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Atrapado en los 70’s

El valor del silencio 

SAÚL GARCÍA (PACHOLE)
SAÚL GARCÍA (PACHOLE)

Escribo estas líneas en un martes trece, un día que para los creyentes está marcado por la mala sal, pero que en realidad transcurre como una jornada normal y rutinaria.

Este día no hay monsergas; todo marcha tranquilo. Después de manejar en el trayecto hacia las escuelas de mis hijos —a veces acompañados por la música de su agrado, otras con melodías de los setenta y algunas más en completo mutismo porque se necesita platicar—, regreso a casa.

Toca lavar los trastes, regar las plantas, alimentar a los perros y los gatos, para finalmente sentarme a desayunar con mi esposa, mi hija y mi nieta.

Compartimos las pláticas de diario, los proyectos y, de fondo, los temas que elige mi esposa. Ella puso una lista en español que ni me gusta ni me disgusta: Aleks Syntek, Chayanne, Shakira, OV7, Enrique Iglesias. Se puso un poco nostálgica para realizar sus tareas y se olvidó de las cumbias, de los Pesos Plumas, de los Pesados, los Intocables y los reguetones. ¡Qué alivio!

Sin embargo, no hay día en que mis oídos logren escapar de semejante martirio. Salgo a barrer la cochera y ese estrépito punzante que ya se percibía desde adentro de la casa aumenta su intensidad.

Viene acompañado de los gritos escandalosos de una locutora que recibe llamadas al aire, repitiendo mensajes corrientes y palabras vulgares. ¿Qué necesidad tengo yo de escuchar eso?

Mis vecinos tienen bien definidos sus horarios: los de un lado le suben a la radio por la mañana —no voy a mencionar la estación, pero es puro escándalo—, y más tarde, la señora de la esquina saca a la calle su bocina con melodías que, de tanto oír, ya me sé de memoria: las cumbias laguneras de siempre. Así, cuando me dispongo a leer o escribir, tengo que hacerlo en medio de un bullicio que lastima mis tímpanos.

Me doy cuenta de que lo mismo ocurre en los trabajos, en las oficinas y en el súper; a la mayoría de la gente le fascina tener algo de fondo. Incluso en las fábricas, donde de por sí opera maquinaria ruidosa, le agregan todavía más decibeles al ambiente.

Ni qué decir de los autobuses del servicio público, donde por regla general traen el estéreo a todo volumen. Quizás a la colectividad no le incomode o ya lo vea como algo normal.

O puede ser que seamos bichos raros quienes verdaderamente disfrutamos de la quietud, pues por lo general nos gusta pensar, meditar, estudiar o simplemente hablar con nuestro propio interior.

Como el radioescucha contumaz de los setenta que soy, con todo el catálogo de aquella década guardado en mis recuerdos y añoranzas, he aprendido a no desgastar las evocaciones.

Por eso ahora ya no escucho mi música favorita con tanta frecuencia. La ausencia de ruido también se goza; en ella puedes cantar melodías nuevas que se te ocurran al momento.

Ni siquiera hace falta tener una guitarra a la mano, pero si eres guitarrista, es mucho mejor pulsar las cuerdas cuando el entorno calla, permitiéndote sacar de la mente esos acordes que te conducen a una composición propia.

El silencio es como la hoja en blanco de un cuaderno pautado: uno mismo le va poniendo las notas y el ritmo que emanan del pensamiento. Nos permite recordar, pensar y concentrarnos de verdad.

Esta fascinación por la pureza del vacío me ha llevado, a lo largo de mi vida, a valorar ciertas expresiones creativas singulares. He tenido la oportunidad de ver exposiciones de artistas gráficos donde el lienzo está pintado completamente de blanco, una obra pulcra que invita a la libre interpretación.

Recuerdo también la genialidad del minimalismo musical en el empaque original del legendario Álbum Blanco de los Beatles, una cubierta limpia que desafiaba el ruido visual de su tiempo.

También he escuchado algún disco donde los surcos de una canción están totalmente lisos, desprovistos de sonido, e incluso he sostenido libros con las páginas enteras en blanco.

Al presenciar estas manifestaciones artísticas que honran la ausencia de ruido, no puedo evitar el contraste con nuestra realidad urbana y pensar: ¡Ojalá hubiera también camiones de servicio público sin ruido! Transportes limpios de estridencia que nos permitieran pensar con claridad o platicar pacíficamente.

Por fortuna, en medio de esta constante batalla contra el bullicio de la ciudad, a veces las cosas cambian.

Recién llegó una personita nueva a nuestro hogar y parece que los vecinos del rumbo se hubieran puesto de acuerdo para no hacer ruido.

Gracias a este dulce y espontáneo respeto mutuo por el descanso de la infancia, estamos disfrutando en casa de una paz muy especial, una tregua reconfortante que nos devuelve el derecho a la intimidad.

Este remanso hogareño me hace reflexionar sobre el papel de los medios actuales. La radio y el periódico impreso siguen siendo canales de comunicación plenamente vigentes, pero es innegable que han tenido que transformarse según las caprichosas exigencias del consumo actual.

Desafortunadamente, hoy en día la mayoría de las estaciones se dedican a transmitir música decadente, cobijada por locutores gritones y programas que solo hablan corrientadas y vulgaridades. Son transmisiones vacías que no le dejan absolutamente nada al escucha, convirtiéndose en una total pérdida de tiempo y en una falta de cultura.

Falta contenido inteligente, falta buena música y respeto al público. Al sintonizar el cuadrante contemporáneo, uno se queda con una pregunta en la cabeza: ¿existen verdaderos programadores en la actualidad? Quienes nos formamos bajo el rigor analógico de los años setenta, valoramos esos pequeños oasis donde la música y la palabra todavía se tratan con elegancia.

El silencio no es vacío ni soledad, es la oportunidad perfecta para volver a encontrarnos con nosotros mismos, lejos del ruido del mundo.

RADIO 

No se pierdan el próximo miércoles, como todos los miércoles de 8:00 a 9:00 pm en Radio Torreón 96.3 FM, nuestro programa Atrapado en los setentas, donde abordaremos el tema de esta colaboración.

Contacto: saulgarciamtz@hotmail.com

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