Callejón B
De muchas maneras, los libros acaban llevándolo a uno a verse a sí mismo. Por lo que le dicen o por la actitud que uno planta frente a ellos, los libros se vuelven la conciencia propia durante la relación de la inteligencia con lo acumulado en sus hojas o hasta con su ser objeto.
Hace años, la lectura de Entre el esplendor y el ocaso algodonero, de Javier Ramos Salas, que trata sobre el desarrollo de Torreón, me hizo una sugerencia que apenas recientemente atendí. Se trata de una evocación del callejón B, de la calle o avenida B que yo conocí, en mis años incipientes, con el nombre simple y popular de “el callejón”.
La ciudad que fue famosa por sus calles anchas del centro histórico, tiene entre la cuadrícula de sus manzanas, callejones que le fueron surgiendo después del trazo inaugural. A uno de ellos, cercano a las vialidades primigenias y a la Plaza de Armas, vienen acercando los párrafos de este texto.
El viejo callejón aún se llama indistintamente avenida B y calle B, según placas y banderolas de la nomenclatura urbana. Corre de oriente a poniente en la colonia Ana, polígono que tiene como límites los bulevares Independencia y Constitución; en el poniente, la calle Juan Antonio de la Fuente y, en su extremo oriente, la calle Acuña. Así, la colonia Ana suma alrededor de 15 manzanas de dimensiones irregulares.
Hablé de evocación acerca de la calle o avenida B porque cuando leí el libro de Ramos Salas me encontré un plano de la colonia Ana en el que no aparece la arteria de mis días infantiles. Esto me intrigó porque, en ese callejón, en su lado norte y entre las calles Rodríguez y Cepeda, se desmoronaban cada hora los adobes del ruinoso corralón donde vivíamos cuando yo tenía alrededor de cinco años de edad. En planos posteriores de Torreón, el callejón B ya registró su existencia.
La geografía de la colonia Ana mantiene su forma de trapezoide. Por el centro la taja la Álvaro Obregón, desde la Ramos Arizpe hasta la Rodríguez. El plano de 1931 la registra como avenida Central. El lado norte de la colonia permaneció como en los planos iniciales; en el lado sur, los lotes fueron tajados con una cesárea de la Juan Antonio de la Fuente a la Acuña para que naciera el callejón.
Es sabido que se les llama avenidas a las arterias urbanas del centro histórico de Torreón que van de poniente a oriente o al revés; calles, a las de sur a norte o viceversa. El callejón B de esta reminiscencia tiene una longitud de solo cinco cuadras. Su ancho es apenas de diez pasos. Sus banquetas son necesariamente estrechas, aunque en algunas casas la finca se corrió hacia atrás, no para ampliar la banqueta, sino para disponer de cochera: la dictadura del automóvil.
Ya mencioné que la nomenclatura urbana está pintada en dos soportes, placas y banderolas. Por supuesto, las primeras están enquistadas en paredes; las otras, plantadas en algunas esquinas. Ambas ofrecen curiosidades. Por ejemplo, una placa dice, con mayúsculas todas, Calle B; las banderolas, también con mayúsculas, identifican al callejón como Av. B. Para los diseñadores resultó igual calle o avenida a pesar de la norma del centro histórico.
No es todo. Las placas conservan el viejo nombre de la colonia y la llaman Ana; las banderolas, seguramente generosas, le obsequiaron una “n”, así que su apelativo luce dos enes (como Anna Netrebko). Pero otra vez no es todo: algunas banderolas no mencionan al polígono como colonia, sino como —todas mayúsculas— fraccionamiento: Fracc Ana (sic).
La vida es una fuente de sugerencias que manan pródigamente para que alguien la diga; de pronto, no toda la vida, basta una callecita, una callejuela, si se le mira con las entrañas y con la razón. Mis cualidades no alcanzan para decir la totalidad de la vida, para eso hay que ser filósofo, así que me constreñí al callejón donde viví de muy niño.