y la sentí más como un resumen acartonado, frío y carente de detalles; una historieta mal digerida. Por su parte, en cuanto a Toy Story —y miren que lo digo sin ser un crítico cinematográfico profesional— la sentí demasiado revolucionada, con una sucesión de situaciones tan aceleradas y frenéticas que por momentos le perdí el paso por completo. Ya no te dan tiempo de procesar las emociones.

Por otra parte, mi crítica a esta nueva forma de vivir el cine en la Comarca también va dirigida a la tortura de la logística actual: tienes que llegar con una hora de anticipación para hacer filas kilométricas y alcanzar a comprar tus ochocientos pesos de palomitas gigantes y azúcar líquida en combo. Y lo peor es que, tras gastar una fortuna, ni así logras entrar a tiempo a la sala para ver el inicio de la función por culpa de la lentitud en las cajas.

Es ahí cuando añoro con nostalgia aquellos tiempos en los que la dulcería no era un requisito “obligatorio” ni un asalto al bolsillo. En esa época dorada podías llevar tus propios sándwiches caseros envueltos en papel aluminio o unos buenos lonches de mortadela en pan francés.

Cómo olvidar cuando mamá juntaba unos pesos y salíamos de nuestra vecindad en el barrio de la Degollado; para nosotros no era necesario tomar el Torreón-Gómez, nos íbamos tranquilamente a pie o esperábamos el camión de la ruta San Julián.

Así llegábamos felices a la función de matiné en el Cine Torreón a aventarnos tres películas continuas en blanco y negro, o al Comarca 2000 a disfrutar de dos cintas a colores, aguantando la temperatura de la sala apenas mitigada por el aire lavado del recinto.

Si el mensaje de fondo en Toy Story es precisamente el doloroso alejamiento de los niños de sus juguetes y el abandono de la interacción humana en pos de pasar horas enteras pegados a una pantalla brillante, algo muy grave está ocurriendo frente a nuestras narices. Nos estamos volviendo autómatas y no queremos darnos cuenta.

Todo se ha transformado en un producto desechable y puramente mercantil. Se está evaporando la nobleza de la cinematografía, de la televisión y de la radio local; todo se fabrica para usarse un momento y tirarse a la basura.

Un ejemplo doloroso de esta deshumanización comercial lo estamos viviendo en el deporte. Recuerdo con el corazón lleno de añoranza aquellos mundiales de fútbol de los setentas, cuando los profesores llevaban un enorme televisor de perilla y gabinete de madera al salón de clases para que todos los niños viéramos juntos a la selección nacional.

En ese entonces, los estadios mundialistas se abarrotaban con la gente del pueblo; las entradas, aunque implicaban un esfuerzo, eran accesibles para todos los estratos sociales.

Ahora, tristemente, los verdaderos amantes del futbol ya no podemos ver un mundial por televisión abierta porque todo está secuestrado por sistemas de pago y plataformas de ‘streaming’. Incluso si sintonizas los resúmenes de los noticieros tradicionales para ver aunque sea los goles del día, te topas con la burla de que solo transmiten fotografías congeladas o imágenes frías creadas con inteligencia artificial por cuestiones de derechos de autor.

¿Qué nos está pasando? ¿Cómo permitimos llegar a este extremo? Nos dejaron un mundial exclusivo para ricos, donde se prioriza el negocio sobre la pasión, destruyendo la verdadera esencia comunitaria del juego.

Y ojo, que aquí estamos rascando apenas dos o tres caras de la misma moneda. Si nos adentramos en el declive de la música actual, en la pérdida de las caminatas tranquilas por el Boulevard Independencia sin tanto tráfico o en el placer de recordar las tardes de infancia en el barrio viendo pasar el tiempo sin la prisa del celular, tendríamos tela para muchas colaboraciones más. Yo por eso decidí cerrar la puerta al ruido moderno. Me planté firmemente en la época más noble para vivir, sentir y compartir: atrapado en los setentas.

Contacto: saulgarciamtz@hotmail.com

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