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Salud, mercado y consumismo

GERARDO HERNÁNDEZ

La publicidad es una trampa que induce al consumo compulsivo de bienes y productos, la mayoría de las veces innecesarios y superfluos. La mercadotecnia fabrica sueños para incautos, ya que las promesas de felicidad, belleza, fama y fortuna -instantánea y sin esfuerzo- nunca se cumplen. También tiene puntos a favor, pues estimula la competencia -que, en teoría, debería redundar en favor de los consumidores-, la innovación y ayuda a sostener a los medios de comunicación independientes. Sin embargo, sobre cualquier consideración, los intereses de las grandes corporaciones siempre irán por delante.

Un arquetipo son los fabricantes de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados o chatarra, cuyos ingresos anuales a escala global son estratosféricos. Esta industria, una de las que más dinero gastan en publicidad, empleó toda su influencia para impedir en México el etiquetado frontal. Lo hizo consciente de que la medida le abriría los ojos a los consumidores sobre el riesgo de consumir productos asociados con enfermedades crónicas que sangran las finanzas públicas y familiares. El Estado soportó la presión y el sistema de alertas gráficas entró en vigor en 2020. Gobiernos de derecha e izquierda como los de Argentina, Brasil, Chile y Perú también lo han implementado para proteger a la población. Las transnacionales jamás prestan atención a la salud pública, pues su prioridad es la máxima ganancia.

Fabio da Silva Gomes, asesor regional en nutrición y actividad física de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), observa que «el etiquetado frontal de advertencia es clave y ayuda a los consumidores a identificar fácilmente los productos con cantidades excesivas de azúcares, grasas o sodio y a tomar decisiones de compra más informadas y saludables». De acuerdo con el informe de la OPS, presentado en marzo pasado, nuestro país, junto con Argentina y Colombia, aplica las normas más alineadas con las prácticas aconsejadas por la organización.

Otro mercado rentable y en constante expansión es el de las mascotas. Según la American Pet Products Association (APPA), la industria generará este año ingresos por casi 290 mil millones de dólares a escala global, que incluyen alimentos, accesorios, servicios veterinarios y comercio de animales. Se estima que en la próxima década el incremento de las ventas rondará el 80 % para alcanzar el medio billón de dólares. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en siete de cada 10 hogares mexicanos hay un animal de compañía. De los 80 millones de mascotas, la mayoría es canina (43.8 millones) y gatuna (16.2 millones), cuyos dueños gastan en ellos alrededor de cinco mil millones de dólares anuales.

La venta de comida para mascotas supera desde hace seis años a la de alimentos infantiles; el comercio de juguetes para niños se ha desplomado. El fenómeno lo explica en parte el descenso de la natalidad en México y en el mundo. En su vuelo de regreso a Roma después de su gira por África, en abril pasado, el papa León XIV abordó la diferenciación del trato a personas y mascotas desde una perspectiva igualmente acuciante: «(Los migrantes) son seres humanos y tenemos que tratar a los seres humanos de forma humanitaria y no tratarlos peor que a las mascotas o a los animales». Regular los excesos del lucro corporativo y rescatar el sentido de comunidad no son tareas accesorias, sino de atención insoslayable si queremos evitar que el consumo termine por vaciarnos de toda humanidad.

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