Celebrar el amor
Es una fiesta muy cuestionada. Se le acusa de comercialismo y cursilería. Provoca que los precios de las flores y los chocolates se disparen. Coloca a muchas parejas en disyuntivas y momentos incómodos. No falta quien celebre un día antes, el 13 de febrero, el día del amante. Para muchos que están solos es un difícil recordatorio de la vida sin amor. Por eso a alguien se le ocurrió inventarle una extensión para que, en vez de ser solamente el día del amor, lo fuera también de la amistad.
Ahora bien, no tengo nada contra la amistad, pero la relevancia del 14 de febrero es que se dedica precisamente al amor: el más poderoso de los sentimientos que puede albergar un ser humano. Es mucho más que una amistad. No me sorprende que la celebración genere dudas y conflictos: el amor no es fácil, ni tiene por qué serlo. La soledad es una situación muy difícil para cualquiera, pero muchos de los solitarios quieren amar y celebrar el amor. Es verdad que mucha gente ama no a su pareja legal u oficial, sino a alguien más, pero así ha sido siempre y no por eso debe obviarse el festejo.
La idea de que el día del amor es un invento de los comerciantes contemporáneos, que supuestamente han buscado una fecha para vender mercancía entre las fiestas navideñas y el día de las madres, olvida que el festejo se inició hace más de un milenio. Las raíces se remontan a los tiempos de la antigua Roma, cuando el 14 de febrero se celebraban las lupercales, fiestas dedicadas a Luperco, el dios lobo, en las que se le imploraba por la fertilidad de los campos y la fauna.
En el año 496 d.C, el papa Gelasio estableció en esa misma fecha la conmemoración de san Valentín, un sacerdote al parecer martirizado por haber desobedecido un edicto del emperador Claudio que prohibía el matrimonio de los soldados romanos. Es verdad que siempre hubo dudas acerca de la vida y las obras de este san Valentín, tanto que en 1969 la Iglesia Católica eliminó su festividad oficial; pero, aunque haya dudas sobre lo que hizo este famoso sacerdote, no las hay sobre la fuerza del amor.
Allá en el siglo V después de Cristo la mayoría de los sacerdotes tenían relaciones amorosas y contraían matrimonio sin que nadie se inquietara. Lo extraordinario era que se mantuvieran célibes a lo largo de su vida. Unos cuantos ascetas practicaban el celibato, pero la Iglesia no prohibió el matrimonio de los sacerdotes hasta el Segundo Concilio de Letrán de 1139. Y la preocupación de los jerarcas no eran las relaciones amorosas de los sacerdotes, sino evitar que tuvieran descendencia y pudieran dejar sus posesiones terrenas a sus hijos en vez de a la Iglesia.
Hoy el día del amor no es una festividad oficial en ningún país, pero se celebra virtualmente en todo el mundo. Se entiende. La sociedad está cada vez más necesitada de amor. La fecha cae en medio del invierno en el hemisferio septentrional, cuando ya la gente está cansada del encierro en medio del frío. En México llega en el momento en que empieza a despuntar la primavera y en que los instintos amorosos de la estación se manifiestan con claridad.
En su obra Epístola al autor del libro de “Los tres impostores” Voltaire defendió la existencia de Dios a pesar de sus muchos cuestionamientos a la Iglesia. Escribió: “Si Dios no existiera, habría que inventarlo”. La misma lógica utilitaria debería aplicarse al día del amor. Un sentimiento tan importante debe tener una celebración. Si el día del amor no existiera, habría que inventarlo.