Atrapado en los 70’s
En este mundo tan convulso de 2026, dominado por completo por la globalización acelerada y el bombardeo de las redes sociales, hacer reseñas de los lejanos años setenta significa un gran reto para cualquiera.
Implica la difícil tarea de comparar situaciones cotidianas que hoy se podría decir que son paralelas para nuestros hijos y nietos, pero que tristemente están muy lejos en el tiempo y son abismalmente diferentes a lo que nosotros vivimos en carne propia en nuestra juventud.
En esta columna nos hemos dedicado, en general, a reseñar y rememorar con ustedes algunas anécdotas entrañables relacionadas con las vivencias de la década dorada, como a mí me gusta llamarle.
Hemos hecho juntos remembranzas de las diferentes formas que teníamos para escuchar la música, de la magia de ir a ver películas o de sintonizar nuestros programas favoritos en la clásica TV en blanco y negro.
Recién he estado conviviendo y platicando más de cerca con mis hijos y, en esta actual etapa de adulto mayor, me tocó por necesidad andar de arriba a abajo en el transporte de ruta aquí en Torreón.
La verdad les digo que me siento ajeno al entorno, como que algo ya no encaja en la rutina diaria y me siento totalmente fuera de lugar. En realidad, me he quedado tan atrapado en los setentas que de plano no me hallo en las calles escuchando esa “¿música?”.
¿En realidad merece ser llamada música? Me lo pregunto con dolor de cabeza cada vez que subo a un camión de ruta y a todo volumen suenan unos trombones y trompetas desafinadas, acompañadas de voces que parecen un chiste de mal gusto.
Mientras más suenan así, más se parecen a cómo cantaba el personaje de Bartolo en los 70s; con la enorme diferencia de que Enrique Guzmán era un gran cantante con una voz privilegiada, pero en ese personaje la idea original era cantar de chiste para hacer reír a la gente.
Hoy solo escucho voces distorsionadas con autotune, acompañadas solamente por tubas y trompetas desafinadas, y otras tantas por saxofones, guitarras y voces adormiladas que tiran a lo cómico.
En su gran mayoría, estas canciones dicen groserías y llevan letras explícitas, hablando soezmente de sexo y rebajando a la mujer como si fuera un simple objeto. Y no es que sea yo un santo reprimido, pero no es de mi agrado ir escuchando groserías a mitad del camino, con voces que rozan el punto cómico.
Yo les pregunto directamente a mis hijos en casa: ¿En verdad eso es en serio o es algo que los jóvenes escuchan en sentido cómico para vacilar? Solamente bajo esa lógica de la broma medio comprendería un poco la situación actual.
Entonces me siento fuera de lugar en estos camiones. No es algo así como una crítica abierta o un ataque gratuito; esto es solo una comparación honesta entre la época dorada de los setentas musicalmente hablando y el producto masivo que actualmente se consume.
Porque la verdad es que así quieren que se consuma: al mayoreo y sin pensar, dándoles a las masas un producto desechable y de rápida caducidad, pero que está al alcance de los niños y jóvenes en cualquier esquina.
Y repito, no es una crítica abierta; cada quien es dueño de sus oídos y escucha lo que quiera en su intimidad. Pero mi observación y mi queja van hacia donde nos llevan a propósito las grandes productoras comerciales, que ofrecen un producto sin valor real, fácil de conseguir y por lo mismo al alcance de todos.
Hoy en día, ir a vacacionar en familia o salir a carretera es tener que aguantar esa “¿música?” a donde quiera que llegues, teniendo que preparar mis oídos viejos para esos sonidos chillones y voces balbuceando, cómicas e inentendibles a la primera. Pareciera que se muerden la lengua al hablar: ¿en qué idioma extraño están “cantando”?
Da coraje ver cómo todos ellos se creen cantantes profesionales cuando la gran mayoría no lo son en realidad; carecen de voz y de la más mínima preparación.
Es un desfile constante de modismos y ruidos como el “prrrrrrtt”, los gritos de “¡hey!” y esas risitas fingidas queriendo ser graciosos. Uno se da cuenta de que los artistas usan todo eso a propósito, como un truco ensayado, al igual que el estar repitiendo a cada rato el nombre de la agrupación o de la banda para vender la marca.
Al final, es una fórmula llena de una altanería barata que termina denotando muchísimos complejos de inferioridad. Me siento fuera de lugar, fuera de mi ritmo natural, fuera de mi gusto musical de toda la vida; simplemente no me adapto a las tendencias actuales de la moda.
Por el otro extremo de la balanza, quienes somos melómanos de corazón, ya seamos jóvenes curiosos o veteranos de mil batallas, seguimos escuchando la vastedad y riqueza de los catálogos sesenteros, setenteros, ochenteros y noventeros. Seguimos cantándolos a todo pulmón, buscándolos en las tiendas, comprándolos cuando se puede.
Guardamos con nostalgia, como si fueran una reliquia sagrada de un templo, nuestros viejos longplays de acetato, las consolas de madera y los cassettes de cinta, como algo valioso que no queremos por ningún motivo que desaparezca.
Se los mostramos con orgullo a nuestros hijos y nietos con la viva esperanza de que disfruten y conozcan lo que es la “música de verdad”, el verdadero arte humano.
Tratamos, quizá en vano, de alejarlos un poco de la marabunta antiarte comercial actual que los envuelve por todos lados y de la cual muy pocos jóvenes escapan hoy en día; ¡se necesitaría vivir encerrado en una burbuja para no escucharla!
Esto, sorprendentemente, también envuelve a algunas personas de mi edad que ya consumen sin un criterio musical propio lo que se les da en la radio. Así, poco a poco, nos vamos quedando cada vez menos melómanos en el mundo.
También quedan menos artistas que se arriesguen a tocar con calidad sacrificando la ganancia fácil, mientras cualquiera que siga la moda del “hey, hey, brrrr, brrrr” y haga letras llenas de vulgaridades, sexo sin amor, violencia y falsa apología de la delincuencia y el dinero rápido se llena las bolsas de billetes gracias a los jóvenes incautos que caen en la trampa.
Sigo pensando firmemente que en las escuelas se debe seguir enseñando la materia musical básica y preservando el gusto por la música clásica desde la infancia. Así, cuando menos, las nuevas generaciones se formarán un criterio propio y no les venderán gato por liebre, dándoles algo que no es música como si lo fuera.
Yo por eso mejor me planto en mi trinchera y sigo... atrapado en los 70s.
Contacto: saulgarciamtz@hotmail.com