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Reportaje

Cantar el desierto: cien años de la poeta Adela Ayala

Nacida en San Pedro de las Colonias, pero afincada la mayor parte de su vida en Gómez Palacio, Adela Ayala dejó una gran huella en la región con poemas como “Canto al desierto”, “Bienvenido” o “Muchacho”.

Ilustración: Joss Díaz

Ilustración: Joss Díaz

SAÚL RODRÍGUEZ

Su recuerdo es una espiga que apunta al corazón del sol, enraizada en una tierra que se niega a olvidarla. Sobre ese barro seco decidió caminar. Anduvo como peregrina, de San Pedro de las Colonias a Gómez Palacio, de aquí para allá. Un día, Adela Ayala observó cómo una mano de sombra cubrió al desierto. En medio de ese silencio empolvado se le encendieron las estrellas. Entonces pensó que tal vez la noche podía cantar. Debió ser así. Debió ser una noche de voz profunda. 

En el centro de Torreón, don Jesús Campos atiende la librería El Principito sobre la avenida Juárez, casi esquina con la calle Galeana. Es la mañana de un sábado primaveral. Desde la época de la pandemia por covid-19, el librero prefiere ofrecer los libros usados afuera del local. “Pásele, estamos rebajando precios”. Sólo permite a que el cliente entre si tiene claro lo que busca. En esta ocasión, le ha tocado un necio lector que le asegura que los libros lo encuentran a uno y no al contrario. Su entusiasmo lo convence. Don Jesús le permite entrar a la librería y hurgar por unos minutos en una mesa. 

—Me llevo este. 

—¡Ah, mira! Te estaba esperando. 

—¿Usted la conoció? 

—¿A quién? 

—A ella: Adela Ayala. 

—No, nomás he escuchado su nombre. 

El libro que brota entre los demás volúmenes es Espigas, poemario de Adela Ayala publicado por primera vez en 1969, pero que ahora aparece en una reedición publicada en 1981 por el Ayuntamiento de Torreón y la Federación Editorial Mexicana (FRM). Adela no vio esta edición; falleció en 1979. Desde entonces, su voz quedó atrapada entre esas pastas verdes ilustradas por el artista Raúl Esparza. 

El lector entiende: hay que despertar a Adela, hojear el libro, oler el tiempo de sus páginas. Ahí está su poesía, su voz, la noche que canta: “¿Oyes? La noche canta… / Te me acercas, cual siempre, en el recuerdo / y me estrecho al etéreo pensamiento / con ternura de lágrima”. 

Don Jesús toma un billete de 50 pesos a cambio del libro. Sonríe. Le desea un buen día al necio lector. Ninguno de los dos adivina que cuatro días después, las obras en un terreno contiguo harán que el techo del viejo edificio de la librería colapse, que don Jesús, bañado en polvo, saldrá ileso de milagro y que un montón de escombros sepultarán la mesa de libros donde apareció Espigas. 

En Discusión (1932), Jorge Luis Borges hablaba de la supersticiosa ética del lector. Supersticioso sería pensar que, prediciendo la tragedia, la voz de Adela encerrada en el poemario llamó a un nuevo lector para salvarse. 

Adela Ayala. Foto: Archivo El Siglo de Torreón
Adela Ayala. Foto: Archivo El Siglo de Torreón

NACIMIENTO DE UNA POETA 

En el seno de una familia con orígenes viesquenses, Adela Ayala Vaquera nació el miércoles 26 de mayo de 1926 en San Pedro de las Colonias, Coahuila. Sus padres fueron don Alejandro F. Ayala y doña Adelina Vaquera, y tuvo una hermana mayor de nombre Flavia. Cursó la primaria en la Escuela Benito Juárez. Más tarde, luego de que su madre muriera, se mudó junto a su familia a Gómez Palacio. Adela ingresó entonces al Colegio del Sagrado Corazón de Jesús (hoy Primo de Verdad), en Ciudad Lerdo, donde la poesía se cruzó en su camino. 

En una entrevista concedida a Miguel Ángel Ruelas y publicada en El Siglo de Torreón el 19 de octubre de 1978, Adela Ayala comparte que en cierta ocasión le encargaron un trabajo escolar sobre la madre. Ella había perdido a la suya y una tristeza la habitaba. Entonces escribió algo que le salió de “un sentimiento contemplado”; fueron sus primeros versos. 

Agustín Basave Fernández del Valle, en el prólogo de su libro ¿Qué es la poesía? Introducción filosófica a la poética (FCE, 2002) escribe: “El poeta recibe la realidad y nos la devuelve convertida en arte”. Junto a un grupo de amigas, Adela participó en el periódico escolar recién fundado de su colegio. Le pidieron una colaboración; decidió escribirla en verso. Pero también decidió versar los primeros romances de sus compañeras: que si alguna se veía con un joven, que si se iban al parque, que si paseaban por ahí. Adela era cauta, escondía las hojas de esos poemas en los rincones del edificio para evitar ser regañada por las monjas. 

“Y un día la directora nos dijo: ‘Quiero hablar con las que hacen aquí el periodiquito’. Y ahí vamos, todas asustadas. Esperábamos una regañada, pero para nuestra sorpresa nos dijo: ‘Así que ustedes son las editoras, pues las felicito, porque lo están haciendo muy bien. Pero también quiero regañarlas, porque hace tiempo no me lo enseñan. ¿Qué ha pasado?’. Ese periodiquito recogió mis primeras cosechas literarias”, relata Adela a Miguel Ángel Ruelas. 

El que la sampetrina se interesara por versar su realidad no fue un talento surgido de la nada. Ella misma había heredado de su padre el gusto por la poesía. Don Alejandro F. Ayala tenía afición por los versos de poetas como Amado Nervo. Le compraba libros a Flavia, su hija mayor, para que esta se los compartiera a Adela, quien adoptó el gusto por la lectura al grado de llevarse volúmenes completos a su habitación para leerlos antes de dormir y resguardarlos bajo su almohada. 

“Alguien nos recordará / lo afirmo / incluso en otro tiempo”, escribe la poeta griega Safo en uno de sus fragmentos. El Archivo Histórico de la Universidad Iberoamericana Torreón resguarda el Fondo Adela Ayala. En total son ocho cajas con documentos, libretas, fotografías, libros, textos en taquigrafía pitman, hojas con sus poemas y demás pertenencias de la poeta. Allí existe otra entrevista mecanografiada en dos hojas, sin fecha y sin el nombre del entrevistador, que también aporta datos reveladores sobre su pensamiento poético. 

“¿Qué es la poesía para usted?”, le pregunta en primera instancia el entrevistador. “Una de mis maestras acostumbraba a decir que la poesía era ‘la flor de la vida’. Recuerdo que mi padre la describió como ‘pensar alto y sentir hondo’. Para mí es lo cotidiano; encuentro belleza en variadas formas en el transcurso del día: en las emociones humanas, en las vivencias, en la naturaleza y especialmente en mi diario trato con los niños. Siento que me participan algo de su frescura y sencillez”, responde Adela. 

Las hermanas Adela y Flavia Ayala. Foto: Cortesía Familia Jamieson Ayala
Las hermanas Adela y Flavia Ayala. Foto: Cortesía Familia Jamieson Ayala

En ese mismo diálogo añade que, para ella, la poesía representa una forma de expresión; su utilidad radica en “embellecer la vida, elevar el espíritu y comunicarnos con los demás a través del sentimiento. Recuerdo que en una ocasión leí que si el mundo llegara desgraciadamente a perder a Dios y la fe en los valores humanos, aún le quedaría la poesía”. 

Pronto las ideas poéticas de Adela dieron frutos. Al tiempo que trabajó en el IMSS de Gómez Palacio y como maestra, buscó palabras en la belleza de las cosas. En 1963 obtuvo una mención honorífica en los VIII Juegos Florales de la Ciudad de Durango gracias a su poema “Elogio al capitán don Francisco de Ibarra”, en honor del explorador español que fundó el Reino de la Nueva Vizcaya y la villa de Durango. 

En 1964 publicó Poemas, su primer libro editado por la Impulsora de Arte Teatral. El 15 de julio de ese año, Manuel Bernal, una de las voces radiofónicas más aclamadas del momento en México y conocido como “el Declamador de América”, se presentó en el Teatro Mayrán (Teatro Alfonso Garibay) y recitó los versos de este volumen. Adela presenció esa noche cómo La Laguna fue cubierta por sus palabras. 

“Fue un evento a reventar y ella, con cierta candidez y timidez, decía: ‘Es que probablemente a nadie le interesa escuchar esto que yo he escrito’. Y pues no, la verdad tuvo mucha gente que la apoyó, que la admiró, y qué bueno que, a pesar del siglo que estamos conmemorando, hay esta posibilidad de traerla hoy en día”, relata su sobrina Flavia Jamieson en una entrevista virtual desde Saltillo para Siglo Nuevo. 

La creación de Adela Ayala continuó dando frutos con libros como Espigas, publicado por el Club de Leones en 1969; el tríptico Amor, tema y variaciones, publicado por el Club de Mujeres Profesionistas y de Negocios de Gómez Palacio en 1970; el poema Canto al desierto, publicado por el Club de Mujeres Profesionistas y de Negocios de Torreón en 1975, también con viñetas de Raúl Esparza y con motivo del Año Internacional de la Mujer; En el estío (1976), con portada del maestro Ángel Rivas del Campo; Breviario (1977) y Temas infantiles, editado por el Club Rotario de Gómez Palacio en 1979, con motivo del Año Internacional del Niño, siendo el último que Adela pudo ver publicado en vida. 

Placa a las afueras del Teatro Alberto M. Alvarado. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita
Placa a las afueras del Teatro Alberto M. Alvarado. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita

Espacios como el Teatro Mayrán, el Teatro Alberto M. Alvarado, el Salón del Sindicato de la Industria Eléctrica, el Instituto 18 de Marzo, la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y la Casa de la Cultura de Durango fueron algunos de los espacios que albergaron las lecturas y recitales de Adela Ayala, muchos de ellos destinados a la beneficencia. 

A nivel nacional, en 1976, Adela fue seleccionada por la Secretaría de Comunicaciones para grabar su poesía en la Ciudad de México, en un programa televisivo patrocinado por esa institución y de nombre Imagen y música del poema. Sus versos fueron un batir de alas. Así lo exponía en unas líneas: “Sola… ¡libre!.. nube… ave… / polvo humilde… brizna de aire”. 

LA CASA DE ADELA 

En 1954, Flavia, la hermana de Adela, contrajo nupcias con el ciudadano estadounidense Garland H. Jamieson. Entonces, ambas se mudaron a Houston, Texas, donde Adela aprovechó para perfeccionar sus estudios en los idiomas inglés y francés. Cuando su situación económica mejoró, la familia adquirió un terreno en la esquina de la avenida Hidalgo y la calle Sánchez Álvarez, en el centro de Gómez Palacio, para construir un nuevo hogar. Pronto Flavia enviudó y las hermanas se hicieron compañía en este lugar. En la entrevista realizada por Miguel Ángel Ruelas, localizada en la hemeroteca de El Siglo de Torreón, se imprimen tres fotografías a color. En ellas, Adela posa en el jardín de la casa, en su estudio y en su biblioteca, donde el librero está anclado a una esquina de la sala. 

Para la elaboración de este reportaje, los sobrinos de Adela, Flavia y Garland Jamieson, permitieron a Siglo Nuevo ingresar al domicilio de la avenida Hidalgo. Este lugar, con una arquitectura típica de los años setenta, parece inmune al tiempo, aunque sí ha tenido algunas modificaciones. Por ejemplo, hasta principios de los años 2000, la casa estaba rodeada por una barda de trueno. No obstante, luego de que unos ladrones hurtaran la placa conmemorativa de bronce instalada el 30 de noviembre de 1980 con motivo del primer aniversario luctuoso de Adela y la cual se ubicaba en la fachada, la familia decidió cercar el inmueble con una barda de concreto. 

Fachada de la casa donde Adela Ayala vivió con su hermana Flavia en Gómez Palacio. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita
Fachada de la casa donde Adela Ayala vivió con su hermana Flavia en Gómez Palacio. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita

La señora Conchis trabaja para la familia desde hace más de 30 años. Es ella quien indica dónde se encontraba la placa: justo en la entrada, encima de una ventana rectangular. Tenía la siguiente inscripción: “En esta casa habitó la eximia poetisa Adela Ayala, hasta su muerte acaecida el 30 de noviembre de 1979”. Por su parte, Flavia Jamieson narra que los ladrones entraron de madrugada y no dejaron más que los agujeros de los tornillos que sostenían la lámina. 

Hoy Conchis sigue cuidando la casa. Ella misma abre la puerta luego de haber regado el jardín. A mano izquierda del pasillo se encuentra la biblioteca; es como una nube de libros flotando encima de la sala. Allí fue donde El Siglo le tomó unas de las fotografías a Adela durante aquella entrevista. Sus libros permanecen. Hay volúmenes de las grandes biografías de la historia de Grijalbo, la gran colección de la literatura universal de Gallimard Promexa, publicaciones de la editorial Austral, un volumen con la poesía completa de Amado Nervo — quizá la que solía leer su padre—, entre muchos otros. 

Flavia Jamieson también comparte el ambiente de las reuniones que las hermanas Ayala solían organizar en esta casa. A las veladas acudían personalidades como la bailaora Pilar Rioja, la cantante Amparo Montes, los escritores Joaquín Sánchez Matamoros y Enrique Mesta, la promotora y música Ernestina Gamboa, los promotores Salvador Jalife y Carlos González Domene, entre otros. 

“Y en este ámbito creo que, estas personas que estoy mencionando, empujaron luego a otras gentes más jóvenes. Por ejemplo, en el teatro, Miguel Hiram, Pedro Serrano, Rogelio Luévano, eran ya los jóvenes que iban ocupando los espacios que estas personas, entre ellas Adela Ayala, iban dejando”. 

En un rincón de la sala, poblada de retratos familiares, se encuentra la mesa donde Adela Ayala solía trabajar. Si se le ocurría una idea poética, se levantaba de la cama, encendía la lámpara de su buró e intentaba capturarla en el silencio de la noche. Lo hacía en papel, en servilletas o en lo que tuviera al alcance. Por la mañana continuaba y dejaba reposar el poema unos días. Luego lo corregía y se lo mostraba a su hermana Flavia y a sus conocidos, pues siempre tuvo apertura a otras opiniones. 

Fotografías de Adela Ayala en su casa de Gómez Palacio, tomadas para una entrevista realizada por Miguel Ángel Ruelas y publicada en El Siglo de Torreón. Imagen: Archivo El Siglo de Torreón
Fotografías de Adela Ayala en su casa de Gómez Palacio, tomadas para una entrevista realizada por Miguel Ángel Ruelas y publicada en El Siglo de Torreón. Imagen: Archivo El Siglo de Torreón

Adela Ayala nunca se casó ni tuvo descendencia. Su hermana Flavia llegó a decir que su gran amor eran los niños y en sus ojos buscaba los ojos del hijo que no conoció. A ellos dedicó poemas como “Ronda de las flores”, incluido en Temas infantiles: “Los niños son flores / llenas de rocío; / pájaros que vuelan / muy pronto del nido”. 

La poeta escribía de una manera tradicional. Flavio Ávila Soto la definió como “la Sor Juana Inés de Gómez Palacio”. A la poeta le gustaba escribir así porque fue lo primero que le enseñaron. Aunque también se dio la oportunidad de escribir en verso libre. Decía respetar todas las formas de expresión poética al admirar la originalidad y amplia libertad de la poesía moderna. 

“¿Cree usted en la inspiración?”, le consulta el anónimo entrevistador en el diálogo almacenado en el Archivo de la Ibero. “Sí, hay cosas que sentimos sin poder definirlas con exactitud. Llega una idea persistente, nacida quizá de una vivencia anterior, que impulsa a escribir, aunque en ese momento no pueda uno distraerse. Creo que esto es totalmente espontáneo”, responde la poeta. 

EL CANTO AL DESIERTO 

El maestro Alonso de Alba es un hombre de 88 años rodeado de colores y geometrías. En su galería de la colonia San Isidro de Torreón aún trabaja en nuevas obras de arte Madí, una corriente artística surgida en Buenos Aires en 1946: corta la madera, juega con los ángulos, clasifica los tonos hasta que su espíritu se desborda en un arcoíris de creatividad. 

Agrónomo de profesión, el artista tiene sumo interés en elementos como el algodón y otros cultivos del campo lagunero. Durante su etapa como trabajador en la Secretaría de Agronomía, se dedicó a crear piezas con estos motivos. En febrero de 2021, una sala del Museo del Algodón fue inaugurada con su nombre y el maestro donó su colección Etapa del Algodón para ser exhibida de manera permanente. Pero se quedó con una obra, una que aprecia demasiado y que aún cuelga en la sala de su casa: Canto al desierto (1981). 

Esta obra de Alonso de Alba está inspirada y lleva el nombre del que quizá es el poema más trascendente de la carrera de Adela Ayala. En 1981, la Casa de Cultura de Gómez Palacio organizó el Primer Concurso Regional de Pintura Adela Ayala, cuyo objetivo principal fue rendir un homenaje en el segundo aniversario luctuoso de la poeta empleando la temática de “Canto al desierto”. La convocatoria recibió 40 obras y un jurado conformado por Jorge Manso, Adolfo Rodríguez y Rodolfo Kempe dictaminó que Alonso de Alba fue el ganador en la categoría de Dibujo, mientras que Gloria Banda lo fue en Grabado y Adela Santibáñez en Pintura. La ceremonia se llevó a cabo el 30 de noviembre de ese año. 

Hoy el maestro Alonso de Alba confiesa que muy apenas recuerda aquella noche; los años le cobran factura con la memoria. Lo que sí alcanza a capturar con nostalgia es su primer encuentro con Adela. Narra que la conoció gracias al también maestro y artista Ángel Rivas del Campo, con quien tomaba clases de pintura en el Seguro Social de Gómez Palacio. “Fue una amistad muy bonita”. Luego leyó el poema “Canto al desierto”, publicado en 1975, e hizo cada verso suyo, bebió visualmente sus paisajes y eso lo motivó a crear un dibujo con tinta china para luego cubrirlo con plásticos de colores. 

El artista Alonso de Alba muestra su obra 'Canto al desierto', ganadora del Primer Concurso Regional de Pintura Adela Ayala en la categoría Dibujo. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita
El artista Alonso de Alba muestra su obra "Canto al desierto", ganadora del Primer Concurso Regional de Pintura Adela Ayala en la categoría Dibujo. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita

“A mí sí me dejó huella. Yo soy de Torreón y está hablando de lo que es en sí el terruño, de lo que es la tierra lagunera. Ella tiene unas terminaciones hermosas en el poema. Entonces, para quien lo lea y siendo de Torreón, le tiene que llegar. No sé a otras personas, pero a mí me encanta”. 

El cuadro permite observar un paisaje donde aparecen elementos de “Canto al desierto”: el sol lagunero (“que acostumbrar la piel a que reciba / la caricia del sol en llamaradas”), la espiga de trigo y el algodón (“Un sol enorme y rojo descubre los milagros: / el trigal inclinado al peso de sus oros, / el algodón brindando su guedejas al viento…”), los cerros y su sombra sobre el llano (“El ocaso derrama sus fulgores espléndidos / escondiendo los montes, desde donde la noche / desliza su ropaje de silencio”), la pala del campesino junto a un árbol y el agua del río Nazas (“Cae lumbre del sol a plomo sobre el surco / y sobre el hombre recio que sostiene la pala / distribuyendo el líquido precioso que la presa le manda”), y cinco aves que surcan el cielo (“Y cuando la garganta del ave pregona el nuevo día, / los cardenales lanzan su saeta del páramo al mezquite, / los chileros saludan a la aurora / y una bandada de garcillas vuela / del cuadro de la alfalfa hacia la sombra”). 

Alonso de Alba revisa el cuadro Canto al desierto que cuelga en la sala de su hogar. Hay una luz en su mirada, como si la memoria intentara encenderse. Señala su firma y la fecha: 1981. Mientras su esposa prepara el té, don Alonso toma asiento junto a su piano y comparte un último detalle sobre su dibujo: el plumaje de las cinco aves está conformado por cada estrofa, verso por verso, del poema de Adela Ayala. 

—Lo escribí como recuerdo de ella. 

—¿Le hubiera gustado que viera el cuadro? 

—La verdad que sí, pero ella ya había muerto cuando se hizo. 

El impacto que “Canto al desierto” tuvo en su momento fue tal que, en 1976, la Secretaría de Educación Pública (SEP) decidió incluirlo en el libro Enseñanza lógica del español para estudiantes de segundo grado de secundaria. Para el fallecido literato Luis F. del Río, el poema de Adela Ayala representa “la culminación de su espontáneo e inesperado númen, así como justo tributo al jirón de tierra coahuilense que le tocó en suerte nacer”. 

Intervenciones de Alonso de Alba en un mueble de pino, inspiradas en el poema 'Canto al desierto' de Adela Ayala. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita
Intervenciones de Alonso de Alba en un mueble de pino, inspiradas en el poema "Canto al desierto" de Adela Ayala. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita

En su galería, Alonso de Alba tiene otra pieza artística basada en “Canto al desierto”; se trata de un viejo mueble de pino intervenido con imágenes del poema. Lo hizo mucho tiempo después. Allí está otra vez el paisaje del cuadro, la figura del hombre con su pala. Primero dibujó con lápiz, luego quemó la madera y volvió a escribir el poema en la parte interior de la cubierta. 

“Tenemos que hablar de ella para que el mundo sepa que existió, que dio mucho a la región, que hubo muchas personas que llegamos a quererla, porque era una mujer muy buena”. 

Otra artista que se ha inspirado en el “Canto al desierto” de Adela Ayala es su sobrina nieta Lila Jamieson, hija de su sobrino Garland. Lila nació mes y medio antes del fallecimiento de Adela y actualmente reside en Ciudad de México. La artista comparte, también en una entrevista virtual, que su tía abuela fue una revolucionaria de su época y una mujer sumamente presente en su vida, aunque no haya tenido tiempo de convivir con ella. 

“Para mí, Adela fue esta imaginación, esta figura imaginaria que estuvo muy presente en toda esta parte cultural. Le hubiera encantado haber crecido en esta época. Si hubiera llegado a los años 2000, con esta liberación de lo femenino, con la idea de ser publicada a nivel nacional, de haber tenido un reconocimiento como lo está teniendo ahorita Nancy Cárdenas, que también fue pionera”. 

Lila aprendió desde muy chica a recitar los poemas de su tía abuela. Su obra artística está influenciada por sus paisajes: la aridez del suelo, el agua, las montañas. Recuerda que acompañaba a su abuela y a su madre cuando a Adela se le hacían homenajes o se develaba alguna placa en su honor. En su vida, es un nombre latente. Su tríptico Selva, montaña, desierto (2019) es ejemplo de ello, pues la obra engloba los versos que inauguran “Canto al desierto”: “Y yo digo: ¡Desierto! / con la voz orgullosa de quien dice: ¡Montaña! ¡Selva! ¡Puerto!”. 

“YA ESTOY AQUÍ, PRESENTE EN LOS SILENCIOS” 

El 3 de enero de 1979, El Siglo de Torreón informó que Adela Ayala se encontraba enferma e internada en el IMSS de Gómez Palacio, lugar donde sus amistades y familiares ya se mantenían al tanto de su salud. Su sobrina Flavia Jamieson narra que fue un año muy complicado. Adela no fumaba, pero padecía de las vías respiratorias. Cargaba un tanque de oxígeno. Entró y salió del hospital en alrededor de cinco ocasiones, pero el nacimiento de sus sobrinos nietos le provocó otra sonrisa antes de partir. 

“Mi tía, en estos últimos meses de su vida, tuvo la alegría de volver a tener un bebé en sus brazos, que fue mi hijo. Sin embargo, su estado físico ya no le permitía disfrutar como hubiera disfrutado volver a tener un bebé en casa. Eso me causaba mucha ambivalencia. Ella me decía: ‘Pónmelo aquí’, pero no podía pararse con el bebé a cargarlo”. 

Adela Ayala falleció a las 13:45 horas del 30 de noviembre de 1979 en su casa de Gómez Palacio. Tenía apenas 53 años de edad. Fue velada en Funerales Cepeda y, un día después, el 1 de diciembre, a las 15:30 horas, se celebró una misa de cuerpo presente en la catedral de Guadalupe. Su cuerpo fue sepultado en el Panteón Municipal de esa ciudad, donde todavía permanece en una tumba sencilla junto a su hermana Flavia. 

Calle en la colonia Nueva Los Ángeles de Torreón en honor a la poeta. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita
Calle en la colonia Nueva Los Ángeles de Torreón en honor a la poeta. Foto: Luis Enrique Moreno Castruita

En su última poesía escrita en 1979 y cuya versión original mecanografiada se encuentra en el Archivo de la Ibero, Adela parece despedirse: “En la orilla / donde quiebra el suspiro / y no existe esperanza, / bajo el cierzo / hay una barca. // Llego. / Silencio… / Soledad… // Tensa cruje la amarra, / la desato… y no hay más”. 

Sobre su fallecimiento, el profesor José Santos Valdés escribió un mes después: “Adela volvió a la tierra de donde los humanos venimos. Descubrirá o no el arcano, pero su sensibilidad humana, su inteligencia clara y su capacidad creadora de la belleza, la mantendrán viva para los laguneros de hoy y mañana”. 

Y vaya que el profesor tuvo razón. Pronto aparecieron libros póstumos y reediciones como Espigas, reeditado por el Ayuntamiento de Torreón en 1981; Tríptico de sonetos a La Laguna (1984); Voz de la provincia (1986); Ecos (1988), que incluye su poesía religiosa; Historia de un ranchero lagunero (1898); Antología poética (1991), publicada por el Club Rotario de Torreón con ilustraciones de Raúl Esparza, y Adela Ayala de bolsillo (1993), publicado por el Teatro Isauro Martínez y la Universidad de Guadalajara. 

En La Laguna, Adela parece estar en todas partes; aún es posible encontrar monumentos con sus poemas. Afuera del Teatro Alberto M. Alvarado se encuentra una placa de mármol con el poema “Árbol de la amistad internacional”. En la colonia Nueva Los Ángeles está la placa instalada en 1981, cuando a una calle se le puso su nombre. La Universidad Autónoma de La Laguna (UAL) tiene en su campus un muro con el poema “Bienvenidos”. Hay escuelas como una primaria en Gómez Palacio y un jardín de niños en Torreón que también la honran. 

Por el contrario, otras huellas de Adela se han perdido. Ya se habló de la placa de bronce que fue robada en su casa. Y en 2010, con motivo de las obras para la construcción de la Plaza Mayor de Torreón, una placa de mármol con el poema “Bienvenido” también desapareció. La familia desconoce si el monumento instalado en 1983 en un jardín de la extinta Presidencia Municipal por el Club de Mujeres Profesionistas y el Ayuntamiento de Torreón fue destruido o tuvo otro destino. Ninguna autoridad, ni municipal ni estatal, tuvo la atención de notificar sobre este tema. 

En el marco de su centenario, la mejor manera de honrar a Adela Ayala es leyéndola. La anécdota sobre el ejemplar del poemario Espigas, encontrado en la Librería El Principito antes de que esta se derrumbara, dialoga con lo escrito por Agustín Basave Fernández del Valle: “El mundo de la poesía se configura no tan solo con el poeta, sino con el lector, con el intérprete, con el crítico y con el filósofo. Sin lectores, no tendría sentido la poesía”. 

El Archivo Municipal de Torreón dispone en su biblioteca digital la descarga gratuita de los poemarios Historia de un ranchero lagunero y Amor, tema y variaciones. Porque tal como lo aseguró Ernestina Gamboa en su momento: “Adela Ayala no ha muerto; se ha enraizado en el corazón de su pueblo”. Y tal como lo escribe la propia autora en los versos del poema “Aquí”, incluido en Espigas: “Ya estoy aquí / presente en los silencios”. Creyente invencible del desierto, canta siempre, Adela.

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Escrito en: Saúl Rodríguez poeta coahuilense poesía coahuilense Canto al desierto Adela Ayala

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