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Atrapado en los 70’s

Fidelidad atrapada en el tiempo 

SAÚL GARCÍA (PACHOLE)
SAÚL GARCÍA (PACHOLE)

En la década de los setenta, la amplitud modulada era nuestra única ventana auditiva al mundo para saber qué estaba de moda. Lo hacíamos a través de un radio portátil con una bocinita, mediante un viejo aparato de bulbos o, en el mejor de los casos, en una consola —grande o chica, de una o dos bocinas—. El carro también era un refugio, igual que hoy, pero todo bajo el imperio sonoro de la AM.

La calidad de este sistema siempre fue limitada. Al ser un sonido plano y opaco, apenas se alcanzaban a distinguir los instrumentos con nitidez; su estrecho ancho de banda no daba para enviar frecuencias muy agudas y resultaba sumamente sensible a la interferencia. Si alguien encendía el refrigerador o la lavadora en casa, un zumbido de fondo invadía la transmisión; incluso el simple hecho de caminar cerca de un aparato portátil alteraba la recepción. Al no haber otra forma de conocer los éxitos del momento, nos acoplábamos a esas limitantes. Las canciones complejas de Steely Dan no podían ser apreciadas a fondo. Escucharlas ahí era como observar una obra de Leonardo da Vinci a través de un cristal empañado.

Aquellos temas que se grababan con un detalle y una perfección obsesiva eran castigados por la tecnología de la AM, que volvía imperceptibles los matices más finos. Agrupaciones como Fleetwood Mac o Pink Floyd, que incorporaban efectos tridimensionales y paneos, perdían toda su gracia, pues el estéreo no existía en esa banda. En teoría, la transmisión de música por AM poseía la capacidad técnica de recibir una fidelidad aceptable en altas frecuencias, permitiendo apreciar texturas ocultas que los artistas imprimían en sus obras; sin embargo, la realidad de los setenta fue muy distinta.

La señal de una estación en AM ocupa un ancho de banda equivalente al doble de la frecuencia con la que transmite. En las ciudades grandes, ante la saturación de frecuencias, las autoridades obligaron a reducir este ancho a canales de entre 5 y 7.5 kHz para evitar que se empalmaran, castigando drásticamente la fidelidad. En nuestra Comarca Lagunera contábamos con unas doce estaciones de AM. En el cuadrante se llegaban a amontonar señales como Radio Laguna y La Divertida; esta última pasaba la música de moda en inglés, pero en el centro de Torreón era un auténtico dolor de cabeza sintonizarla. Teníamos que hacer verdaderos malabares con el aparato, moviéndolo en el ángulo correcto para captar la onda de manera decente.

Por su parte, las difusoras buscaban la forma de sonar más fuerte para ganar radioescuchas. Utilizaban trucos con procesadores de audio que alteraban el rango dinámico; lograban un impacto potente al oído, pero sacrificaban la pureza y los matices originales que los ingenieros de sonido de las bandas capturaban en el estudio.

Muchos jóvenes actuales no alcanzan a imaginar el esfuerzo que implicaba escuchar ese siseo constante, ese persistente “sonido a gis” que la estática producía mientras movíamos con cuidado la perilla buscando nuestra estación favorita. Para nosotros, en cambio, aquellas limitaciones técnicas nunca fueron un obstáculo; al contrario, agudizaron nuestro sentido del oído y alimentaron nuestra pasión. Aprendimos a descifrar las canciones entre el ruido de fondo, a valorar cada nota que lograba abrirse paso a través de la estática y a conectar con la esencia de la música, más allá de la fidelidad del receptor. Cada melodía capturada en esas condiciones se convertía en un trofeo, en una joya musical que apreciábamos con el alma. La radio AM no solo nos transmitía sonidos, nos enseñó a escuchar de verdad, a desarrollar una paciencia y una devoción por la música que las generaciones actuales, acostumbradas a la inmediatez y a la perfección digital del streaming, difícilmente podrán comprender.

Pero la magia de la radio portátil, con ese timbre agudo que recordaba a la bocina de un teléfono, radicaba en que uno, como radioescucha contumaz, completaba los detalles ausentes con la mente. ¡Uno disfrutaba la música imaginando y complementando los sonidos ocultos! Esa era la verdadera mística de los setenta. Escuchabas el tema en la AM, descubrías en voz del locutor el nombre de la pista y el intérprete, y si te atrapaba, ibas corriendo a comprar el vinilo sencillo de 45 revoluciones por minuto para descubrir, ahora sí, todo lo que la radio te había ocultado y reproducirlo cuantas veces quisieras.

Todavía hoy —y el efecto es cada vez mayor— seguimos descubriendo frecuencias escondidas en la música de los sesenta, setenta y ochenta. Aquellos sonidos que quedaron atrapados en cintas analógicas continúan revelando detalles que estuvieron en la sombra por décadas: el golpe de la madera de un instrumento o la respiración misma del cantante antes de soltar un verso. Hoy, con audífonos modernos, es posible sentir que estás dentro de la sala de grabación, con los coros al frente, la batería a tu espalda y los efectos del sintetizador girando a tu alrededor. Ya no se trata solo de izquierda y derecha; la tecnología nos permite escuchar la música del pasado en 360 grados.

Es hermoso saber que toda aquella música se grabó con la máxima exigencia técnica, desafiando a los receptores económicos de la época. Hoy, esas grabaciones se destapan como quien abre un cofre del tesoro, permitiéndonos apreciarlas con tanta claridad, como si el artista la estuviera tocando en vivo frente a nosotros.

No olvides sintonizarnos a través de Radio Torreón 96.3 FM todos los miércoles a las 20:00 horas, ¡donde viajaremos juntos por la década dorada!

Contacto: saulgarciamtz@hotmail.com

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