Aunque el amor duela
Aceptar lo inaceptable es lo de hoy. Dejamos pasar tanto, permitimos el cinismo en su máxima expresión, nos cuentan mentiras a sabiendas de que nos percatamos de ellas y lo hacen con tal desparpajo que raya en la burla. Lo peor es que ya no nos sentimos sorprendidos.
Es como si nos hubieran inoculado, como si debajo de la piel ya no existiera el alma. Normalizamos todo: muertes, desaparecidos, robos, conductas aberrantes, racismo, corrupción, injusticias. Sí, sé que todo ello nos ha acompañado como humanidad, pero hoy ha adquirido una dimensión distinta. La inmediatez de la información, las historias detalladas, las gráficas, los videos, nos sobrepasan y han contribuido a ello.
Se da entonces un efecto paradójico. Ya nada nos conmueve, nada nos perturba, inquieta, altera o nos sacude fuertemente y, si acaso así ocurriera, lo que se cuenta es una historia interminable, donde un acontecimiento sucede a otro con tal rapidez que no nos permite asimilar una conmoción cuando ya tenemos otra ocurriendo.
A eso se le llama insensibilidad social o adormecimiento psíquico. Ocurre cuando la exposición constante a tragedias, violencia o noticias dolorosas va apagando la empatía colectiva y generando indiferencia. La repetición de hechos dramáticos hace que la sociedad se acostumbre y reaccione con menos intensidad emocional.
El adormecimiento psíquico se da cuando, en lugar de sentir más, sentimos menos. Cuando las tragedias colectivas no nos permiten identificar a las víctimas y, al no humanizarlas, las percibimos con más indiferencia. Además, las nuevas reglas que protegen la identidad contribuyen en algo, porque no es lo mismo que Juan N muera casi de manera anónima a que Juan, con sus dos apellidos, haya perdido la vida. Entiendo que tiene un propósito hacerlo de esa forma, pero lo que preocupa es que borramos el quién para darle paso al qué y al cómo; así es como le hemos ido restando importancia a la vida.
No he podido dormir pensando en las víctimas de la mina de Concordia, imaginando el dolor intenso de su familia y amigos. Pienso en el miedo que debieron haber experimentado, en la adrenalina que inundó su cuerpo, en sus miradas de desconcierto. Me sobrecoge el sólo imaginarlo.
Ejemplos de la barbarie en la que vivimos abundan, pero quedarse ahí, en el reconocimiento de que algo no anda bien, no contribuye en nada a la esperanza, a la reconstrucción del ser. Cambiar el rumbo del mundo es una tarea titánica, pero cambiar el mundo interior de cada uno de nosotros sí es posible. ¿Y qué necesitamos para ello? Querer hacerlo, darnos cuenta de que hemos caído en ese adormecimiento que nos hace ser indiferentes.
Algo ocurre cuando te das cuenta de que sí necesitas a los demás, que el amor salva, que su fuerza es tan poderosa que incita a la transformación. Amar a quienes nos aman es lo más fácil del mundo, pero amar a quien no conocemos es la gran tarea. Amar sólo por amar, sin prejuicios, sin distinciones. Amar te lleva a querer lo mejor para los otros, no con el romanticismo ramplón de corazones y palomos besándose, sino con los pies en la tierra de los que no tienen nombre, de los desprotegidos, los olvidados, los relegados, los que se van de este mundo sin una mano cálida que los sostenga en su transición, los que rechazamos a priori porque consideramos que son distintos a nosotros.
No sé qué tenga que pasar para convencernos de que todos hemos contribuido a hacer de este mundo una selva donde prevalece la ley del más fuerte y poderoso, donde millones de personas sólo se dedican a sobrevivir porque sus circunstancias no les permiten nada más.
Y no, no es pesimismo, es realidad que abruma. Me da miedo pensar que mañana se me va a olvidar este dolor que no tiene una única razón de ser, sino que hay millones de razones para experimentarlo. Pero como nada es para siempre, la vigilia de la conciencia se desvanece y la inquietud se disipará en cuanto vea la cara de mis hijos, en cuanto disfrute una reunión con mis amigas o en cuanto la lectura de un libro me atrape. Entiendo que así tiene que ser porque sería una locura vivir angustiada. Intentémoslo: amemos, aunque el amor duela.
X: @mpamanes