La aparición de un gran libro renueva la esperanza. Más aún si reivindica la historia del norte de México y contradice nuestro dañinzo y empobrecedor centralismo. Por eso y más hay que celebrar la publicación de Poesía indígena del norte de México, de Gabriel Zaid. Su antecedente es el Ómnibus de poesía mexicana, un clásico que desde su aparición en 1971 ha alcanzado 26 ediciones. El lector que se subía a bordo podía recorrer seis siglos de creación poética. Sorprendentemente, no solo se detenía en Nezahualcóyotl, sor Juana, Alfonso Reyes, López Velarde, Pellicer y Octavio Paz, sino en la poesía romántica popular. En su nueva antología, Zaid recoge la poesía de treinta y cinco etnias (el doble de las representadas en el Ómnibus) pero en este caso solo las correspondientes al inmenso territorio que comprende el noroeste de nuestro país y varios estados de la unión americana, incluidos los que apenas ayer (es decir, desde 1848) se apropió Estados Unidos. La edición de Tusquets Editores es bellísima y el libro es breve (211 páginas).
Los puntuales ensayos que preceden cada capítulo dan cuenta de una historia desgarradora y heroica. Los que aparecen en este libro son, ante todo, pueblos sobrevivientes: los ácomas padecieron las campañas de Juan de Oñate en el siglo XVI (los masacró a cañonazos). Los apaches, en el XIX, enfrentaron la persecución del gobernador de Chihuahua Ángel Trías y del general Philip Sheridan (”el mejor indio es el indio muerto”). Los kikapúes, expulsados de su territorio en los Grandes Lagos, terminaron en Coahuila, convertidos en guardianes de la actual frontera.
Los mayos sufrieron guerras y despojos hasta la Revolución. Los cucapás sufrieron la desviación del río Colorado, del que dependía su forma de vida. La calamidad colectiva de estos pueblos incluyó epidemias como la viruela y el cólera que los diezmaron brutalmente, pero su capacidad de resistencia y transformación fue extraordinaria: adoptaron el caballo, inventaron los mocasines, se hicieron diestros en el manejo de los rifles. Querían mantener su identidad pero también tomar de la cultura del progreso lo que les convenía.
En sí misma, la compilación histórica y antropológica es valiosísima, pero lo es más la recuperación de su poesía.
Si bien, como apunta Zaid, “el canto es una de las primeras formas de arte, si no la primera”, a diferencia de las danzas o las pinturas rupestres, apenas deja huella. Algunos meritorios investigadores mexicanos lograron salvar poemas que recoge la antología, pero el grueso del corpus proviene de decenas de investigadores americanos concentrados en estudiar cada uno una sola etnia. Reunir esos trabajos a lo largo de décadas, consolidar sus hallazgos y traducir al español los cantos milenarios que lograron rescatar, es la hazaña de este libro.
Asistimos a imágenes y visiones remotísimas, primigenias. Hay cantos de la creación y el fin del mundo, y del deber del hombre con el mundo, como estos “Mandamientos”: La tierra es nuestra madre, cuídala.
Honra a tu tribu.
Abre tu corazón y alma al Gran Espíritu.
Toda vida es sagrada: respeta a todos los seres vivos.
Toma de la tierra lo que necesites y nada más.
Lo que hagas, que sea por el bien de todos.
Agradece siempre al Gran Espíritu por cada nuevo día.
Habla con la verdad, pero solo para el bien de los otros.
Sigue el ritmo de la naturaleza; levántate y acuéstate con el sol.
El tema recurrente es la creación misma. Están ahí los ciclos, los elementos y paisajes de la naturaleza. Profusamente, aparecen las criaturas de Dios que comparten la vida con el hombre: un Arca de Noé en el desierto, el bosque, el mar o la llanura. Y junto a todo ello, los cantos de humanidad: para arrullar, para curar, para trabajar, para danzar, para alcanzar el amor y trascender a la muerte.
Hace cien años, D. H. Lawrence vivió entre los indios del norte de Nuevo México. Observando con estupefacción sus rituales y sus danzas, escribió: “la vía indígena de la conciencia es radicalmente diferente a nuestra vía de conciencia. No existe un puente, ningún canal de conexión”. Zaid corrige a Lawrence. Aquel universo no es esencialmente ajeno a nosotros. Somos nosotros los que hemos perdido la capacidad de asombro. Cada canto milenario recuerda nuestro fatal desencanto con el misterio de la vida.
Leo un poema de los kiliwas, etnia de Baja California que ha perdido su lengua y de la que queda solo un centenar de habitantes. Lo leo y pienso en los ancestros, los maestros. Y en Zaid:
Los viejos saben
los tiempos que vienen,
los tiempos que pasan.
...
Los viejos lo han sabido todo siempre.