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'Barro y cerámica en México. Poéticas de lo utilitario'. El lenguaje expansivo de la materia primordial

690 piezas reunidas en el Palacio de Iturbide narran la historia de un material que ha transitado lo mitológico, lo tradicional, lo industrial y lo artístico.

Imagen Ana Sofía Mendoza.

Imagen Ana Sofía Mendoza.

ANA SOFÍA MENDOZA DÍAZ

La humanidad nació del barro. Los sumerios, la primera civilización que dejó la vida nómada para establecerse en una región delimitada (Mesopotamia), le deben gran parte de su éxito a la mezcla de tierra, agua, fuego y aire: las casas de adobe les dieron cobijo, las vasijas les brindaron alimento y las tablillas de escritura les permitieron narrar su propia historia. Por eso no es de extrañarse que, en su mitología, el dios Enki haya creado al ser humano a partir de la arcilla.

El mismo mito se ha repetido en múltiples culturas a lo largo y ancho del mundo: en Egipto, Jnum dio origen a nuestra especie con su torno de alfarero; en Grecia, Prometeo moldeó el cuerpo de los hombres con barro y Atenea les dotó del soplo vital; en China, la diosa Nüwa formó a la humanidad con arcilla del río Amarillo; en Mesoamérica, la tradición maya indica que Tepeu y Kukulkán hicieron su primer intento de ser humano con este noble material.

En aquella antigüedad, el barro abarcaba de las esferas más ordinarias a las más elevadas de la vida. Estaba presente en la cotidianidad, a través de utensilios como cuencos o vasijas, y en la espiritualidad, a través de objetos ritualísticos.

Pero con el paso de los siglos, especialmente con la expansión del pensamiento occidental, otros materiales fueron más valorados si de temas trascendentales se trataba. La piedra y los metales, por ejemplo, eran preferidos por su durabilidad para simbolizar poder. Además, su manejo se consideró más admirable al implicar mayores dificultades. Con ello, la cerámica fue relegada a lo meramente utilitario y las consideradas bellas artes avanzaron sin que se le tomara en cuenta.

Esto no significa, sin embargo, que no haya sido significativa para diversas sociedades, que no se ha yan desarrollado nuevas técnicas de producción o que no haya sido objeto de búsquedas estéticas innovado ras. Simplemente, su relevancia cultural se desestimó por mucho tiempo en el mundo del arte y el diseño.

No obstante, desde la segunda mitad del siglo pasado se ha revalorizado la cerámica como un medio de expresión estética con múltiples posibilidades, y en México se ha mirado con nuevos ojos su rica historia, desde sus manifestaciones precolombinas hasta la era industrial y el arte contemporáneo. Esa mirada es la que proyecta la exposición Barro y cerámica en México. Poéticas de lo utilitario, organizada por el Banco Nacional de México, a través de Patrimonio y Fomento Cultural Banamex.

La muestra, que estará disponible hasta el 13 de septiembre de 2026 en el Palacio de Iturbide, en el centro histórico de Ciudad de México, reúne 690 pie zas que dan cuenta de la evolución —y permanencia— de esta técnica ancestral en nuestro país.

Piezas de José Feher e Ian Otto Knizek. Imagen: Ana Sofía Mendoza.
Piezas de José Feher e Ian Otto Knizek. Imagen: Ana Sofía Mendoza.

REVITALIZACIÓN DE LO TRADICIONAL

El curador de arte José David Miranda sitúa el origen del renovado interés mexicano por la cerámica en la década de los cincuenta, cuando surgieron diversos talleres para promover el aprendizaje del oficio, entre ellos el de la Universidad Iberoamericana y el de la Escuela de Diseño y Artesanías del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).

A la par, figuras como el pintor José Feher o el ingeniero químico Ian Otto Knízek ampliaron las posibilidades plásticas del barro desde distintos frentes. El primero, por ejemplo, imprimió un lenguaje pictórico vanguardista sobre piezas inspiradas en objetos mesoamericanos. El segundo, por su parte, fue capaz de desarrollar distintos efectos —texturas, vidriados metálicos, iridiscencias— sobre las superficies de cerámica gracias a sus investigaciones en materiales.

Otro avance vital fue la construcción del primer horno de alta temperatura en el país. El artista estadounidense James Edwards, quien se había instalado en Guadalajara, Jalisco, en 1955, construyó el horno entre 1957 y 1958, y dio rienda suelta a la experimentación con esmaltes y formas de cocción que solo eran posibles con esa tecnología. A es tos hallazgos incorporó técnicas tradicionales que aprendió en Tonalá, como el bruñido.

El potencial de la alta temperatura pronto fue explota do por artistas como Jorge Wilmot, uno de sus principales impulsores en el país.

De este modo, la experimentación plástica, la prolifera ción de talleres y los avances técnicos borraron la tajante línea que hasta entonces había separado a la cerámica del arte. Poco a poco, esta comenzó a hacerse presente en galerías y museos.

Poéticas de lo utilitario, por supuesto, presenta ejemplares de esta época clave en la historia de la alfarería mexicana, pero lo interesante es que también guarda una muestra de lo que ocurrió en las décadas y siglos anteriores, lo que surgió después y lo que transcurrió de forma paralela.

Figuras producidas por Cerámica de Cuernavaca en la década de 1980, basadas en modelos de la fábrica LOFISA. Imagen: Ana Sofía Mendoza.
Figuras producidas por Cerámica de Cuernavaca en la década de 1980, basadas en modelos de la fábrica LOFISA. Imagen: Ana Sofía Mendoza.

ARTE INDÍGENA Y POPULAR

Las piezas de barro más antiguas en México se remontan a las culturas precolombinas. Son pocas las figuras en la exposición que pertenecen a este periodo, pero su presencia permite dimensionar cómo el arte indígena ha sido un medio para preservar las culturas de los pueblos originarios. Cajetes, platos, esculturas y otros objetos con viven armónicamente uno al lado del otro, sin importar que unos daten de la época prehispánica, otros del siglo XX y otros más del año pasado.

La museografía hace una distinción clara entre esta tradición alfarera y el arte popular, pues considera a este último propio del mestizaje que se desarrolló durante el Virreinato.

Es importante destacar que no solo la cultura española influenció la cerámica de esta época —integrando en ella motivos católicos, por ejemplo—, sino también la asiática a través de la ruta comercial del Galeón de Manila. La porcelana china que llegó a la Nueva España vía marítima, durante alrededor de 250 años, tuvo un impacto en la estética de la loza que se fabricaba en el ahora territorio mexicano, la cual alcanzó una calidad sumamente refinada.

Otra influencia relevante provino de los esclavos africanos que los españoles trajeron consigo. En particular, aquellos que lograron escapar de la esclavitud dejaron legado de su cultura en la arcilla.

La cerámica novohispana tuvo influencias asíaticas gracias a la ruta del Galeón de Manila. Imagen: Ana Sofía Mendoza.
La cerámica novohispana tuvo influencias asíaticas gracias a la ruta del Galeón de Manila. Imagen: Ana Sofía Mendoza.

AUTORÍA Y DEMOCRATIZACIÓN

En la primera mitad del siglo XX ocurrieron dos fenómenos que marcaron la producción de cerámica en México: la fabricación en se rie y la noción de autoría ahí donde nunca se había considerado relevante.

En la década de 1920, la fábrica del Niño Perdido —fundada en 1849— fue la primera en utilizar maquinaria en un proceso que hasta entonces había sido meramente artesanal. Le siguieron otras empresas como El Ánfora, LOFISA o Nueva San Isidro, que incluso ingresaron al mercado internacional con vajillas y figuras decorativas producidas en serie y que hoy permanecen en la memoria colectiva de varias generaciones, pues llegaron a las vitrinas de las abuelitas a lo largo y ancho de todo México.

De forma paralela a esta industrialización, en los años veinte también se comenzó a valorar la autoría de las piezas que se siguieron elaborando de manera arte sanal, principalmente luego de la exposición Las artes populares en México (1921) organizada por Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl, en conjunto con artistas como Diego Rivera y Roberto Montenegro. Los ceramistas —o los talleres que dirigían— imprimieron un sello distintivo a sus productos. Balbino Lucano Díaz, por ejemplo, se distinguió por usar el petatillo, un entramado de líneas finas que hacía más complejos los patrones de sus obras.

Dentro de esta corriente autoral también surgieron proyectos que combinaron lo tradicionalmente mexicano con tendencias globales, una respuesta natural a la modernización que se impulsó en México entre 1930 y 1950, la cual atrajo a mucho turismo interna cional. En este ambiente, la Alfarería Jiménez se caracterizaba por combinar motivos mesoamericanos con art déco y Cerámica Suro destacaba por sus diseños modernos inspirados en los patrones nahuas del papel amate.

Piezas de cerámica contemporánea 1. Imagen: Ana Sofía Mendoza.
Piezas de cerámica contemporánea 1. Imagen: Ana Sofía Mendoza.

FENÓMENO CONTEMPORÁNEO

A partir de la segunda mitad del siglo XX, como se mencionó anteriormente, la cerámica se reveló como fuente de múltiples lenguajes por descubrir. En 1970, la obra de Gustavo Pérez fue un punto de inflexión que desdibujó como nunca los límites entre artesanía, diseño y arte. Su aproximación hacia el material fue mucho más escultórica —y hasta arquitectónica— que la de sus predecesores y esto le valió el reconocimiento internacional. Su manera de modelar va más allá de buscar una estética moderna, pues su trabajo invita a reflexionar sobre las bondades del error, el azar como agente creativo y la armonía de las formas y los espacios, dejando la función utilitaria en un muy segundo plano.

Actualmente se han multiplicado las búsquedas expresivas que utilizan la cerámica como principal medio. Una sustanciosa muestra de ellas se encuentra en … Poéticas de lo utilitario, donde un variopinto conjunto de obras demuestra al espectador que las posibilidades son infinitas.

Aquel barro ancestral que guardaba agua y alimento hoy se abre paso como una pieza importante del diseño y el arte contemporáneos. Su cualidad siempre mutable le permite tomar la forma de mobiliario vanguardista, fuentes de iluminación, geometrías audaces, criaturas fantásticas, complementos arquitectónicos, instalaciones artísticas y hasta personajes de cómic.

Barro y cerámica en México. Poéticas de lo utilitario nos recuerda que ningún material es, por sí mismo, menor, y que lo sencillo y lo sublime pueden estar he chos de la misma tierra.

amendoza@elsiglo.mx

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