La primera gran alianza opositora del país nació en Coahuila en 1999. Las condiciones para la alternancia eran inmejorables: el PAN gobernaba los municipios más poblados del estado y era la segunda fuerza en un Congreso donde el PRI, por primera vez, carecía de mayoría.
Juan Antonio García Villa logró lo impensable al unir en la misma boleta al PAN, PRD, PT y PVEM —cuyos liderazgos nacionales encabezan entonces Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador, Alberto Anaya y Jorge González Torres— . Aunque la fórmula parecía imbatible, terminó por fracasar. García Villa era un buen candidato, pero enfrente había uno mejor: Enrique Martínez y Martínez, tal como dicataba la vieja máxima priista cuando la cúpula cambiaba de señal de último minuto.
Pese a las expectativas, la Coalición Coahuila 99 nunca terminó de prender. Su primer y acaso principal obstáculo fue el diseño de la ley electoral. Los líderes y candidatos opositores desgastaron la mayor parte de su tiempo en responder impugnaciones jurídicas en lugar de promover el voto, ante un árbitro visiblemente inclinado a favor del régimen. El resultado fue demoledor. Martínez se alzó con casi el 59 % de los sufragios, muy lejos del 33.7 % obtenido por García, quien en rueda de prensa calificó la elección como un «atropello». El frente con el PRD acabó por fracturar la identidad del panismo tradicional; una ironía histórica que se repetiría, con matices similares, un cuarto de siglo después cuando el PAN decidió aliarse con su eterno rival, el PRI, en la búsqueda de la presidencia.
En 1999, la militancia del PRI fue convocada por primera vez para nombrar candidato a gobernador. Martínez, quien había sido alcalde de Saltillo y diputado federal, aventajó cómodamente a Braulio Manuel Fernández Aguirre, Jesús María Ramón y Alejandro Gutiérrez, quien declinó a su favor. Este triunfo reivindicaba a Martínez, quien años atrás había buscado la nominación que el presidente Carlos Salinas de Gortari concedió a su amigo Rogelio Montemayor. Aquel sacrificio finalmente fue compensado.
Martínez y su equipo neutralizaron a la coalición liderada por García Villa, uno de los panistas con mayor prestigio y trayectoria, y también uno de los primeros en ganar una diputación federal de mayoría relativa. La operación jurídico-electoral de Martínez estuvo a cargo de Raúl Sifuentes Guerrero, y la movilización en Saltillo, en manos de Humberto Moreira Valdés; ambos rivalizarían más tarde por la gubernatura. La elección del 99 ofrecía dificultades, pues el PAN presidía las alcaldías de Torreón, Saltillo, Monclova y Ramos Arizpe, donde se concentra la mayor parte de la lista de votantes. Además, en el Congreso, el PRI y las oposiciones ocupaban el mismo número de asientos.
Finalmente, el PRI arrolló: recuperó los municipios perdidos y la mayoría en la legislatura. Al año siguiente, Vicente Fox ganó la presidencia. García Villa fue llamado a ocupar la Subsecretaría de Economía y, más adelante, Felipe Calderón lo puso al frente de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris). García regresó en 2018 al Congreso local, donde presidió la Comisión de la Auditoría y Cuenta Pública. El PAN vivió con el político lagunero uno de sus momentos estelares; la alternancia parecía al alcance de la mano, pero la maquinaria del PRI frustró el sueño. Dieciocho años después, el PAN regresaría con fuerza renovada, pero con la misma suerte de Sísifo. La roca vuelve a estar al pie de la montaña, pero hoy no hay nadie a la vista que la empuje.