Bésame mucho
En la dulce sensación de un beso mordelón quisiera...
Según su biografía, Consuelito Velázquez, en 1932, apenas cumplidos los dieciueve años y sin haber sido besada nunca antes, escribió “Bésame mucho”. En una época en la que besar se consideraba grave pecado contra la pureza, la canción debe haber suscitado severas críticas contra la autora.
“Te va a pesar”, sentenció un enamorado a mi abuela cuando le negó el beso que pedía. “Pues cuando me pese, lo tiro, pero a ti no te lo doy”, le respondió ella al atrevido. “¿No lo amabas?”, le pregunté. “Pues sí, hija, pero eran los tiempos en que Los Churumbeles cantaban: ‘La española cuando besa/ es que besa de verdad/ Y a ninguna le interesa/ besar por frivolidad’”. ¿En qué labios depositaría mi abuela aquel beso que le negó al amado?
Besar era cosa seria, pero sobre todo íntima y pudorosa. El famoso happy ending consistía en el único beso con que los amantes marcaban el fin de la película. Ahora que si los besos se anticipaban, en la escena siguiente la besada aparecía con un chiquillo en los brazos.
Escuchar el viejo bolero, imprescindible entre los amantes de la música romántica como yo, convoca los luminosos caminos del amor y su puerta de entrada, que son los besos.
Como en La bella durmiente, las niñas antiguas esperábamos al príncipe que nos despertaría con un beso. Mi príncipe fue un adolescente flacucho y malcriado que jugando escondidillas, me encontró. Aprovechando que nadie nos veía, me plantó un beso. ¡Ay, me encantó!
Aquel beso tímido, asustadizo, por curiosidad más que otra cosa, inauguró la temporada de besos que vendría a consolidarse en las matinés. Dos películas y permanencia voluntaria en la penumbra del cine, que ofrecía el espacio ideal para el aprendizaje: “Y te enseñé a besar/ con besos míos inventados por mí para tu boca”, escribió Gabriela Mistral, quien, según imagino, amó en secreto, porque hasta donde se sabe nunca se le conoció un amante.
En el verano llegaron los besos impetuosos, de esos que comienzan en la nuca, bajan por el cuello, los hombros… besos que levantan la tapa de los sexos y… “cierra la puerta con llave”. Besos que siempre lo dejan a uno con ganas de más. ¡Ay!, esos también me encantaron.
Con el tiempo llegó la ternura de otros besos: suaves, dulces, juguetones, de piquito, de esquimal, de buenas noches, de “pórtate bien”. “No hay que malgastar los besos porque se acaban y luego ya no hay”, les decía yo a mis niños. Y se acabaron. Los niños se fueron con sus besos a otra parte. Y luego sucede la vida. Llega el otoño con sus besos conyugales que con frecuencia están más interesados en el futbol. Sólo se me ocurre una cosa que ha podido privarme de los besos salvajes: la vida real.
Pienso en el tiempo que ha pasado desde que no recibo ni doy más que besos al aire, besos sociales que se desperdigan como confeti entre las amigas. Besos como esas mentitas que obsequian a la salida de los restaurantes y olvidamos en el bolsillo del abrigo.
Ahora, llegado el otoño, sólo me quedan los besos salvajes, esos que muerden, devoran, penetran —“mucho sexo y tan poco amor”, escribió Octavio Paz en el magnífico ensayo La llama doble—, y que veo en las películas que nada dejan a la imaginación.
Es natural que mi cariño, huérfano de besos, busque donde estar. Ante la sequía, se me ocurre que voy a pararme en una estación del metro con los brazos abiertos, los ojos tapados y un letrero que diga: “Se reciben besos”. Algo caerá.
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