El primer ministro canadiense Mark Carney fue una voz potente en el Foro Económico Mundial de Davos con un discurso muy cuidado y sentido que llegó justo cuando el mundo entero está a la expectativa de nuevas opciones, ahora que el orden internacional se está recomponiendo frente a nuestras narices.
Su discurso contrastó con el del presidente del país vecino que fue atropellado, repetitivo, amenazante, con el mazo de los aranceles en la mano y con palabras poco apropiadas, en tiempos pasados, para un jefe de Estado. Frente a la desmesura de Trump, estuvo la mesura de Carney que habló como un estadista de altas miras.
Carney reconoce que estamos frente a la ruptura del orden mundial y el fin de la agradable ficción y el amanecer de una brutal realidad en la que la geopolítica del gran poder no tiene restricciones.
Admite luego que países con poder medio como Canadá no son impotentes, que tienen el poder de construir el nuevo orden que integre nuestros valores en materia de derechos humanos, desarrollo sustentable, solidaridad, soberanía y la integridad territorial de los Estados. Es una época, dijo, de gran rivalidad entre potencias donde los fuertes hacen lo que quieren y los débiles sufren lo que les toca, citando a Václav Havel.
Reconoció que las grandes potencias frecuentemente se saltaban las reglas cuando les convenía y que el comercio internacional no era equilibrado.
Yo podría aplaudir, como lo hizo gran parte del mundo, el discurso de Carney y quedarme con el buen sabor de boca. Sin embargo, antes de ver la paja en el ojo ajeno, hay un tema que Carney y Canadá tienen que revisar con urgencia: el comportamiento de sus empresas mineras en Latinoamérica.
La ONU, con la que todavía contamos, vio desde el 2011 que era indispensable hacer algo con las empresas que llegan a superar el poder de los Estados y buscó la manera de obligarlas a respetar los derechos humanos y lograr el desarrollo sustentable. Así, el Consejo de Derechos Humanos adoptó los principios rectores que comprenden la debida diligencia de las empresas obligándolas a identificar, prevenir y mitigar los impactos negativos de sus acciones en los derechos humanos, así como garantizar que las víctimas de abusos tengan acceso a la justicia y a la reparación integral del daño.
Las empresas mineras canadienses han provocado graves afectaciones a la salud e impactado la vida de comunidades de varios países latinoamericanos, entre los que se encuentran México, Chile, Perú, Bolivia y algunos más. Las empresas canadienses no han tenido aquí el comportamiento ejemplar que sí tienen en su propio país respecto de las personas y el medio ambiente.
Carney habló de la capacidad de dejar de fingir y de llamar a las cosas por su nombre. Aplicando sus palabras, en Latinoamérica el gran poder de las empresas canadienses no ha tenido restricciones y los débiles siguen sufriendo lo que les ha tocado. Las empresas se han saltado las reglas y han hecho un comercio internacional claramente poco equilibrado.
De este modo, Carney tiene que enfrentarse a Carney y, al mismo tiempo que aporta ideas para la construcción del mundo que viene, tiene que ver, ahora, dentro de casa, que sus empresas cumplan con los principios rectores de la ONU y tomen en serio las reglas para la reparación integral del daño en aquellos lugares donde ya provocaron gravísimos desastres ambientales e incluso emergencias humanitarias.
@leticia_ Bonifaz