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YAMI DARWICH

Nadie pone en duda que atravesamos por un cambio radical en nuestras formas de convivir; incluya todos los aspectos de la vida, re jerarquizando lo que antes aceptábamos como bueno.

Quizá sea uno de los fundamentos del llamado "choque generacional". Buen tema para este iniciado 2026.

Ciertamente, las generaciones del siglo pasado sufrimos tales cambios en los usos y las costumbres sociales, que se dan aproximadamente cada veinte años; con ellos, vivimos los desencuentros entre jóvenes y mayores; como ejemplo: hoy en día no aceptamos la palabra viejo o anciano, preferimos "adulto mayor".

Nunca, como ahora, el choque valorativo entre lo "bueno o malo" es controversial y, para ello, influyen los cambios vertiginosos en la comunicación humana, que han acelerado y multiplicado la información, reflexión y evaluación del comportamiento.

Ni qué decir de la velocidad, transformada en instantánea y más allá: la digitalización, los procesadores, redes inalámbricas e intercomunicadas y la alfabetización numérica, hasta llegar a la cuántica.

Ahora, las nuevas generaciones enfrentan retos agrandados; esos que nosotros -los "mayores"- encaramos con relativa dificultad, sin la intensidad, profundidad y rapidez que ellos deben alcanzar.

Los principios de convivencia ahora son reconsiderados con una nueva ponderación en los valores tradicionales locales, gracias a la intercomunicación mundial.

Anteriormente, era más sencillo vivir en un medio social/político/religioso sin grandes influencias de filosofías y religiones remotas, -casos del islamismo o hinduismo-; solo algunos las exploraban correctamente, fluyendo la vida sin grandes choques y/o reflexión.

Hoy día, recibimos información que pone todo en tela de juicio, polarizando posturas culturales del occidental anterior.

Ni los cristianos somos tan buenos como nos enseñaron o malos los musulmanes; los rusos o chinos son igualmente creativos e innovadores, más de lo que creíamos los occidentales.

El trato familiar era más cercano; el respeto a los mayores se expresaba en forma distinta a las de hoy; escuchar y hasta someterse a la autoridad de los padres era indiscutible, debido a que no teníamos las fuertes influencias culturales de otros países, caso de las norteamericanas o europeas, con los enajenadores smartphone; los jóvenes transcurríamos la adolescencia en muy diferentes ambientes. Pregunte a sus padres o abuelos.

La economía familiar estaba ordenada por los ingresos, con créditos limitados; hoy día promueven el endeudamiento, peligrando el patrimonio construido durante años.

¿Quién iba a imaginar que un teléfono inteligente facilitara las compras innecesarias, hasta recibirlas en los domicilios? Ni qué decir de la sobreoferta engatusadora con tarjetas bancarias.

En política, poco participábamos por falta de educación e información. Los votantes dejábamos de cumplir con nuestras responsabilidades civiles justificando nuestra postura, repudiando al sistema dictatorial disfrazado de democracia. Por cierto, ahora estamos desinformados y además sometidos con descaro.

También vivíamos crisis económicas en un sistema cerrado, que nos alejaba de la realidad, disfrutando del "dulce placer de la inconsciencia", aunque también nos empobrecieron y generaron quiebras comerciales y miseria.

Iniciando el segundo cuarto del siglo XXI, las amenazas en política, economía y ecología son mayores, calificadas por algunos como catastróficas.

El sistema político/económico/social mundial está agotado y requiere cambios que, solamente obligándolos aceptaran los cabecillas, agrediéndose entre ellos. Politiquería plena.

Nouriel Roubini, turco estadounidense, economista de reconocimiento mundial, menciona las mega tendencias que nos amenazan.

Advierto: algunos lo catalogan como un pensador catastrofista.

Analiza el envejecimiento de la población mundial, que afecta a mercados internacionales y presupuestos nacionales. Menos trabajadores, más jubilados, son realidades económicas empobrecedoras.

La migración de pobres a países ricos buscando oportunidades de vida, ejerciendo presiones económicas, sociales y políticas en los países receptores. Nosotros lo sufrimos en carne propia.

La reaparición de políticas proteccionistas, en una globalización que ejerce presiones y pocas alternativas de solución. En México, obstruimos el desarrollo nacional y la productividad, favorecemos la dependencia económica de muchos codiciando sus votos, promoviendo la aparición de más improductivos y pobres. ¿Intencionalmente?

Vivimos las amenazas de populistas -Trump y Putin- y las consecuencias de sus acciones ejerciendo poder irracional. Se rigen por el "solo por hoy político".

El rompimiento de las leyes de comunicación y respeto entre representantes de relaciones exteriores rompen las negociaciones de relaciones internacionales, algo altamente peligroso. Recuerde a Trump y sus respuestas a europeos o chinos.

Las guerras financieras que afectan a todos, ricos y pobres.

La destrucción ecológica y la mala atención del problema.

La amenaza -en salud y economía- por posibles nuevas pandemias.

La creciente desigualdad entre ricos y pobres, incluso al interior de las naciones.

Los ciberataques que, con su poder para dañar son novedades substitutas en las destrucciones bélicas.

Preparémonos como ciudadanos; nos queda reaccionar y cuidarnos: revise y ajuste gastos, suprima lo superfluo, no deje que abusen de usted imponiéndole créditos innecesarios; planee reparaciones y compras del hogar, ejerza medicina preventiva; ahorre y, sobre todo, genere consciencia y solidaridad entre sus familiares jóvenes.

¿Prevenimos?

ydarwich@ual.mx

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